[Pasado/Av. Autonarrada T1] Una infancia feliz.
#1
Hace 18 años
Afueras del Reino de Frauce - Hacienda Blackmore.

Por su rostro goteaba un rastro de sudor producto del trabajo que realizaba picando piedras y llevándolas a pulso a un gran carro de madera tosca pero resistente que primaba la utilidad por encima de la belleza. No era un carromato creado con cariño, pero indudablemente cumplía su labor, era robusto y no era fácil de romper por todo el peso que se le cargara encima. Un instrumento perfectamente diseñado para su labor.
Bruce era un mandingo gyojin de labios prietos y rasgos endurecidos dónde sus cejas estaban compuestas por unas pequeñas protuberancias bulbosas que hacían aún más rudos sus rasgos, y con unos pequeños ojos azules y totalmente desprovistos de vida que contrastaban con el tono castaño moteado que dibujaba la totalidad de su cuerpo también decorado por cicatrices de latigazos, arañazos y mordiscos animales.  Grandes abdominales y brazos tan vivos y endurecidos como troncos de árbol, el equilibrio corporal solo estaba confrontado por unas piernas cortas y anchas que en comparación con el resto del cuerpo lo hacían parecer ligeramente ridículo. Vestía una camiseta rota y blanca, perturbada solo por unas manchas de óxido rojizo y unos pantalones cortos impregnados en la misma tintura, además de las usuales cadenas en brazos y piernas.

Sin duda alguna, Bruce era como aquél carro; tosco, poco agraciado y casi paródico estéticamente, pero perfectamente funcional y diseñado para su labor. Sus cortas pero potentes piernas servían para amortiguar el peso de la carga, y su torso ancho servía como un ligero resorte de cara a cargar piezas más voluminosas.
Eran una raza desagradable, pero hay que reconocer que la biología era una ciencia sabia, pues había dotado a estos seres de una morfología envidiable aun en detrimento de su inteligencia. Los peces demihumanos eran más básicos que un mendrugo de pan, pero servían bien a sus amos porque eran fácilmente manejables.

Pensémoslo desde una perspectiva utilitarista. ¿Cómo puedes manejar a un ser que puede partirte con pasmosa facilidad con sus manos desnudas y que cada día te mira con odio por no ser más que un trabajador de sueldo no percibible?
Aprovechando sus desventajas raciales, naturalmente.
Bruce era un tipo con suerte, pues a diferencia de todos aquellos tritones humanizados que morían construyendo a lo largo del enorme puente que se situaba a unos cuantos kilómetros de la zona, trabajaba para nuestra familia como una figura de élite entre los suyos y él lo sabía. Recibía hidratación suficiente para no morir ante los rayos furiosos del sol, especialmente perniciosos en esta época, pero lo manteníamos en el límite rozando la muerte tan de cerca que fuera consciente de a quiénes les debía pleitesía. Él lo sabía y tras unos meses rebelde, ya había dejado de patalear y su voluntad estaba totalmente quebrada por la evidencia de que escapar era totalmente fútil.

La mina que se encontraba a unos metros de mí tenía una gran entrada rematada por unos apliques de madera que formaban una suerte de pórtico que ofrecía la suficiente seguridad como para que esta no se derrumbara en los niveles iniciales. Esta estaba oscura, pero no permitíamos el fuego a los trabajadores, así que iban equipados con una especie de linterna colocada estratégicamente sobre su cabeza. No era lo más barato, pero era lo más productivo para evitar que alguna fuga de gas contenida en alguna de estas minas pudiera reventar y perder un gran número de piedras preciosas… y de mano de obra.

El lugar dónde yo me encontraba era sentado en una mecedora que empequeñecía aún más mi corta estatura. No era más que un niño aún, de hecho, el menor de la estirpe familiar y aunque mis hermanos estaban jugando por las inmediaciones, yo disfrutaba cómodamente disfrutando de la lectura.

A mi espalda, a unos cuantos metros, se encontraba un enorme edificio de tinte casi rural, un pequeño palacete de tintes coloniales y encanto vetusto que había sido mi hogar hasta el día de hoy y que gozaba de grandes instalaciones como baños, luz y grandes reservas de alimento, así como con un establo propio lleno de caballos purasangre.
El título del libro que leía rezaba en su cubierta “Estudios de Frenología sobre Razas Antiguas”, y era un análisis protocientífico que hablaba de la determinación del carácter y de la personalidad basándose en el fenotipo del cráneo del objeto de estudio.

Trataba de ponerlo en práctica con los trabajadores que habitaban los terrenos de los Blackmore, a las afueras de la gran ciudad, pero dentro de los límites del Reino de Frauce, pues a causa de los contactos familiares con los altos cargos y el continuo suministro de esclavos, gozábamos de ciertas libertades.
Por ejemplo, el cráneo de Bruce me decía que se trataba de un ente manso, pues el hueso occipital estaba aplanado con respecto al resto de proporciones, y el hueso cigomático se encontraba ligeramente hundido, lo que hablaba de una aversión total a la violencia. Por el contrario, el hueso nasal era achatado pero prominente y el hueso parietal se encontraba hinchado, probablemente fruto de alguna afección de salud.

Era irrelevante totalmente, pues el gyojin no podía importarme menos. Habían ya yacido numerosos Bruce desde que tengo sentido de la razón, pues Bruce era el nombre con el que cariñosamente designaba a mi esclavo favorito de la mina, y en ocasiones mis hermanos y yo disfrutábamos apostando acerca de cual sería el último en fenecer.
Bruce quinto… ¿O quizá era el sexto? … era un mandingo claramente superior que había demostrado su hegemonía superviviendo con niveles excepcionalmente límites de agua y, a pesar de todo, no aflojando demasiado la carga de trabajo. ¿Quizá podría postular a ser un negrero?
Sí, un negrero, uno de esos esclavos que gozan de un poco más de poder y son sumamente leales a sus amos al tiempo que son totalmente anulados de voluntad, y poco a poco van sintiéndose parte de la hacienda.  En mi opinión esta era una táctica muy sabia pues la mayor esclavitud era la autoimpuesta, sintiéndote capaz de llegar a ser un miembro de la familia, aunque sea nominalmente y explotando los esfuerzos de todos los esclavos que tiernamente no solo no se sublevaban, sino que además trabajaban en virtud de una futurible mejoría en sus derechos básicos.

Llegó el turno del relevo, y un sonido de silbato proveniente de los Den Den Mushi instalados para ello, marcó la finalización de turno de Bruce y los otros chicos que salían de la mina, totalmente manchados en tonos térreos, y que seguían a uno de los oficiales que mi padre había contratado tiempo ha para… domesticarlos.

- “Terence, Teeeerence…”- comentó una voz que se acercaba peligrosamente rápido pero cuyo timbre sonoro era cálido y melódico y que rompió mi concentración. El semblante amable de mi hermana Hilda, una muchacha de diez años de edad, complexión delgada y sumamente baja, casi de mi estatura pese a la diferencia de edad, y que iba ataviada con un pomposo vestido de color amarillo y rematado por bordados blancos, que solo se veía resaltado por un sombrero plano del mismo tono, similar a una pequeña pamela, que dejaba ver sus cabellos castaños ondeando mecidos al viento.

- “¿Qué quieres Hilda? ¿Cómo que no está Rublus contigo?”- musité en voz taimada mientras cerraba el libro que quedaba grande en mis pequeñas manos y miraba a mi hermana intrigado, al no escuchar los ladridos que usualmente la acompañaban adónde quiera que iba.

Rublus era un mastín de grandes dimensiones para nuestros estándares infantiles, pero que poseía un largo pelaje blanquecino, solo perturbado por manchas marrones que decoraban la totalidad de su cuerpo y que además era robusto y atlético.  Era lo que podía asumirse de él, un guardián para proteger que el rebaño de esclavos no se extralimitara. No era fácil perderlo.
Tras unos segundos esperando respuesta, bajé de mi asiento de un breve salto, ya que mis piernas colgaban a causa de la altura y pude ver el rostro contemplativo y proclive al llanto que estaba presto a suceder.

- “Rublus … no puedo encontrar a Rublus…. T-tu siempre eres el mejor cuando jugamos al escondite… ¿M-me ayudas a buscarlo?”- dijo tras una breve pausa ahogada que finalizó en un llanto que alivió el rubor contenido de su sensible cara, bañando sus ojos también castaños mientras agarraba con sus manos la parte frontal de su vestido, que coincidía con las enaguas y levantaba ligeramente la prenda al tiempo que lo utilizaba para secarse las lágrimas.

Tras unos instantes dónde no supe bien como reaccionar, ya que usualmente las personas suelen mostrar afecto ante este tipo de circunstancias mediante el roce, pero pese a mis más duros esfuerzos, no pude más que acercarme ligeramente y tocar de manera superficial su hombro tras un patético gesto de potencial abrazo. Me sentía ridículo en estas situaciones, pero el contacto humano no era algo que pudiera darme más igual, mas sentía preocupación genuina por la felicidad de mi hermana.

- “De acuerdo, no te pongas así… Ese perro suele husmear en la zona del establo así que lo prioritario sería empezar por allí ¿No?” – completé mientras instintivamente eché a correr con ágiles movimientos, dejando el libro desprotegido encima de la mecedora y partía hacia el establo mientras Hilda me acompañaba sujetándose el sombrero.

No tardamos mucho en llegar a dicha estancia, pues apenas se encontraba a unos veinte metros del lugar, y estaba abierto, con los caballos guarecidos en sus compuertas que se encontraban cerradas, y comenzamos a silbar y llamar al ausente can, y a mirar debajo de las ecuestres jaulas por si se hubiera escondido en una de aquellas.
Nada más lejos, el endemoniado no se encontraba allí, pero lo que si pude encontrar tras un exhaustivo análisis del lugar, bañado por una tenue luz de origen exterior, y con un ambiente viciado producto de ser una estancia cerrada con tantos animales y creado a base de una madera robusta pero desgastada de nogal el cual producía un aroma característico, fue unas marcas de arañazos finos pero enmarañados cerca de uno de los laterales, en el que encontrábamos unas manchas de un tono marrón rojizo que salpicaban parte del suelo y la pared. Estaba fresco al contacto, y un simple olfateo bastaba para identificar el olor nauseabundo de la sangre reciente.
Curiosa que esa fuera la zona dónde usualmente el can se alimentaba, ya que el encargado de los caballos tenía por costumbre también alimentar a Rublus a base de carne, a veces incluso de procedencia… fresca.

- “¿A quién mordió por última vez Rublus, querida Hilda?” – esbocé desde mis labios con una voz lógica y carente de emoción, como si hubiera de pronto ordenado todos los eventos en mi mente y ahora estuvieran jugueteando por salir en forma de evidencia criminal.

Tras unos segundos de razocinio de la pequeña Hilda, al tiempo que yo sacaba un pañuelo de tela del bolsillo de mi chaquetilla y con él me limpiaba la sangre del dedo, ella dio con la respuesta.

- “C-creo que al pez ese de los ojos hundidos, el que se parece a un arawana”- balbuceó finalmente la muchacha, mientras sus mejillas se ruborizaban de nuevo y la luz arrojada del exterior le servía de camuflaje para el llanto.

De pronto, todo tomó forma final y mi sinapsis cerebral conectó todos los hechos. Las manchas de óxido de la camiseta del gyojin no eran óxido, sino sangre reseca por el sol, y todas las marcas de arañazos del cuerpo del pez no debían ser casualidad.
Estaba equivocado, Bruce no era un tipo afortunado, sino un recurso que había escapado a sus competencias y había acabado con la felicidad de mi tierna hermana.
Parece que la frenología no era una ciencia exacta después de todo.

-“Querida Hilda, es hora de avisar a papá. Me parece que hoy tendremos espectáculo de aleccionamiento” – comenté al tiempo que tomaba la mano de mi hermana mayor y tiraba de ella hacia el exterior de la estancia, rumbo al interior del edificio señorial que se encontraba próximo al emplazamiento.

La chiquilla comenzó a llorar desconsoladamente mientras un ligero sentimiento de asco se precipitaba desde el interior de mi corazón y atravesaba mi garganta como un relámpago ardiente dejándome la boca seca.

- “No te preocupes Hilda, nuestro hermano Clay te traerá otra mascota. Se que Rublus te encantaba… pero míralo por el lado bueno…”- dejé salir dichas palabras al tiempo que me ajustaba la ropa mientras caminaba.

- “Puedes ayudarme a elegir un nuevo Bruce” – sentencié como si algo se hubiera apoderado de mí.
De pronto la dulce Hilda, comenzó a sonreír vagamente, aún con los ojos llenos de lágrimas, al tiempo que se las secaba cuán buenamente podía tirando de su vestido amarillo de alta costura, nuevamente.
#2
Aventura Tier 1 Completada
Cita: escribió:Terence Obtiene:
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