[Presente-relativo]¿Respuestas o más enigmas?
#1
Enfermería del Cuartel de la Armada Revolucionaria, República Democrática de Mogaro
7 de la mañana, día 80 de verano, año 18


-Y ASI SE CIERNE LA ESPADA-

Kisuke despertó sobresaltado y empapado en sudor. Le dolía el pecho como si le hubiesen dado un latigazo y giró su ojerosa y pálida cara hacia la ventana por la que se colaban los primeros rayos de sol del amanecer. Ya comenzaba a hacer más fresco y los días empezaban a acortarse paulatinamente conforme el otoño se iba aproximando. No obstante, eso no fue impedimento para que el antiguo pescador se levantase calado de su sudor, producto de alguna pesadilla febril.

"Desde luego, no estás en tu mejor momento, lanzacañas..."

Se levantó de la cama con dificultad, puesto que la herida del pecho, cosida con maestría, le tiraba bastante cuando hacía movimientos bruscos. Fue andando arrastrando los pies, sin ganas hasta la jofaina para lavarse la cara y se miró al espejo. Ciertamente, estaba desmejorado. Sus ojeras estaban más pronunciadas que nunca y se le veía pálido y con falta de nutrientes. No es que fuese a morir de inanición pero en esos días de convalecencia, apenas había probado bocado. Chasqueó la lengua al ver su reflejo y se dedicó a limpiar la herida como le habían indicado, ante de darse un ungüento cicatrizante sobre aquel largo corte en el pecho que se cruzaba con la vieja cicatriz producida por Dimípalo, el Almirante de la Marina.

"Joder... han pasado muchos años ya y sigo a remolque de los grandes... ¿qué puedo hacer para seguir mejorando?"-¡¡NECESITO SER MÁS FUERTE!!-dijo finalmente en voz, quizá demasiado alta.

Se acercó al rincón donde estaban sus katanas. Le habían permitido dejarlas ahí tras hacerle jurar que no se pondría a entrenar como un loco en cuanto pudiese levantarse. Alargó la mano y agarró a Benisakura. Sabía lo que había pasado, lo recordaba perfectamente, y, aún así, no quería desenvainarla, para ver el resultado, puesto que le había fallado. Había fallado como espadachín al permitir que una de sus compañeras quedase en aquel estado; pero tenía que hacerlo. Había perdido, había sido derrotado, había perdido una de sus katanas, pero había protegido a sus compañeros y los habitantes de Mogaro con aquel duelo.

"No es ningún consuelo... perdí y protegí a mi gente... no hay más que eso..."

Se sentó en el borde de la cama con las manos sujetando su frente, cabizbajo, y los codos apoyados en los muslos, tras dejar de nuevo la espada muerta dentro de su vaina junto a Yamigiri y Sembonsakura. A pesar de que al final del combate podía caminar y valerse bien por sí mismo, la hemorragia era bastante grave y llegó al borde del colapso de nuevo al cuartel, desmayándose en la puerta. No recordaba nada hasta que despertó a la mañana siguiente con un fuerte ardor en el pecho, producto de la herida y algo de fiebre causada por todo lo que había pasado. Realmente, si se paraba a pensarlo, era la primera vez que se levantaba de la cama sin ayuda de nadie desde entonces. Su condición estaba mejorando, pero según pasaban las horas su ánimo empeoraba. Aunque sabía que había hecho lo correcto, su orgullo estaba muy herido, porque había vuelto a perder, y aunque era algo que no ocurría desde el incidente de Sabaody, el hecho de que esta derrota fuese precisamente contra Ashura, era lo que más le molestaba.

"Ese cabrón humeante me tuvo a su merced todo el tiempo... solo conseguí sorprenderle cuando reventé yo su katana..."


Había llamado a la enfermera para que le llevase algo de desayunar, puesto que sentía que el hambre volvía a aflorar en él, así que trataría de comer en condiciones, si no, perdería la forma y eso sería peor todavía. Solo quería salir de ese dichoso hospital o enfermería o lo que fuese y ponerse a entrenar como un loco para superar a Ashura, y a todo aquel que se enfrentase a él. Al cabo, volvió la enfermera con un desayuno perfectamente equilibrado con queso, pan tostado con tomate, un café con leche grande y varias piezas de fruta de temporada. Kisuke frunció el ceño, puesto que el habitualmente desayunaba bastante más contundente, pero no se iba a quejar.

"Nada de comida de verdad... solo comida de mi comida... kuhahaha..."

Se rio de su propio chiste, pero eso hizo que le tirasen de nuevo los puntos y ahogo un gemido de angustia, mientras masticaba el queso sobre el pan tostado. Mientras daba cuenta del desayuno, por que estaba obsesionado con buscar los errores que hubiese podido cometer en el combate, reparó en las últimas palabras que le dirigió Ashura antes de irse. Parecía claro que en la reunión de los Shichibukais iba a ir a por el Almirante, al que debía tenerle muchas más ganas que a él mismo, aunque no podía culparle por ello, realmente. A él le pasaba lo mismo y si hubiese tenido la oportunidad seguramente habría pensado lo mismo. Pero lo que estaba acuchillándole la mente, era lo de después. Más allá de su discursito de siempre de sumir el mundo en el caos y bla, bla, bla, bla... mencionó el One Piece.

"El One Piece... El legendario tesoro del legendario Rey de los Piratas Voi D. Rowned..."

Lo que Kisuke sabía al respecto eran las habladurías y leyendas que se habían generado en torno a aquella mítica figura del pasado. Nunca se había interesado mucho porque él suponía que era algo relacionado con los piratas y eso no era de su interés, pero si era cierto, que cada vez que se mencionaba el legendario tesoro en cualquier sitio o se hablaba entre la gente y los medios sobre el Rey de los Piratas, esos bastardos del Gobierno Mundial apretaban el culo y se ponían de uñas, por lo que, por una simple deducción, aquel debía ser algo más que simples riquezas, debía haber algo más detrás de esa leyenda que hacía que el sistema entrase en pánico y se pusiese en alerta.

"Pero yo no tengo ni idea de estas cosas..."

Y entonces, el peludo y amigable rostro de su mano izquierda apareció en su mente. Su leal camarada el Mariscal Maximiliano D Panda, aunque el odiaba su nombre completo, era además de un poderosísimo y temible guerrero, un tipo muy versado en las cuestiones del pasado y la historia, por lo que puede que el tuviese más información y pudiese aclarar las dudas, o, quizá, saciar la curiosidad de Kisuke. Llamó de nuevo a la enfermera, apurando el café y le pidió que mandase llamar a Panda a su habitación; tenían mucho de que hablar.
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#2
Habían pasado ya cuatro días desde el pronosticado encuentro entre los espadachines de humo y hollín. Por desgracia, había sido el primero el que se había hecho con la victoria en la contienda. Cuando Don Bambú se encontró con su comandante, éste yacía inconsciente en el suelo frente a las instalaciones del cuartel del Ejército y Ashura se había retirado a su barco para preparar su viaje hacia lo desconocido. Según decían las gentes de pueblo, el propio comandante había caminado él solo hasta allí y esto podía confirmarse por el rastro de sangre que había ido dejando desde el patio de armas, actualmente completamente destrozado, hasta el mismo cuartel. Naturalmente, Don Bambú se llevó a Kisuke a la enfermería del cuartel a toda velocidad y ordenó que le preparasen los utensilios necesarios para tratarle las heridas, que eran graves, sí, pero conociendo la legendaria incontinencia de la Catástrofe en lo relativo a la violencia, se podía decir que el comandante había tenido suerte. Mientras las enfermeras le preparaban una bandeja con gasas, aguja e hilo, Bambú limpiaba el corte que le había llevado a la inconsciencia y que adornaba su pecho junto con la vieja herida del almirante. Se encontró cómodo manejando la sutura, aunque no era un maestro en el arte ni por asomo. ¿Cuándo se había interesado por la medicina? Leía tanto y de tantos temas que ni siquiera se dio cuenta de lo que estaba aprendiendo. Se encontró extrayendo de su cabeza los pasos ordenados de lo que tenía que hacer en cada momento: limpiar, coser, desinfectar, vendar. Y no sólo el orden, que era lo sencillo, sino las técnicas para hacerlo mejor. El truco con la aguja para atravesar la piel en el ángulo adecuado y luego retirarla ligeramente para forzar el hilo a sellar la herida. La aplicación de un vendaje elegante, bien atado, que pudiera incluso varios días sin desprenderse fácilmente. A los quince minutos de poner sus manos sobre Kisuke, la herida de su pecho dejó de ser un problema sangrante. Era consciente, sin embargo, de que podía haberlo hecho mejor. De tener mayores conocimientos sobre el tema podría haberle aliviado el sangrado mucho antes, incluso podría haberle devuelto la consciencia, pero uno trabajaba con lo que tenía a mano.

—Puede que tenga que forzar la ingesta de agua, enfermera, al menos en el día de hoy. No creo que el comandante despierte hasta mañana. —Mientras se limpiaba las manos echaba un ojo a los medicamentos de los que disponían en los armarios de la propia enfermería. —Seguro que no le digo nada que no sepan, pero que se tome un par de pastillas de estas al despertar y que se aplique todos los días un ungüento cicatrizante de estos. —Con las manos limpias, sacó las medicinas y el ungüento en cuestión de los armarios. —Y que coma, que ese retrete tiene que trabajar, honhonhon. —

Y pasaron cuatro días desde entonces. Le llegaron noticias a través de las enfermeras de que Kisuke había despertado y que su estado físico mejoraba conforme sus ánimos empeoraban. —El comandante siempre ha sido un tanto gruñón, Gol D. Ick me perdone por hablar así de él. Tengan paciencia con él, honhonhon. —Sin embargo, cada vez que le visitaba, el pobre hombre estaba dormido de nuevo. Se limitaba a echarle un ojo a las heridas ya regresar a sus asuntos. Como el comandante estaba inconsciente, era su trabajo encargarse del papeleo, lo cual hacía con diligencia y gran alegría, pues no hay mayor honra en la vida de un mariscal que poder presentarle a su superior un trabajo perfectamente hecho. Cuando Kisuke tomase posesión de su vieja silla en el despacho, se encontraría con la burocracia de semanas satisfecha. El cuarto día, a las siete y poco de la mañana, Don Bambú se encontraba tomando un tazón de café solo de especialidad en su propio despacho mientras se preparaba para otra mañana de monótona y gloriosa burocracia. ¿Estaba convirtiéndose en el equivalente revolucionario del Vicealcaide de Impel Down? Bueno, ya le gustaría a Bambú tener ese bigote. La mencionada burocracia tendría que esperar, sin embargo, porque una de las enfermeras llamó a su puerta para avisarle de que el comandante Kageyama requería su presencia. —Oh, pues ahora mismo voy. Gracias. —Le sorprendió la llamada, sobre todo tan temprano, pero ¿quién era él para cuestionarlo? Sin más dilación, agarró su tazón de café y se encaminó hacia la enfermería sin apurarlo, porque el buen café no se apuraba, se paladeaba con una dedicación absoluta casi rayana con la devoción. Quizás sí estuviera convirtiéndose en Imsiul Kano, después de todo. Quedaría por ver amanecía algún día con una deslumbrante calva donde antes había un brillante pelaje blanco.

—Aquí estoy, comandante. —Anunció su llegada tocando en la puerta dos veces, pasando a la habitación, dejando el tazón a medio beber en una mesa y ejecutando el saludo revolucionario como era costumbre. Enfermo o no, seguía siendo su superior. —¿Qué necesitaba? Me alegro de verle en buenas condiciones. —Con las formalidades cumplidas recogió de nuevo su café, le dio un sorbo y pensó fugazmente en hojas de cálculo. Qué raro.

Resumen
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