Mercy upon ourselves [P.A][Recolección]
#1
Día 42 de Otoño, Año 18.

La isla de Long Ring Long Land había sido un inmenso punto de inflexión para lo que en su día fue conocida como la división 75. Era la primera vez después de mucho tiempo que aquellos marines demostraban de lo que eran capaces de hacer, superando adversidades propias de sus capacidades a la par que le decían al mundo que existían por y para ellos, dispuestos a poner en riesgo sus vidas para defender a aquellos que no pueden hacerlo por sí mismos, los que necesitan una mano amiga, y aquellos desamparados que habían tenido la suerte o la desgracia de pasar el resto de sus vidas en aquellos mares, especialmente en el grand line, dónde se encuentran los mayores peligros de este mundo. 

Por desgracia para la marina, habían perdido a un miembro muy capaz de entre sus filas, quizás por no haber sido capaces de valorarlo cuando debieron. Por otro lado, y por suerte para el resto del mundo, eso no hacía de menos su valor para proteger a la gente, pues incluso como agente gubernamental, seguiría formando parte de los operativos que permitirían salvar las vidas de aquellos que lo necesitasen siempre que él estuviera cerca para intervenir.

Por supuesto, no podía quedarse de brazos cruzados, y en aquel momento, ese operario del gobierno mundial debía ponerse manos a la obra para lograr su siguiente objetivo, uno sencillo, casi rutinario, pero igualmente importante para la mejora de un fundamento sencillo: proteger a sus compañeros. 

Tiempo atrás dejó de lado los combates cuerpo a cuerpo, pero eso no hacía de menos el valor de los guantes y punteras, aquellos armamentos protectores que servían para mantener a salvo sus manos y sus pies de cortes o perforaciones de otras armas y formas de combate que poco a poco, en parte gracias también a sus nuevos compañeros que una vez conformaron la división 80, comenzó a descubrir, así que el momento de pensar en todo eso era, precisamente, en los momentos de paz que se ofrecen antes de lo peor. Podía haber dejado de usar aquellos objetos para golpear, pero iba a seguir necesitando usarlas a futuro para protegerse.

Aprovechando el momento con esa idea, decidió utilizar la oportunidad para mejorar aquellas que ya poseía desde el principio, además de las que tomó del capitán de los Sepultura, y defender mejor sus manos que, por supuesto, eran una parte fundamental del templo externo que es su cuerpo, y la fortaleza interna que es el castillo otorgado por su Akuma.

La mañana había comenzado con una humedad particularmente desagradable. No era extraño en aquella isla, donde el clima parecía empeñado en recordar a cualquiera que la lluvia nunca necesitaba una invitación para presentarse, al igual que durante el día del entrenamiento con el comandante Nanashi con el mantra, o los consiguientes días que se le advinieron al resto de su división en diferentes y monótonas actividades. Según decían los locales, cada año hay particularmente un mes donde las lluvias azotan con fuerza, y por lo mismo, son especialmente conocidas las tempestades en aquella isla, aunque esto último probablemente se tratase a medias de una pequeña leyenda para impresionar e intimidar forasteros.

A pesar de que el otoño había comenzado a hacerse notar en otros mares, allí las estaciones parecían obedecer sus propias reglas. El aire conservaba el calor de la estación anterior y se aferraba a la piel como una segunda capa de ropa, haciendo de aquello una experiencia desagradable por el nivel de humedad que claramente no desaparecía en ningún momento del año. El suelo, húmedo por las precipitaciones de la noche anterior, desprendía un olor intenso a tierra mojada, madera y vegetación, una combinación que se mezclaba con el aroma salino que llegaba desde la costa, y que, por alguna razón, no molestaba en el olfato destrozado del joven agente del gobierno.

"Bueno...supongo que tener al lado durante tanto tiempo a alguien que huele a mar profundo tiene algo que ver" Pensó, obteniendo una imagen mental de aquel Gyojin cangrejoide que formaba parte de su división, entremezclando todo su hedor con aquel que desprendían también su mejor amigo y la soldado Akira, todos con olores demasiado notorios para ser ignorados.

Pero por supuesto, Kael no parecía especialmente preocupado por las condiciones meteorológicas. Había aprendido a trabajar en circunstancias mucho menos favorables climatológicamente hablando, y la incomodidad de un clima demasiado húmedo no representaba un obstáculo insalvable para alguien acostumbrado a desenvolverse en territorios donde la supervivencia dependía de la capacidad de adaptación, más ahora que debe demostrarle a los altos mandos del gobierno mundial que la tarea que le habían impuesto sería sólo la primera de muchas que le permitirían ascender en aquella jerarquía secreta de la que apenas tenía información. Su vestimenta de la marina, quizás no tan preparada para soportar las exigencias intempestivas de sus labores, no tardó en acumular pequeñas gotas de agua procedentes de las hojas que rozaba a su paso, apenas consiguiendo alterar su ritmo y su paso adentrándose en la isla. Caminaba con la tranquilidad de quien había establecido un propósito concreto y no tenía intención de abandonarlo por contratiempos menores, pensando en lo que podría y debía hacer a continuación. En el interior de uno de sus brazos llevaba una bolsa de tela gruesa, reforzada en las costuras de un material cercano al cuero, mientras que en el interior de otra, guardado en la misma sala de su cuerpo, más pequeña y rígida, descansaban varias herramientas que había decidido conservar consigo desde su salida de Baterilla, donde comenzó sus pruebas para comprobar que tan bien había aprendido sus técnicas de pirotecnia, donde fabricó sus primeras balas, incluso cuando aún ni siquiera eran para él y otros compañeros distintos conformaron su antigua división.

Su primer paso para realizar lo que tenía en mente era decidir, irónicamente, cómo procedería a conseguir los materiales que necesitaba para aquel armamento, siendo en su cabeza una muy buena idea reforzarlos con algo de cuero que, probablemente, podría encontrar buscando en algún poblado por haber en la isla animales de alguna índole que fueran lo suficientemente grandes como para poder rasgar y extraer aquel material. Después de todo, en todas las islas hay animales por más diferentes que estos pueden llegar a ser, ¿no es así? No podía ser tan difícil dar con la tecla que le permitiría ejecutar el comando mental de su cabeza. Podría hacerlo él mismo, pero no tiene cómo tratar aquel material, y dadas las circunstancias, sería mucho más cómodo conseguirlo ya hecho y pagar unos pocos berries por ello.

La primera decisión, por tanto, consistía en empezar por buscar a través de su entorno.

Long Ring Long Land podía parecer un lugar extraordinariamente generoso a ojos de un viajero despreocupado -como bien podrían ser Akira, la descendiente directa de grandes simios trepadores, o el comandante cangrejo tortuga, Juan Sebastián-.
La vegetación crecía con formas desproporcionadas, los árboles se elevaban mucho más de lo que cabría esperar de especies semejantes en otras islas, y las plantas extendían tallos y hojas que parecían empeñados en desafiar las dimensiones habituales del mundo, toda una odisea visual ante los sentidos de cualquier versado en la flora. Por otro lado, los animales compartían aquella peculiaridad, y hasta algunos de los frutos que se vendían en los pequeños asentamientos presentaban formas alargadas que obligaban a reconsiderar las proporciones a las que uno estaba acostumbrado. 

"¿Alguna de estas sería una fruta del diablo?" Un pensamiento fugaz que, a comparación con la fruta que comió en su día para ser el hombre que es ahora, posiblemente no fuera el caso. Aún así, consideró que, cómo mínimo, algún espabilado en alguna época concreta lo habría llegado a hacer pasar por una para intentar sacarse un verdadero pastizal timando a algún incrédulo cazador que creyera poder comerse el mundo a través de esa nueva Akuma...y donde perdería toda la esperanza al descubrir que se la habían dado con queso y mortadela con aceitunas.

Sin embargo, la abundancia visual no implicaba que todos aquellos recursos resultaran apropiados para cualquier propósito, menos aún para los que tenía que utilizar aquel hombre en ese momento. La madera podía ser excelente para fabricar una estructura ligera, pero eso no la convertía en un sustituto del metal trabajado en una pieza destinada a proteger las articulaciones. Las fibras vegetales bien podían servir para elaborar cuerdas y tejidos resistentes para cualquier tipo de prenda, pero su comportamiento frente a la abrasión, el calor y la humedad debían examinarse antes de confiarles una función importante. Por esa razón, Kael decidió comenzar su búsqueda en una de las pequeñas aldeas situadas cerca de la costa occidental del anillo, algo alejado del pueblo de Melée donde, por alguna razón desde que descubrió el ambiente jovial que poseían, había comenzado a visitar con mayor frecuencia como si ya fuera parte de su misma rutina. Aquella "nueva" ciudad no se trataba de una población especialmente grande, y mucho menos de un centro estructural comercial al que acudieran artesanos procedentes de otros mares, pues la isla no destacaba por ser especialmente avanzada o considerarse un fuerte destino turístico precisamente. 

Sus habitantes vivían principalmente de la pesca, -algo a lo que ya estaba bastante acostumbrado a ver desde su estancia en Baterilla-, el cultivo de las tierras disponibles y el aprovechamiento de la madera que obtenían de los bosques cercanos con los árboles más gargantuescos que jamás había visto en su vida. Las viviendas, construidas con materiales locales y pintadas con colores vivos, se distribuían a ambos lados de un camino irregular que conducía hacia una pequeña zona de embarcaderos. Algunas parecían demasiado estrechas para la altura de sus puertas, mientras que otras tenían tejados curvos y fachadas inclinadas que les conferían el aspecto de juguetes abandonados por algún gigante, un pensamiento nacido, de nuevo, de algunas leyendas que había escuchado anteriormente entre la población local, y que tenían aún menos sentido que la anterior. Entre ellas se extendían huertos cercados con tablones, pequeños cobertizos y espacios cubiertos donde los vecinos podían continuar sus labores cuando la lluvia se volvía demasiado intensa.

poblado


Durante el trayecto hasta el poblado apenas a unos cuantos kilómetros por delante de donde Kael se encontraba, este se detuvo frente a algunos árboles de tamaño monstruoso para conseguir otro material que, si bien podría no necesitar para la actividad que se había dispuesto a realizar en ese momento, sí que llevaba rondando su mente desde la estación anterior en la isla de los cielos, buscando intentar conseguir algo relativamente fácil y que, en aquella isla, estaba convencido de poder obtener en grandes cantidades: resina de árbol. La razón era bastante sencilla, mas por ahora, se mantendrá en un secreto hasta que sea el momento propicio con el que comenzar a trabajarlo más adelante.

El procedimiento para su extracción no era especialmente complicado, pues incluso cualquier infante con un mínimo de interés por la naturaleza sabía cómo conseguir aquella savia de gran utilidad para tratar y proteger la madera, junto con otra serie de propiedades más concretas que ni siquiera él conocía. Lo primero que tuvo que hacer era comenzar a sacar una de sus herramientas de punta afilada, extrayéndola del interior de su cuerpo, y que fuera lo suficientemente rígida como para poder cortar en la madera, pudiendo de aquella forma perforarla para realizar una incisión superficial lo suficientemente profunda -algo que no requiere realmente demasiado esfuerzo- para que comenzase a salir la resina, sin necesidad de dañar la estructura del árbol. Al principio podía parecer algo blanquecina, pero pronto el color ambarino se hizo presente en aquel líquido que comenzaría a fluir hasta que, poco después, se volvería suficientemente pegajoso como para retirarlo y recolectar aquel fluido en varios recipientes.

La sorpresa del oriundo del Reino de Sorbet provino de la cantidad que estaba siendo capaz de extraer de un único tronco. Al ser un árbol diferente a lo que habitúa a conocer, así cómo portar un tamaño gigantesco, la cantidad de resina que se podía extraer sobraba entre los planes e ideas que tenía aquel jugador de máscaras de personalidad. Por supuesto, era mejor que sobrase a que posteriormente le fuese necesario más, por lo que decidió no dejar de extraer hasta que, eventualmente, la madera le pidiera una mayor incisión para seguir fluyendo, o no tuviera en su inmenso inventario ningún otro recipiente en el que poder conservarlo.

Cuando finalmente llegó el momento esperado, ahora faltaba un proceso algo más reservado a personas dotadas de un mayor grado de paciencia: limpiar la resina. Se debe tener en cuenta que aquel producto en su extracción habría recogido cierto grado de corteza del árbol, polvo, insectos atrapados durante el viaje hasta el recipiente, e incluso algo de tierra por haber extraído de la parte más baja del árbol, estando tan cerca del suelo, víctima del paso del tiempo y el viento que arrastraría componentes terrosos hasta el tronco. 

No podía tratarlo a través de un filtro en ese lugar al no tener una fuente de calor, pero al menos podría extraer con unas simples pinzas los componentes más llamativos a la vista, y haciendo gala de la forma de ser de la que lleva tiempo queriendo deshacerse para seguir evolucionando como ser humano, tomar algo de paciencia para eliminar con esa misma herramienta los trozos más pequeños, como aquel que limpia todas las espinas de un pescado para posteriormente comerlo por ser demasiado exigente con la comida, algo que, irónicamente, era algo que Kael, mientras se mantenía en su adolescencia, también hacía con regularidad hasta que se unió a la marina.

El procedimiento pudo durar perfectamente un par de horas, protegido de la lluvia precisamente por el enorme tamaño de las hojas de aquellos árboles que cumplían la función de paraguas naturales para el artesano -aunque, por el mismo motivo, quizás se podrían considerar más cómo un gran techo de hojas.

Tras considerar que había conseguido lo suficiente, como si un sexto sentido -o séptimo si el mantra de observación lo consideramos como sexto- se hubiera activado detectando peligro inminente, Kael decidió abandonar el lugar antes de que una suficiente cantidad de agua se acumulase encima de las hojas que le estaban cubriendo, por si esa era una acumulación tan proporcionalmente gigantesca como el resto del árbol, y le terminaría cayendo encima como una tromba de Murasame, una técnica del Karate Gyojin que a día de hoy nuestro protagonista desconoce.

Así, con todo lo ya recolectado en el intermedio de su largo viaje, considerando que había logrado más de lo que en un principio había venido a buscar, continuó con su travesía, dirigiéndose, una vez más, hacia el poblado donde esperaba encontrar todo lo demás.



A pesar de la intermitente lluvia, el "marine" no tardó en identificar el lugar que buscaba: un taller de carpintería y reparación de herramientas que ocupaba una construcción de madera oscura junto a una hilera de almacenes. No era una herrería propiamente dicha, aunque en su interior se encontraban varias piezas metálicas, clavos, bisagras, herrajes y utensilios que los habitantes utilizaban para mantener sus embarcaciones y sus aperos agrícolas. La ausencia de un mercado especializado implicaba que buena parte de los materiales manufacturados debían conseguirse mediante encargos, intercambios o aprovechando las reservas que cada artesano había reunido a lo largo de los años. Aquello hacía necesario conocer primero qué podía ofrecer la isla antes de decidir qué merecía la pena adquirir fuera de ella.

El responsable del establecimiento era un hombre de edad avanzada, de espalda ancha y manos endurecidas por décadas de trabajo, que no dudaba en abrir su local incluso con aquella lluvia, posiblemente acostumbrado a la misma por tantas décadas en su pasado. Una cinta de tela le mantenía apartado el cabello, y sus antebrazos mostraban pequeñas cicatrices que probablemente procedían de astillas, herramientas mal manejadas y reparaciones realizadas con demasiada prisa. Cuando Kael entró, el hombre se encontraba ajustando una pieza curva de madera destinada, seguramente, a la estructura de una embarcación. El hombre no interrumpió inmediatamente su labor; se limitó a levantar la mirada y observar al visitante durante unos segundos antes de dejar el instrumento que sostenía sobre la mesa.

apariencia del artesano


La conversación que se dió a continuación fue medianamente breve, aunque suficiente para establecer las condiciones de aquella primera etapa. Kael explicó que necesitaba materiales para reforzar un equipo de protección personal, así como algunas piezas de madera que pudiera emplear en la fabricación de soportes y útiles de trabajo. Una conversación que no merecía la pena mencionar más allá de los resultados. Por supuesto, se valió de su aspecto formal, agradable y confiable para conseguir un precio razonable, aprovechando sus conocimientos de compraventa, sumado a ser un soldado de la marina -lo que le hacía ver como nada menos que un verdadero cliente interesante- con el que conseguiría que aquello no superase apenas unos berries que perfectamente se le podrían haber caído a cualquiera de una bolsa tan cuantiosa como la suya, y que nunca tuvo que poner frente a la vista del artesano para no hacerle revalorar su idea del precio acordado.  

El carpintero le mostró primero varias tablas de madera dura, obtenidas de aquellos árboles de crecimiento extraordinariamente largo que abundaban en aquella isla. Algunas presentaban vetas muy marcadas, mientras que otras eran más uniformes y tenían menos nudos, lo que las hacía especialmente apropiadas para fabricar soportes precisos con los que trabajar no solo sus propias herramientas, sino las del resto de sus compañeros si más adelante se decidía poner con ellas. Kael examinó las piezas con detenimiento, golpeando suavemente sus superficies con los nudillos y observando cómo respondían al contacto. No pretendía determinar la resistencia de la madera únicamente por el sonido, pues sabía que aquel procedimiento no bastaba para establecer sus propiedades mecánicas. Lo utilizaba como una primera comprobación, complementaria a la inspección visual de las fibras, las grietas y los posibles defectos de secado.

Al final, eso no era más que una pequeña estrategia común entre los comerciantes para permitirse regatear un poco con el precio, buscando pequeñas imperfecciones, por mínimas que fueran, para hacer descender el precio de los materiales o cualquier otro producto que se fuera a comprobar -y sobre todo aprovechar- más adelante.

Finalmente seleccionó varias piezas de dimensiones moderadas, procurando que estuvieran bien secas y no presentaran deformaciones importantes. Si tenía que sustituir componentes metálico de los guanteletes por no tener suficientes en aquella isla, debía además tratar de construir una pequeña bancada con la que poder preparar moldes de ajuste y fabricar soportes que mantuvieran las piezas en la posición adecuada durante las operaciones de reparación, ajuste y mejora que buscaba para su equipo y el del resto. También adquirió una cantidad de fibras vegetales trenzadas que el artesano empleaba para reparar redes y sujetar cargas, y que se convertirían en las primeras de muchas que, durante todo el día Omuyaga llegaría a conseguir de distintos puntos de la ciudad. Su resistencia a la tracción parecía razonable, aunque Kael no tenía intención de utilizarlas como elemento principal de seguridad, por supuesto. En su lugar, las reservaría para sujetar provisionalmente componentes durante el montaje y preparar envolturas que impidieran que las herramientas se desplazaran sobre la mesa.

Al final, poco a poco y con el tiempo, aquellos eran pequeños detalles que le llevaban también a considerar que había mejorado como artesano, aunque ni siquiera se hubiese dado del todo cuenta de ello ni tampoco puesto a prueba.

Antes de marcharse, preguntó por la disponibilidad de metales y por la existencia de algún artesano capaz de trabajar el hierro o el acero. La respuesta confirmó lo que ya sospechaba: en la aldea había personas capaces de reparar cuchillos, anzuelos, herramientas agrícolas y herrajes sencillos, pero no existía ningún lugar preparado para producir aleaciones especiales ni para realizar tratamientos térmicos complejos, lo que implicaría verdaderas complicaciones para lograr su objetivo con la sencillez que en un principio esperaba poder encontrar. Algunos habitantes conservaban piezas procedentes de barcos piratas y mercantes que habían rescatado en la isla en años anteriores, y de vez en cuando se intercambiaban materiales con los nómadas que recorrían el Grand Line durante los breves periodos en los que la marea permitía desplazarse entre las distintas partes de la isla. No obstante, aquellas reservas eran limitadas, y nadie podía garantizar que contuvieran exactamente lo que el azabache necesitaba, ni mucho menos la cantidad que esperaba obtener.

Aquella información le permitió descartar una posibilidad poco práctica: intentar fabricar desde cero todos los elementos de sus guanteletes utilizando exclusivamente los recursos locales. La isla ofrecía como sus principales recursos naturales madera, fibras, cuero procedente de los animales que se criaban en las aldeas y materiales útiles para el mantenimiento cotidiano, así cómo todo tipo de utensilios de pesca, pero no disponía de minas o lugares más complejos que fueran capaces de satisfacer cualquier exigencia técnica. Su única solución medianamente viable, era intentar aprovechar los componentes que ya poseía, los que estuvieran también a su alcance, y mejorar su diseño mediante operaciones junto con el ingenio que su mente pudiera dar de sí en las condiciones que tenía por delante.

Con las compras iniciales guardadas, abandonó el taller y continuó recorriendo el asentamiento con la lluvia como su única acompañante en aquella condenada tarea que él mismo había decidido imponerse. 

Su siguiente destino fue una zona de cobertizos cercana a los embarcaderos, donde varios pescadores reparaban sus redes y clasificaban las capturas de la mañana. La actividad pesquera se había reducido temporalmente debido al cielo encapotado, pero aún se escuchaban voces entre las construcciones y el sonido de los utensilios chocando contra las cajas de madera. Unos cuantos peces de cuerpo alargado descansaban sobre una mesa, mientras que otros que todavía permanecían con vida se agitaban dentro de recipientes llenos de agua marina para tratar de mantenerlos frescos sin hielo del que pudieran disponer para congelarlos. Fue entonces que sus ojos se posaron no en los peces variopintos que allí se consumían, sino en los materiales utilizados para mantener las redes, impermeabilizar determinados elementos y proteger las manos de quienes trabajaban continuamente con cuerdas húmedas.

Omuyaga sabía que la protección de una extremidad no dependía exclusivamente de la dureza de su superficie exterior. Un guante demasiado rígido podía transmitir una parte considerable de la fuerza de un impacto a los huesos y las articulaciones, mientras que una pieza excesivamente gruesa podía limitar el movimiento de los dedos, y un interior mal ajustado podía provocar rozaduras que terminaran convirtiéndose en lesiones después de varias horas de uso. A ello se añadía el problema de la humedad que, quizás por influencia del entorno, se hacía un hueco en su mente como si fuera un verdadero problema lejos de esa isla. En un entorno tropical, una protección cerrada podía acumular sudor y agua en su interior, favorecer la corrosión de las partes metálicas y deteriorar los materiales orgánicos con mayor rapidez de la esperada. No bastaba con fabricar una coraza resistente, también había que procurar que continuara siendo funcional después de una jornada de trabajo, una travesía bajo la lluvia o un enfrentamiento en el que el equipo quedara empapado. Por todo ello y posiblemente más, el joven dedicó un tiempo a observar cómo los pescadores protegían sus manos y así poder ver qué soluciones empleaban para conservar sus herramientas. 

Encontró piezas de cuero curtido, cordones de fibras trenzadas y pequeñas fundas que se utilizaban para cubrir los extremos metálicos de ciertos utensilios. Algunas estaban desgastadas por el contacto continuo con el agua salada, pero otras habían soportado bastante bien el paso del tiempo sin nada demasiado destacable que envidiarle a las herramientas que se notaba habían sido recientemente adquiridas en cualquier parte que las vendiesen de primera mano. Preguntó por el origen de los materiales, sus métodos de conservación y la frecuencia con la que debían sustituirse. Las respuestas no le proporcionaron mucha información, aunque sí le permitieron comprender mejor las limitaciones de los recursos disponibles y distinguir entre aquello que podía servir como revestimiento auxiliar y lo que debía descartarse para una protección de mayor exigencia.

Terminó tratando con aquellos trabajadores para conseguir terminar adquiriendo una pequeña cantidad de cuero tratado, escogido por su flexibilidad y por la regularidad de su superficie, además de algunas tiras de tejido resistente provenientes de fundas de herramientas que nadie parecía tener luego que echar en falta. No tenía intención de convertir los guanteletes en piezas acolchadas hasta el extremo de perder precisión al manipular objetos, sino que en su lugar, el cuero lo emplearía principalmente como revestimiento interior y como protección de determinadas zonas de contacto, mientras que el tejido serviría para elaborar separadores, juntas y elementos reemplazables que evitaran el roce directo entre el metal y la piel. Su prioridad consistía en mantener el equilibrio entre protección, movilidad y comodidad, tres cualidades que debían funcionar conjuntamente si pretendía utilizar el equipo durante periodos prolongados junto con alguno de sus fusiles, escopetas, pistolas, o cualquier arma que aprendiese a portar en un futuro.

Una vez completadas aquellas nuevas compras, buscó un lugar donde pudiera trabajar sin depender continuamente de los espacios compartidos de la aldea, y al mismo tiempo pudiera refugiarse de aquella lluvia que estropearía todo el proceso. Al fin y al cabo, solo un loco decidiría trabajar quieto mientras se mojaba continuamente, ¿no? Lo único que necesitaba era superficie estable, buena iluminación y suficiente ventilación para manipular los materiales con seguridad, al mismo tiempo que una pequeña fuente de calor donde poder secar su uniforme empapado. Encontró una construcción sencilla situada a cierta distancia de las viviendas, utilizada ocasionalmente como almacén para herramientas y aperos agrícolas. Tras hablar con el responsable del lugar y acordar las condiciones de uso con una nueva cantidad de berries de por medio, pudo disponer de una mesa robusta, un banco auxiliar y un espacio cubierto que lo protegía de la lluvia sin aislarlo por completo del aire exterior, mas para su desgracia, aquello no tenía -de base al menos- una fuente de calor con la que poder mantenerse sin empezar a coger frío.

Pero era lo mejor que tenía a mano, pues el Ford's Transit estaba demasiado lejos cómo para regresar en aquellas condiciones.

La primera tarea consistió en preparar el puesto de trabajo, ignorando por completo el agua en su cuerpo, pensando que con la fortaleza de su propio cuerpo le permitiría resistir aquella ola de frío que comenzaría a surgir en cuanto se adaptase un poco al lugar, y empezase a entrar en calor por estar en un lugar cerrado.

Colocó las tablas sobre dos apoyos firmes y comprobó que no se balancearan al ejercer presión sobre ellas. Después fijó una de las piezas más gruesas a la mesa, utilizando abrazaderas y cuñas de madera para evitar que se desplazara durante las operaciones de ajuste. Sobre aquella base instaló un soporte sencillo que le permitiría sujetar cada guantelete sin forzar su estructura. No era nada especializado pensó, pero cumplía la función necesaria: mantener la pieza inmóvil mientras él trabajaba y permitirle examinar sus distintas superficies desde varios ángulos.

Organizó después las herramientas que había traído consigo, protegidos completamente de la lluvia y la humedad gracias a su propio poder del diablo. Separó los instrumentos de medición de aquellos destinados al corte y al acabado de sus preparaciones, reservando un recipiente para las pequeñas piezas metálicas y dejó a un lado los materiales que todavía no tenía que utilizar. Entre sus útiles se encontraban limas de distintos perfiles, calibres, una regla metálica, punzones, destornilladores, pequeñas mordazas, abrasivos y herramientas de precisión para trabajar sobre componentes de dimensiones reducidas. También había llevado elementos de protección personal y materiales de limpieza, indispensables para evitar que el polvo, las virutas o los residuos de los tratamientos anteriores contaminaran las superficies que pretendía conservar. La única razón por la que no estaba haciendo todo eso dentro de cualquier sala en el interior de su cuerpo era más sencilla y estúpida de la que podría parecer, y es que, si bien es un hombre ordenado y bastante limpio, le daba demasiada pereza tener que utilizar a Mini Kael para barrer todo el polvo y las virutas que se acumularían dentro del castillo por haber hecho todo eso dentro de su cuerpo. No, definitivamente no se iba a arriesgar a ensuciarse por dentro por algo que no valía la pena. Podía querer protegerse y mejorar su equipo, pero no era un motivo lo suficientemente válido si podía hacerlo desde fuera.

El clima le obligó a tomar precauciones adicionales. La humedad podía condensarse sobre las herramientas metálicas, especialmente cuando se producían cambios de temperatura entre el interior del almacén y el ambiente exterior...y apenas entonces se dió cuenta de que no iba a durar en esas condiciones de trabajo. Quitarse el uniforme empapado y secarse no era algo que en aquella cabeza quisiera entrar en aquel momento, ligeramente preocupado por lo que le diría el comandante Nanashi en esa situación, después de llevarse una extraña advertencia por su parte en su última incursión en conjunto.

"Seré imbécil, no me va a encontrar en este lugar, y tengo ropa en los armarios." Definitivamente, aprender las lecciones del Hasshoken le estaban afectando ligeramente en la cabeza.

Aún así, tenía que esperar algo de tiempo a que su cuerpo se secase para no volver a empapar toda la ropa que se fuera a poner después, por lo que, deshaciéndose por completo de su vestimenta blanca impoluta y colgándola en una cuerda para hacer una colada improvisada, lo único que dejó puesto en su cuerpo fueron unos pantalones que sacó del armario dentro de la habitación de su cuerpo para no encontrarse en una situación embarazosa y peliaguda en caso de peligro sorpresa, y con ello, podría comenzar a trabajar.

kael trabajando sin camisa


Solo cuando consideró que el espacio estaba preparado sacó los guanteletes para comenzar a trabajar con ellos.

Los dejó sobre la mesa y permaneció unos instantes observándolos. Eran piezas que conocía bien, no solo por haberlas utilizado durante sus años de servicio como marine, siendo estos sus primeras armas desde hacía ya ocho años, sino también por haber aprendido a reconocer las pequeñas particularidades que distinguían un equipo familiar de uno nuevo. Sabía dónde tendía a acumularse el desgaste, qué zonas habían soportado mayor fricción y cuáles eran las superficies que debían conservarse intactas para no comprometer el ajuste. Las marcas que presentaban no constituían necesariamente defectos graves, aunque algunas revelaban que el uso continuado había empezado a pasar factura.

Comenzó con una inspección general. Examinó la superficie exterior bajo la luz que entraba por las ventanas y buscó arañazos profundos, deformaciones, señales de corrosión y posibles grietas, sólo para después comprobar los bordes, las uniones y los puntos donde los componentes se encontraban sujetos entre sí. Las piezas de protección podían parecer perfectamente funcionales a simple vista y, sin embargo, esconder pequeñas holguras que solo se manifestaban al aplicar presión desde un ángulo determinado, razón por la que no se limitó a mirar, sino manipular cada sección ejerciendo esa presión moderada y necesaria sobre las uniones para comprobar si existían movimientos que no correspondieran al diseño original.

Y ahí fue donde lo vió:

Encontró algunos arañazos superficiales y pequeñas zonas donde el acabado había perdido uniformidad. También detectó puntos en los que los bordes presentaban un desgaste más pronunciado, aunque ninguno parecía haber sufrido una deformación que obligara a sustituir la pieza completa -algo que no podía permitirse dada la escasez de materiales metálicos-. Una buena noticia dentro de todas sus complicaciones al menos. La estructura principal conservaba su integridad y no existían motivos para desecharla, de modo que el trabajo podía centrarse en mejorar el ajuste, eliminar los defectos menores y reforzar la protección de aquellas áreas que, por su posición, resultaban más expuestas al contacto accidental con objetos cortantes y zonas de contacto.

La siguiente etapa fue desmontar los componentes que podían retirarse sin comprometer la estructura. Lo trabajó con paciencia, colocando cada tornillo y cada pieza pequeña en recipientes separados para impedir que se mezclaran. Antes de retirar una unión, examinaba su posición y anotaba mentalmente la orientación en la que estaba montada, permitiéndose también ejercitar la mente en una prueba de memoria constructiva. Si alguna sección exigía una presión excesiva para liberarse, no insistía de manera brusca: prefería estudiar la estructura de cuero, comprobar si existía algún elemento de retención y elegir una herramienta apropiada. Forzar una unión podía resultar más rápido durante unos segundos, pero también podía convertir una reparación sencilla en un problema mucho más costoso, y del que al final no podría hacerse cargo.

A medida que desmontaba las piezas, las distribuyó sobre la mesa según su función, empezando a preocuparse si tendría todos los materiales que iba a necesitar. Las placas exteriores quedaron separadas de los elementos interiores, mientras que los cierres y las fijaciones se agruparon para poder revisarlos individualmente. Aquella organización le permitió comprender mejor el estado general del conjunto y evaluar qué partes merecían una intervención inmediata, viéndose confundido en pequeños instantes considerando que, para una mayor eficiencia, se encontraba en un proceso algo más complejo que estaba atravesando por primera vez en su vida.

Al final, cómo ya he dicho más de una vez, del dicho al hecho hay un trecho, y por muy elocuente que fuera aquel agente en la teoría, la destreza en la práctica era un concepto que todavía tenía que terminar de masterizar.

Algunas superficies solo necesitaban una limpieza cuidadosa; otras requerían un acabado más uniforme, y unas pocas podían beneficiarse de pequeñas modificaciones destinadas a mejorar el reparto de la presión sobre la mano. Empezó por limpiar los componentes metálicos, pues eran los que podrían mostrar imperfecciones de suciedad mucho más visibles, y que le costarían menos eliminar. Utilizó paños que no desprendieran fibras, retiró los residuos acumulados en las uniones y eliminó las partículas de suciedad que se habían introducido en los pequeños espacios entre placas, un trabajo aburrido pero sencillo, de esos que prefería dejarse para sí por su monotonía. En las zonas donde encontró indicios leves de oxidación superficial, trabajó con abrasivos apropiados, retirando únicamente el material deteriorado y procurando conservar la mayor cantidad posible del acabado original.

La tarea exigía una precisión que no habría sido necesaria en una pieza destinada exclusivamente a la decoración. Un exceso de abrasión podía adelgazar una superficie, alterar un borde o eliminar una protección que todavía cumplía su función. El azabache evitó por tanto la tentación de perseguir un aspecto impecable, por más molesto que la idea le resultase, dado lo pulcro que gusta ser en todas las ocasiones, pero debía buscar que los guanteletes funcionaran mejor de lo que lo habían hecho hasta entonces.

Tan sólo cuando consideró que su trabajo estaba cerca de acabar con aquellos guantes, notó como la lluvia torrencial finalmente parecía comenzar a amainar, permitiéndole en ese momento parar su trabajo para cumplir con una tarea que había tenido que posponer, y que al mismo tiempo deseaba no tener que repetir: volver a salir para conseguir aún más materiales.

Suspiró. No le quedaba más remedio que hacerlo, colocándose una camisa sencilla y seca de su inventario personal mientras dejaba allí todo lo que tenía para salir sin perder mayor tiempo, e intentar conseguir los últimos materiales que le fueran a hacer falta para trabajar ya no solo aquellos guanteletes, sino todos aquellos que pudieran hacerle falta más adelante para proteger su cuerpo, y si acaso, a más de sus compañeros si le terminaba sobrando. No es que no pensara en ellos, sino todo lo contrario, pero para poder seguir cumpliendo con su deber, lo primero era estar él mismo listo para cualquier improvisto, y posteriormente ayudar a mejorar a aquellos que, en sus increíbles capacidades, no le hacían tanta falta como a él una mejora significativa en su equipo.

El agua todavía descendía desde los tejados en pequeños torrentes, mientras que los caminos continuaban convertidos en una mezcla de barro y hojas húmedas. Kael se ajustó la camisa y abandonó el almacén con la intención de conseguir los últimos materiales antes de regresar a su trabajo. Ya había comprendido que encontrar metal de calidad en aquella isla sería imposible, por lo que de nuevo, tenía que usar su bendecida mente para tratar de encontrar una solución a lo que había tratado hasta ahora. 

Su siguiente parada tras salir de allí fue un cobertizo próximo a los embarcaderos, donde varios habitantes se dedicaban a reparar redes, cuerdas y aparejos de pesca. Bajo el techo se acumulaban rollos de cordaje de diferentes grosores, pequeñas poleas y recipientes que contenían sustancias utilizadas para tratar los materiales expuestos a la humedad, algo bastante parecido a lo que había visto cerca del puerto, pero que denotaba la cantidad de materiales de pesca que habría por todas partes, y que probablemente era lo único que llegaría a encontrar en toda la isla. Kael se acercó a uno de los trabajadores y le explicó que buscaba productos para el mantenimiento de unas piezas metálicas y materiales que pudiera emplear durante la reparación de un equipo de protección, algo especialmente directo para lo que acostumbraba a hacer, pero que debido al cansacio acumulado por lo que llevaba hasta ahora, tendría que ignorar.

El hombre, ignorante de todo aquel pensamiento, le mostró varias clases de fibras trenzadas, explicándole cuáles se utilizaban para sujetar cargas y cuáles se reservaban para labores más delicadas. Aunque ninguna parecía apropiada para sustituir las fijaciones principales de sus guanteletes, algunas podían servir si se les daba el enfoque adecuado.

Sin embargo, lo que más llamó su atención fueron los pequeños recipientes almacenados junto a una de las paredes. Contenían aceites y resinas empleados por los pescadores para conservar determinados utensilios y proteger algunas superficies frente al ambiente marino. Eso era algo que definitivamente necesitaba para utilizar en el futuro, en una de sus ideas que había empezado a plantear a futuro como nuevo proyecto.

Terminó adquiriendo casi sin dudar una pequeña cantidad de aceite destinado al mantenimiento de herramientas metálicas, además de una cantidad mucho más generosa de resina para, en parte, tratar la madera que utilizaría en sus soportes, y quedarse con el resto para ideas inflamables con las que comenzaría a experimentar más adelante. Aún no se había sentado a probar a crear mejores municiones que le permitieran lograr resultados mucho mejores a los que ya había logrado, pero pronto, si buscaba empezar a compararse con aquellos usuarios de frutas del diablo que cada vez empezaban a aparecer con mayor frecuencia, tendría que buscar por encima de lo que comercialmente puede adquirir, y pensar más en cosas especiales creadas y confeccionadas por si mismo.

Antes de marcharse, también compró varios cordeles y tiras de tejido resistente que podían aprovecharse para elaborar fundas sencillas, nada verdaderamente relevante, pero en las que su principal utilidad residiría precisamente en su versatilidad. 

Con aquellas compras guardadas, continuó recorriendo las calles de la aldea, buscando algún lugar donde pudieran proporcionarle algunos otros objetos que pudiera usar a modo de material.

Todavía le quedaba una última parada antes de regresar al lugar que había alquilado para realizar todas aquellas tareas. Cerca de los huertos encontró una pequeña construcción donde una mujer de aspecto veterano en la vida trabajaba con fibras vegetales, reparando cestas y fabricando cordeles para diferentes tareas domésticas. Sobre una mesa mantenía varios haces de material seco y retales de tejido recuperado de sacos y fundas deterioradas. 

mujer


Examinó los restos tan pronto tuvo oportunidad, y escogió las partes que conservaban una superficie uniforme. A pesar de lo complejo y extraño que pudiese parecer, todos ellos servirían en las ideas que aquel caballero tenía en la cabeza, pensando, al mismo tiempo, en volver al considerar que lo tenía todo a punto, y que podía volver a ponerse manos a la obra. 

Con las últimas adquisiciones guardadas, regresó al almacén con el que había comenzado a trabajar. No parecía que nadie hubiese aparecido durante su ausencia. La mesa de trabajo continuaba tal y como la había dejado, teniendo así la suerte de saber que aquella zona era ideal y segura, permitiéndole seguir sin preocuparse por distracciones externas. 

Distribuyó sus nuevas adquisiciones según su función, separando los productos de mantenimiento de los elementos textiles que utilizaría durante el montaje. La madera serviría para los soportes y las plantillas, el cuero y los tejidos, para mejorar las superficies de contacto, los cordeles, para sujetar provisionalmente los componentes, y las pequeñas fijaciones, para sustituir aquellas piezas secundarias que no estuvieran en condiciones de seguir utilizándose, cómo ya había hecho antes.

Había conseguido reunir recursos suficientes para completar no solo el trabajo con mayores garantías para que saliera mejor de lo esperado, sino para también dedicarle algo de atención a las punteras y guantes afilados que hace ya más de una estación exacta atrás le había confiscado a Eros, el ex-capitán de los Sepultura, que juntos consiguieron mandar junto con dos de sus cuatro integrantes a la prisión de Impel Down, siendo el último de los cuatro enviado a la tumba. 

Tomó entonces las punteras, comprobando su estado bastante dejado y con poco mantenimiento por encima. Lo cierto es que él tampoco se había tomado el tiempo de tratarlas, por lo que, si bien aquel pirata no merecía ninguna clase de consuelo, supongo que estaría de más criticar a alguien que jamás saldría ya de Impel Down.

Después de la limpieza, se concentró en los bordes y en las zonas de contacto. Utilizando limas finas y herramientas de acabado, suavizó las irregularidades que podían provocar cortes accidentales o concentrar la presión sobre un punto demasiado pequeño en las piernas. No redondeó indiscriminadamente todos los extremos de la punta, -ya que algunos necesitaban conservar una geometría determinada para encajar con las piezas contiguas-. Trabajó únicamente sobre las áreas que podían mejorarse sin alterar el funcionamiento de la protección, comprobando con frecuencia el resultado mediante el tacto y la inspección visual una vez más, repitiendo el proceso que había realizado con los guantes.

En determinados puntos, la superficie había quedado ligeramente áspera como consecuencia del desgaste, y fue entonces cuando comenzó a preguntarse a cuantas personas inocentes habría herido aquella arma que ahora iba a usar el ex-marine. Por supuesto, eso no le haría vacilar a la hora de aprovecharlas, dado que las armas, a fin de cuentas, no tienen la culpa del uso que le dan sus portadores, y lo que hagan depende enteramente, precisamente, de su usuario. 

El trabajo sobre el exterior, sin embargo, no bastaba. Tenía que revestir el interior de cuero para poder resistir el contacto con la parte externa, y no sentir todo el impacto si transmitía toda la fuerza en el punto de impacto. Por eso, la parte más importante de la mejora se encontraba en el interior, y tuvo que dedicar su próxima atención a ese punto, cómo si no hubiese nada más donde poner su concentración.

Decidió sustituir las secciones más deterioradas por piezas nuevas de cuero tratado y tejido resistente que previamente había comprado, utilizando además algo más de cuero antiguo que consiguió en Matsuri, asegurándose de que todo fuera correcto. Para conseguir un ajuste apropiado, tomó las medidas necesarias sobre el interior y preparó plantillas que reproducían la forma de las superficies de contacto, limitándose después a recortar el material siguiendo el contorno.

El cuero seleccionado ofrecía una buena combinación de flexibilidad y resistencia al roce, pero debía adaptarse a las dimensiones exactas del conjunto. Kael recortó las piezas de acuerdo con las plantillas y preparó los bordes para que no quedaran fibras sueltas. La humedad volvió a recordarle su presencia cuando una corriente de aire húmedo atravesó el almacén. El cuero, si absorbía demasiada agua y se secaba de manera inadecuada, podía endurecerse, deformarse o desarrollar olores desagradables. Por eso, evitó empapar el material durante su preparación y mantuvo las piezas extendidas sobre una superficie limpia mientras trabajaba en ellas teniendo también cuidado de no cerrar completamente las zonas interiores con revestimientos impermeables, pues una protección que impidiera toda circulación de aire podía acumular sudor durante el uso y terminar perjudicando la comodidad que pretendía mejorar, milimetrando cada detalle.

Cuando consideró que los materiales estaban suficientemente secos, realizó una última inspección del conjunto. Las placas conservaban su integridad, las fijaciones permanecían firmes y el interior se ajustaba mejor a sus manos. El trabajo había requerido una gran cantidad de recursos junto con una sucesión de decisiones pequeñas y razonadas de una mente que lo había dado todo para improvisar lo que no tenía y aún así conseguir un resultado difícilmente comparable. Había seleccionado materiales locales para las funciones que podían cumplir, descartado aquello que excedía las capacidades del taller disponible, reparado los defectos que realmente importaban y comprobado las modificaciones antes de dar por terminado el proceso.

Sin duda, un irremediable trabajo excelso con el que se había quedado bastante satisfecho.

Recogió las herramientas una por una y guardó todo el material sobrante, manteniendo todo en el almacén de su cuerpo para no tener que cargar nada entre sus brazos durante el camino de vuelta. Las tablas que había utilizado como soporte quedaron apartadas para futuras reparaciones, tratando de mantenerlas lo más lisas posibles para evitar desprendimientos de virutas, mientras que los recortes de cuero y tejido se guardaron en una bolsa distinta, separados de los residuos que ya no podían aprovecharse, y que dejaría allí porque, al final, había pagado por ese lugar para no tener que limpiarlo. 

Antes de abandonar el almacén, se colocó de nuevo los guanteletes y comprobó el ajuste durante unos minutos mientras recogía sus pertenencias. La prueba era sencilla, pero importante: si el equipo resultaba incómodo al caminar o manipular objetos cotidianos, difícilmente sería una buena solución en circunstancias más exigentes. No sintió que las piezas le impidieran mover las manos con naturalidad ni que las correas se aflojaran con el movimiento. La protección seguía siendo perceptible aunque ya no interfería innecesariamente con las tareas que esperaba realizar.

Al salir, encontró la aldea cubierta por una fina neblina de humedad. El cielo seguía cargado de nubes amenazando con llover en cualquier momento, pero  ahora mismo permitía que algunos vecinos regresaran a sus actividades. 

Kael se detuvo un momento junto a la entrada del almacén y observó sus manos. Los guanteletes no habían cambiado radicalmente de apariencia, pero ya no eran las piezas que conservaba por costumbre  de la época en la que confiaba en el combate cercano como una parte de su estilo de pelea. Ahora cumplían una función más sencilla: proteger sus extremidades y permitirle proteger con ello su "templo" sin renunciar a la utilidad de un equipo que todavía podía acompañarlo durante muchos años, y que, de ser necesario, podría incluso pasar a las manos de otros de sus compañeros si eventualmente resultaba necesario.

La pérdida de su antigua posición dentro de la Marina había alterado el rumbo de su carrera, pero no había eliminado las responsabilidades que había decidido asumir. Como agente gubernamental, seguiría encontrándose ante situaciones en las que la vida de otras personas dependiera de la preparación de quienes intervenían para protegerlas. No siempre sería posible anticipar una amenaza, elegir el terreno o disponer del material ideal. Precisamente por eso resultaba importante aprovechar las ocasiones tranquilas para corregir los defectos que podían resolverse antes de que se convirtieran en problemas.

Con sus ideas en mente, empapando su cabeza de nubes de ideas con las que se distraería mientras tanto, emprendió el camino de regreso hasta el Ford's Transit donde lo esperaban sus compañeros. Eventualmente se vería obligado a salir de nuevo a encargarse de las cosas de los demás, pero por el momento, se daba suficientemente por acabado al conseguir mejorar lo que era suyo, y no tener que preocuparse por eso durante mucho más tiempo.

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