[Presente absoluto] Llegando Pt 2
#1
Día 43 de Otoño, Año 15

Día 2

El segundo día en alta mar, el día era majestuoso, ardiente. No fue necesario plegar papel, solo miré el horizonte mientras dejaba que el bote, sin mis remadas, siguiera viaje, manso. No había prisas. Las olas eran más intensas, como si supieran que mi vida pendía de su tranquilidad, de su inmensa robustez. El viento escupió una silenciosa y escurridiza brisa. El bote sintió el impacto contra una ola, pero se mantuvo a flote. Hay vientos que no regresan, que se quedan donde están y pasan una vez.

—¿Crees que es así?

Le susurré a la tela amarilla. Flameó, se movió con movimientos danzantes, hermosos, poéticamente su andar resaltaba mi silueta. ¿Eso era un sí?

La brújula exacta, depositada al lado de donde iba sentado. El caracol solo bostezaba y a veces roncaba. ¿Quién necesitaría llamarme? ¿Quién podría siquiera saber de mí? Confieso que me encantaría que alguno de los muchachos me llamara, me preguntara cómo estoy. Nuca les hable lo suficiente, y eso es un lamento. Pasaron algunas horas donde deje la mente apagada, alejada de cualquier deprecio y emoción.

El mediodía abrazaba con fuerza, el sol era terrible, gigantesco sobre mi espalda. Las escasas nubes que quedaban se alejaban con la prisa de la brisa que hacía golpear mi embarcación contra las paredes del mar, las crines, el cabello alocado del gigante azul. Golpeaban el casco y hacían chillar la madera. Por momentos parecía que el barco se iba a partir en dos, y de golpe, sin aviso, todo quedó calmo. Ni las aves, ni mi bufanda, nada andaba por allí revoloteando inquieto. Con la tranquilidad llegó el hambre. Tenía en el bote un poco de fruta. Devoré aquella fruta sabrosa, el alivio de que su gusto no fuera aterrador, escupible, vomitivo. Sin quitarme la careta de mi rostro, comí una, dos, tres piezas de fruta. Aunque estuviera solo, no era necesario exponer el rostro. Ni el cielo ni el mar, mis enemigos, merecían exponerse a mí, a la cara de alguien hermoso, pero roto.


Mi bufanda seguía siendo mi escucha. Tenía charlas cortas, inútiles, mi única compañera, mi aliada en el viaje. El trayecto marcado por la brújula era fijo, eso era lo que yo creía. Algunas aletas se asomaban curiosas, rodeando la embarcación. Yo permanecía atento, con Grau entre mis piernas, dormido como un perro fiel. Y como una silueta difusa, en el horizonte eterno apareció lo que suponía era mi destino. Una isla que en aquella línea recta era un grano de arroz. ¡Qué hambre tengo! En realidad, era una isla gigante en comparación al barro que pisé en otras. Reino Ilisia. Según las órdenes que ahora guardaba en mi bolsillo, era un lugar concurrido y habitado.

De pronto, un golpe contra el casco sumergido nos hizo temblar, balancearnos de forma errática, imprecisa, torpe. Caí de rodillas sobre Grau y lo tomé con fuerza. Arco reflejo de los campos de batalla que viví, que habité. De los compañeros que tuve que dejar bajo tierra, inertes, inexpresivos. Y luego del primer temblor, vino un segundo, un tercero. Algo bajo el mar buscaba voltearme. No era fuerte, pero claramente era muy astuto. Me asomé por el lateral del barco, apoyé ambos codos en la baranda y busqué a mi atacante. Solo una sombra bajo mi cáscara de nuez, no grande, pero sí muy ruidosa. Bajo el agua era inalcanzable y yo, sobre ella, muy predecible, un blanco fácil. La isla parecía alejarse con cada sacudida. La madera apenas soportaba y chillaba de dolor. El animal bajo el agua no se cansaba. ¿Serían más de uno? Tomé la dirección de la embarcación tratando de evitar el vaivén, pero era inútil. Apenas podía pilotearlo en línea recta. Mis intentos fallidos, erróneos, no hicieron más que agravar el daño por parte del mar. Esto no es algo sencillo de llevar. ¿Sería este el final de un marine? ¿En las puertas de una misión, sin el honor de haber caído en el campo de batalla? Tal vez esta sea la dicha, el momento exacto para morir por algo más que por una orden. Morir por selección natural inspira más emoción, más satisfacción, que morir por una bandera. Las ideas eran mas recurrentes, me comían la cabeza y deje de notar que el barquito estaba cada vez mas a salvo.

A medida que la embarcación era empujada hacia la isla, los golpes cesaban. Las bestias hambrientas debajo de mí se estaban rindiendo. El barco apenas soportaba mi escualidez, estaba al límite. De golpe, con un freno brusco del vaivén, el bote dejó de ser golpeado. Tal vez piedad, o simplemente era el universo diciéndome que estaba allí, que quedaban cosas por hacer, por vivir, un alma por quien morir. La embarcación duró lo suficiente para hacerme llegar a tierra firme, a las costas de una isla nueva. No estaba emocionado, solo estaba allí, esperando de ese alguien que me diera la siguiente orden. Y mientras mi barco se hundía, heroico, con la madera arrasada por el mar clame.

—Llegamos.

Le susurré al harapo ambarino que colgaba de mi cuello. Única palabra desinteresada y profunda. Allí no entendí que no era solo una misión, para el mundo, estaba llegando justo en ese momento. Con una veña, se me había hechos costumbre saludar a la nada despedí a mi bote.

Día 1 en alta mar.

OFF
#2
Resultado del viaje:

Zona:
- Blues : 4
Navegante:
- Caelum (No es navegante) : -0
Barco:
- Bote : -0
Riesgo total: 4
- El bote sufre un daño de 4.500 PV, quedando destrozado al llegar a su próximo destino



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