Hace 56 minutos
Día 76 de Otoño.
Isla Chisi, Corriente Daiya.
Una buena parte de la mañana había transcurrido ya en la isla de Chisi. El clima era agradable, con cielos casi totalmente despejados, y una suave brisa marina que soplaba desde el suroeste y sumía a la isla en un agradable frescor que expulsaba la humedad más pesada que se respiraba en el interior del bosque. Kibai, desnudo de cintura para arriba por más comodidad y para asegurarse de no manchar su uniforme, había pasado alrededor de una hora en los bajíos del acantilado, recogiendo los materiales necesarios para el proyecto que tenía en mente, y ya estaba terminando de construir una rústica pero perfectamente funcional hoguera que sirviese a la vez como fogón de cocina para la carne de su última presa.
El mink había reunido varias piedras grandes, colocándolas en un círculo de más o menos unos setenta centímetros de diámetro, sin olvidarse de dejar una abertura en uno de los lados para poder seguir alimentando el fuego a medida que la madera fuese siendo consumida por el fuego. Sobre ellas colocó otras tres, más altas y robustas, procurando que sus superficies quedasen a la misma altura y pudieran sostener el peso de la última sin riesgo de que se desplomase. Esta piedra restante era plana y ancha, y Kibai se hbaía asegurado de frotarla una y otra vez con arena para eliminar cualquier tipo de impureza y tambien para suavizar su superficie y pulirla en la medida de lo posible.
Después, reunió un puñado de ramitas secas y corteza de árbol, que amontonó en el centro del hogar junto con dos bolas de resina que había extraído de los troncos cercanos con un simple tajo de sus garras, y las rodeó con ramas algo más gruesas, dispuestas en forma de estrella, todo para favorcer que las llamas los recorriesen con mayor facilidad. Por último, apoyó sobre los soportes la losa que había escogido como plancha, dejando suficiente espacio por debajo para que el aire circulase y el fuego pudiera respirar.
Empleando su pedernal y el filo de Raimei, Kibai envió una oleada de chispas contra la yesca compuesta de hierbas secas y astillas emplumadas, que prendió casi de imediato. Con cuidado, cogió aquel pequeño nido ardiente y lo colocó en el centro del círculo de piedra, sobre las ramas más finas que rapidamente se contagiaron del fuego, extendiéndose poco a poco hacia la madera más gruesa. El crepitar de las ramas pronto llenó el lugar, mientras el humo ascendía entre las piedras que el mink había dispuesto a tal efecto para disimular en la medida de lo posible la columna de humo. De vez en cuando, empujaba hacia el centro algún tronco que comenzaba a consumirse, alimentando las llamas sin alterar la estructura. No tardó en formarse un lecho de brasas bajo la losa, que empezó a calentarse lentamente, dejándola preparada para servir a su propósito culinario.
La presa en cuestión había sido un cervatillo con una pata rota que Kibai había encontrado en su camino hacia los acantilados. Normalmente nunca mataba crías (pues esto traía consigo el problema de que no se repoducirían, ni tampoco eran una presa especialmente complicada de cazar) pero por otro lado, el pobre animal estaba sufriendo, y el corazón del mink no habría soportado que otro depredador menos afinado que el lo martirizase hasta darle muerte. De este modo, se había acercado al pequeño ungulado y tras calmarlo con suaves caricias, le había atravesado la médula con sus garras, terminando con su vida solo con un suave quejido. Tras eso, lo había desollado rapidamente y lo había llevado consigo al campamento.
Una vez correctamente despiezado, puso los órganos y las partes más magras sobre la losa con una buena cantidad de la grasa de la cola. No era de oveja como la que le habían enseñado a hacer en Drum, pero era lo que tenía. Las partes más gruesas las atravesó con palos de madera y las frotó con las hierbas aromáticas que había podido encontrar en sus periplos por la isla, echando de menos una vez más la pequeña pero más que correcta cocina del Royal Quiver.
Con todo dispuesto y la carne ya siseando, el mink se recostó contra una de las rocas verticales del escollo, aguardando a la llegada de sus compañeros.
La Caja de Pandora

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