[PASADO] Justicia Saltarina [Priv. Vixen]
#1
Día 14 de Invierno, Año 16

Como todas las mañanas la densa niebla cubría la ciudad dejando pasar algún que otro resplandor del sol, normalmente las mañanas suelen ser tranquilas por aquí, las bandas no empiezan sus fechorías hasta el atardecer, pudiendo así la gente empezar su día con tranquilidad. Mas hoy fue distinto, el cotidiano sonido de la gente hablando había sido sustituido por un fuerte escándalo y vociferio. Al parecer unos piratas de poca monta llegaron a la isla y empezaron a asaltar el mercado creyéndose los jefes del lugar.
Pero de repente entre todo el alboroto resonó una sola voz: 

— ¡AHÁ! ¡ALTO AHÍ PANDA DE MALANDRINES, SOLTAR TODO LO QUE HABÉIS ROBADO Y DAOS EL PIRO! 
¡LA EMISARIA DE LA JUSTICIA SE ENCUENTRA ANTE VOSOTROS —
Los malhechores alzaron su mirada entre la espesa niebla, la cual, como si el universo mismo lo hubiese querido dejo pasar un único rayo de luz mostrando la presencia de ni más ni menos que ¡CENTELLA!  

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— JAJAJAJA Pero quien te has creído mocosa, anda vuelve a casita a seguir jugando —
Al parecer mi pose de advertencia no había surtido el efecto esperado, los tres hombres se rieron y continuaron a lo suyo ignorándome — Vosotros lo habéis querido, me obligáis a usar la fuerza — Ubique a los tres y me dispuse a saltar frente al más cercano, pero mi preciada capa se interpuso en mi camino, haciéndome caer encima del criminal dándole con el casco en toda la cabeza. — Ouch… Bueno este ya está fuera — Tras levantarme mire sonriente a la multitud que se había formado por el escándalo viendo algún que otro niño acompañado de sus padres — Veis niños por cosas como esta siempre hay que usar casco — Exclame con una gran sonrisa mientras daba unos toquecitos en mi casco.

— MALDITA — Gritó otro de los delincuentes mientras corría para asestar un golpe por la espalda con su puñal. 
— Cuidado detrás tuya — Oí una voz entre el público. Ante eso me giré rápidamente haciendo ondear mi capa por el repentino movimiento, al parecer, el hombre ya se encontraba lo suficientemente cerca y yo me había girado en la dirección contraría, resultando en él quedando totalmente cubierto y cegado por mi capa, fallando el golpe por la repentina ceguera. Ya habiendo avistado al susodicho lance un gancho al son de un audible — ¡OLÉ! — Mandándolo a volar y sacando otra ficha del tablero.

Tras eso mire al último de ellos que tenía pinta de ser el jefe, me puse en pose de combate y mientras le indicaba con un leve movimiento de mano que viniera con todo le dije — A qué esperas grandullón esta mocosa aún no se ha cansado de jugar —  El truhan no pudo hacer nada más que congelarse del asombro tras ver a sus dos compañeros ser noqueados con tan suma facilidad. Viendo que no se iba a mover decidí acercarme yo a él, no fue hasta que me coloque enfrente suyo que alzó sus manos temblorosas rápidamente mostrándome sus palmas intentando indicar que me detuviera  — ¡Hey! ¡Hey! Calmémonos vale… Estoy seguro de que esto se puede solucionar hablando… Es todo un malentendido si, un tonto malentendido… Jajajaja…—  Mi brazo que se estaba preparando ya para acabar con el malhechor se congeló en seco, y no pude evitar arquear una ceja en confusión. Él aún con miedo se acercó un poco y con un tono tembloroso tan bajo que parecía un susurro prosiguió — Veras… porque no hacemos un trato… finge que te gano y más tarde te doy un treinta por ciento.. que te parece todos salimos ganando, ¿no? — Mi ceja no hizo más que arquearse aún más — Vale cuarenta un cuarenta y cinco solo para ti — Tras recuperarme de mi asombro, me recoloqué en una posición mucho más relajada y sonreí — ¿Con que cuarenta por ciento? eh… Vale… Creo que ya entiendo… Sip… JAJAJAHIIIJAJAJA — — Ves sabía que nos entend- — Antes de que terminase su frase me recoloque detrás suya aprovechando el giro para rematar con un golpe con la mano abierta sobre su cuello que mando al hombre contra el suelo. — ¡COLLEJA ABSOLUTE! — 

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(Colleja Absolute: Técnica en la que Fumi emplea toda su furia contra el mal para desplazarse como una peonza a la espalda del enemigo y asestar un fuerte golpe en su cuello para expulsar la maldad, y ya de paso, el aire de su cuerpo)

— ¡LO QUE ME QUEDA CLARO ES QUE MÁS TONTO Y NO NACES! ¡¿PERO TU HAS VISTO MIS PINTAS?! ¡¿COMO COÑO SE TE OCURRE PENSAR QUE VOY A ACEPTAR UN SOBORNO TUYO IMBÉCIL?! — Tras respirar hondo y meterle cuatro patadas recupere mi compostura y me dirigí a la multitud con una gran sonrisa y mostrando mi pose de victoria. — Ya podéis estar tranquilos ciudadanos, los malhechores han sido abatidos JAJAJAHIIIJAJA. Sabed que mientras yo, la emisaria de la justicia Centella esté aquí la luz de la justicia iluminara incluso el interior de esta densa niebla — 

Tras terminar de atar a los delincuentes con ayuda de un buen ciudadano sostuve mi capa con una manto antes de declarar ante todos — Mi trabajo aquí ha terminado — Y realizar un giro dramático con mi capa mientras partía rápidamente hacía una de las calles colindantes. Esos malhechores ya no iban a ser ningún problema y seguramente la banda que regenta esta zona se encargaría de ellos más tarde así que no debía preocuparme por ello. 

Finalmente tras un rato largo de correr sin rumbo me escondí en un callejón vacío, dejando caer mi culo en el suelo mientras me retiraba el casco y apoyaba la cabeza contra la pared. — Bien parece que aquí podré estar tranquila un momento — Exhalé un suspiro de alivio y cansancio — ¡Dios ese maldito idiota casí me hace perder del todo la compostura, acaso no tiene idea de lo jodido que es ser una heroína que inspire a la gente a seguir su justicia! — Normalmente no era una tarea difícil pero estos últimos días estaba costando mucho más, mi cuerpo y mente tenían una sensación de pesadez que aumentaba a cada minuto haciendo que mis emociones cambiasen en abruptos estallidos constantemente. Lo peor era la incógnita de no saber el porque me encontraba en tal estado, sentía que la cabeza me iba a estallar en cualquier momento de darle tantas vueltas, hasta que de repente ~Grrrrr  un audible sonido fue emitido por mi estómago, claro, los últimos días habían sido tan ajetreados que olvide totalmente comer. — Claro coño, debo de llevar tres días sin comer, normal que ni yo me aguante, ninguna justicia se puede servir con el estómago vacío — Alce mi cabeza mirando al estrecho hueco de cielo que dejaban ver las calles intentando intuir la hora — Bien solo deben quedar unas dos horitas hasta que el panadero vaya a tirar el pan de ayer, con eso debería bastar para un día hasta conseguir que alguna abuelita me invite a comer por ayudarla a llevar la compra, eso ya compensará otros dos…— 
Mientras intentaba organizar mi rutina alimenticia de la semana, como llevaba haciendo los más de diez año que llevaba viviendo en la calle, mis agudos oídos captaron el sonido de pasos cada vez más próximos al contenedor tras el que me escondía...
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#2
Día 14 de Invierno, Año 16

La niebla se había posado sobre los tejados de ciudad Pinion, extendiéndose poco a poco por cada rincón. Siempre había amado la vista que ofrecía la terraza de aquel restaurante; desde allí, la ciudad parecía distinta, especialmente cuando la bruma comenzaba a envolverla. Frente a mí, el café aún humeaba en la taza, mientras el murmullo de las conversaciones y el sonido de las copas quedaban a mis espaldas. Más allá de la barandilla, el manto gris se enredaba en balcones y tejados como una vieja telaraña olvidada en algún rincón de una casa. Había algo casi fantástico en aquella escena. Largos hilos de niebla cruzaban de un edificio a otro, haciendo que todo pareciera atrapado en una enorme red suspendida sobre la ciudad.

Tenía entre mis manos un libro de recetas antiguas que había ganado echando un pulso contra un viejo cretino que decía llamarse a sí mismo chef. No sabía qué me había parecido más absurdo: que aceptara el desafío o que realmente creyera que podía ganarme. El día estaba siendo un diez de diez, buen café, buena lectura, y la agradable ausencia de cualquier problema que pudiera arruinarme la mañana. Aunque, considerando mi suerte, probablemente acababa de invocarlo.

Marina, la mesera de ojos cansados que me había estado sirviendo toda la mañana, apareció a mi lado con otra taza de café humeante. La dejó sobre la mesa, y soltó un suspiro que sonó a cansancio acumulado. —Aquí tiene su café señorita Ventress —murmuró, secándose las manos en el delantal—. Espero que disfrute de este momento de tranquilidad, mientras dure.

Arqué una ceja, sin apartar la vista de mi libro.

—¿Tranquilidad? Marina, cariño, estás sirviendo café en una terraza cubierta de niebla a las ocho y media de la mañana. Esto es lo más cercano a un cementerio que…

—**¡AHÁ! ¡ALTO AHÍ PANDA DE MALANDRINES, SOLTAR TODO LO QUE HABÉIS ROBADO Y DAOS EL PIRO! ¡LA EMISARIA DE LA JUSTICIA SE ENCUENTRA ANTE VOSOTROS!**—

El grito llegó hasta la terraza con una proyección teatral que me hizo soltar una risa involuntaria—Kishishishi—. Marina se llevó las manos a la cara, frotándose las sienes con un gemido apenas contenido.—Otra vez no —susurró, como si le hablara a algún dios sordo—. Por todos los santos, otra vez no.

Dejé el libro y me acerqué a la barandilla para descubrir que justo en ese momento un rayo de sol iluminaba una figura envuelta en capa escarlata en medio del mercado.—¿Quién cojones usa capas en pleno año 16? Tenía el puño en alto, la pose de un héroe de novela y un casco que brillaba como si llevara su propio foco escénico. Casi me atraganto con el café cuando la tipa resbaló con su propia prenda y aterrizó de cabeza sobre un bastardo.— Kshishishi shihihi ¿pero y esta quien pinga es?

—Esa loca otra vez —dijo Marina, observando la escena con el ceño fruncido—. No sé si es una bendición o una maldición para este barrio. Viene apareciéndose cada dos por tres con ese casco ridículo y su discurso de justicia, y sí, acaba con algún rufián de vez en cuando…pero siempre, siempre, termina dejando todo patas arriba.

No pude contener la carcajada. — ¿Un desastre con capa? Esa... Esa es la clase de loca que me gusta —murmuré, reconociendo el fuego.

Lo que siguió fue mejor que cualquier función de teatro jamás antes vista. La mocosa —porque desde mi mirador se veía que era joven, y terriblemente torpe— se levantó con una sonrisa que podía iluminar el distrito entero, sermoneando a los niños sobre la importancia del casco mientras el segundo ladrón intentaba apuñalarla por la espalda, a lo que ella respondía con un —¡Olé!— que me arrancó una carcajada genuina. Llevaba meses sin reírme así. El plato fuerte llegó con el tercero. Desde donde estaba no oía las palabras exactas, pero vi como le metió una colleja que probablemente se oyó en la costa este de la isla.

Me levanté de un salto, y mi nariz comenzó a agitarse con curiosidad. La chica terminó su discurso teatral sobre la justicia, y desapareció entre los callejones del mercado. No sé si fue el instinto, el aburrimiento, o simplemente que nadie que hiciera una entrada así merecía quedarse sin público, pero me acomodé mi chaqueta de cuero, me lleve una zanahoria a la boca, le dije a marina que me aguantara la mesa, y salté al tejado contiguo. La seguí desde las alturas, fascinada, preguntándome qué clase de lunática se ponía un casco para pelear y luego huía como si la persiguieran los de hacienda.

La encontré en un callejón cercano, sentada contra la pared mientras se quitaba el casco con un suspiro que sonó a absoluta derrota. O, al menos, eso pensé yo hasta que su estómago decidió intervenir con un gruñido largo, triste y desesperado: tenía hambre la pobre. Nadie hacía ese sonido a menos que llevara tiempo usando el aire como único nutriente. Salté del tejado. Aterricé con suavidad, las suelas de mis botas apenas rozando el empedrado mojado. Me ajusté la chaqueta, me pasé una mano por el pelo —ese cabello negro y desordenado que me hacía parecer recién salida de una pelea con un secador— me acerqué con paso pausado, deliberado, dejando que mis botas anunciaran mi llegada antes que mi voz.

—Oye tía esa colleja ha sido puro arte.—Estaba arriba disfrutando del espectáculo, y he de decir, que envidio tus pulmones ¿Te enseñaron eso en la escuela de héroes o te salió del alma?

Me incliné, quedando a su altura, y la miré directamente a los ojos. Tenía el rostro sonrojado, el casco apoyado contra el muro, y una expresión de agotamiento que contrastaba brutalmente con la energía desbordante que había desplegado minutos antes, era adorable.

—Soy Vixen —me presenté, sonriendo con ese ángulo torcido que solía usar cuando quería que mi interés se confundiera con desafío—. Y antes de que te me pongas heroica y me digas que no aceptas limosnas de desconocidas, aviso: no es caridad. Es inversión. Quiero ver qué otras técnicas de combate guardas bajo esa capa y para eso necesito que no te desmayes de hambre.

—¿Cenamos? Tengo una mesa reservada en la terraza —le dije—. O podemos quedarnos aquí, en este callejón, compartiendo comida de mercado negro mientras el atardecer cae. Tu eliges, heroína.
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#3
De repente, como caídos del mismísimo cielo pude empezar a oír unos pasos aproximándose, las pisadas sonaba como si se acercaran con un andar firme pero calmado, — Mierda — Suspiré pensando en como el descanso iba a tener que esperar, intentando reincorporarme lo antes posible, mientras me mentalizaba para usar las pocas energías que me quedaban en volver a la actitud heroica.

Estaba ya de pie quitando el polvo de la ropa cuando oí los pasos detenerse detrás mía, normalmente ya me hubiese girado a recibir a lo que seguramente fuese un buen ciudadano o un malhechor, pero no pude evitar congelarme en el sitio tras darme cuenta de un detalle… ¡MI JODIDO CASCO SEGUÍA EN EL SUELO! Tenía que pensar en una forma de salir de ahí, no podía dejar que nadie viera sin mi casco puesto, esa era la esencia misma de una heroína, todo el rollo ese de la identidad secreta. Pero antes de poder terminar de procesarlo todo, oí la voz de una mujer decirme unas palabras que no podía permitirme pasar por alto:

— Oye tía esa colleja ha sido puro arte. Estaba arriba disfrutando del espectáculo, y he de decir, que envidio tus pulmones ¿Te enseñaron eso en la escuela de héroes o te salió del alma? —

En ese mismo momento mi cuerpo reacciono por sí solo girándose ante la misteriosa mujer con el temperamento y serenidad propios de mi ser:

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— ¡AHÁ! ¿¡Tú también eres una entendida del arte heroico!? Eso no era una simple colleja, no, se trata ni más ni menos que de mi técnica insignia. Dios no sabes lo que me alegra que alguien vea todo el esfu-...— Y así como vinieron mis fuerzas, volvieron a disiparse, mi rostro expresivo de emoción se volvió serio y decaído, del mismo modo mi postura eufórica fue sustituida por una más normal y corriente  — Disculpa pero ahora mismo no tengo muchas pilas, mejor me vo- — No fue hasta ese momento que baje de la nube de mi cabeza y preste finalmente atención a quien estaba delante, alzando mi mirada al frente, finalmente vislumbrando a no mucha distancia de mi cara…

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— ¡MENUDOS MAGUMBOS! — Como siempre, las palabras pasaron por mi boca antes que por mi cabeza, tras el segundo que tardé en procesarlo me lleve rápidamente las manos a la boca, con una expresión de vergüenza e incomodidad — ¡Perdona no se porque he di- — Dije mientras alzaba la mirada, observando a detalle a la persona que tenía frente a mi.

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Mi cerebro tardo en asimilar toda la información que estaba recibiendo en ese momento, a ver, claramente tenía a una tía enorme con orejas de conejo delante mía, pero no era solo eso, no pude evitar pararme a ver cada detalle; como su largo cabello negro, aunque algo desordenado, caía gracilmente sobre su precioso rostro de tez morena y seguía hasta sus definidos hombros; Como todo de ella emanaba tana confianza que deslumbraba, desde su expresión facial y postura hasta su estilo. Me encontraba frente a una mujer con un cuerpo esculpido, seguramente, con incontables horas de esfuerzo, emanando una seriedad que solo era contrastada por la pequeña cola pomposa que pude ver por un momento detrás suya.

Por mucho que intentase hablar no era capaz de continuar la frase, no se que me estaba pasando pero pintaba feo, mi corazón empezaba a latir como si se me fuera a salir del pecho, y al mismo tiempo pude notar como la sangre me subía a la cabeza a toda velocidad, haciendo que mi cara se pusiera roja. Esto es malo, creo que el hambre por fin va a acabar conmigo, nunca había sentido algo así, mi cabeza no era capaz de pensar en otra cosa que en la mujer frente a mi, y siento como se me forma un nudo en el estómago… ¡¿QUÉ COÑO ME ESTÁ PASANDO?! Y cuando finalmente parecía que empezaba a recuperar el control…

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Ella se inclinó a mi altura, mirando con sus brillantes y preciosos ojos rojos directamente a los míos. No solo eso, mi mirada se fue momentáneamente a su boca, y ahí lo pude ver, esa sonrisa ladeada que más de una vez he visto en la cara de rufianes que habían encontrado una presa con la que divertirse… ¡MIERDA TENGO QUE SALIR DE AQUÍ!
No se porque, pero todo mi cuerpo me está gritando que esta mujer es peligrosa, pero aún así, no soy capaz de reaccionar. — Soy Vixen — Esas dos palabras fueron lo único necesario para hacerme volver del trance en el que me encontraba. Vale, si se está presentando no será tan mala ¿no?... ¡¿Pero qué estoy diciendo?! Centrate Fumi, tienes que encontrar la forma de salir educadamente de esta situación. Claro, eso era más fácil decirlo que hacerlo, la realidad era que estaba totalmente perdida en su mirada carmín, por momentos estuve a punto de apartar la mirada, pero algo en sus ojos me hacía sentir como si eso fuera lo que ella estaba intentando conseguir, como si fuese un juego al que no me podía permitir perder, estaba tan concentrada en ello, que no fui capaz de discernir las palabras que salían de su boca, hasta que de pronto lo oí, la coneja en frente mío acababa de invitarme a cenar… Espera…¿¡ACABA DE INVITARME A CENAR!? Ok, definitivamente no entiendo qué está pasando, pero es la oportunidad perfecta para dar una excusa barata y darse el piro, aunque como siempre, las palabras comenzaron a salir de mi boca antes que de mi cabeza.

— M-me llamo Fumi — Dije con un tono educado, intentando esconder el temblor de mi voz, mientras que en mi cabeza era todo lo contrario… ¿¡PERO PA QUE TIENES UNA IDENTIDAD SECRETA SI LE VAS A DECIR TU NOMBRE A CUALQUIERA!? Bueno da igual simplemente no-  — ¡Y vale, iré a cenar contigo encantada! — No se si fue por el hambre o por su embrujo pero antes de que me diera cuenta había aceptado su oferta con una sonrisa de oreja a oreja.
Vale, esto definitivamente no era lo que tenía planeado, pero piensa en lo que decía tu hermana, si te metes en un lío, no queda de otra que tirar pa lante y buscar todo lo bueno que puedas sacar de ello. Al menos por fin podré comer algo en condiciones, y ella… No se, algo en mi aún me dice que vaya con cuidado, pero, al mismo tiempo no creo que sea tan mala, quiero decir, alguien fan de mis técnicas heroicas no podría ser una delincuente. Pensé mientras me movía en dirección a mi casco, preparándome mentalmente para la aventura que me esperaba. — Nunca he ido a comer a un local y mucho menos en reserva ¡Que nervios! Prometo portarme bien JAJAJAHIIJAJA — Dije, aún con una sonrisa mientras me llevaba la mano a detrás de la cabeza, dicho eso, recogí mi casco del suelo y avance hacia delante como si yo fuera quien sabía a donde había que ir — ¡Vamos a qué esperas! No te voy a mentir, me muero de hambre pero me muero aún más por saber más de ti y tus técnicas — Dije aún sonrojada mientras le guiñaba un ojo, no lo terminaba de entender, pero al parecer una parte de mí quería verse guay delante suya…Dicho esto, ni medio segundo después pisé mi capa y caí de cabeza contra el suelo.

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#4
Confieso que, cuando la justiciera giró sobre sus talones para plantarme la pose de manual de héroe —brazo alzado, pecho inflado, esa energía de recién licenciada en la academia del bien—, estuve a punto de aplaudir con dinero en la mano. Porque eso no era una chica: era una función completa con entradas agotadas. Y luego, como si el universo me hubiera leído el pensamiento, la función siguió mejorando.

—¡MENUDOS MAGUMBOS!—

Me mordí la lengua para no escupir la risa. Ahí estaba la gran Centella, emisaria de la justicia, portadora del casco sagrado, reduciendo mi presentación formal, a un piropo de albañil sobre tetorras. Y lo mejor no fue el grito: fue lo de después. Las manos tapándose la boca y el rubor subiéndole por el cuello. Yo me quedé ahí plantada, manos en los bolsillos, disfrutando del espectáculo.

—M-me llamo Fumi.

Ajá. Primera regla de toda identidad secreta: jamás digas tu nombre. Segunda regla: jamás lo digas a la primera desconocida con orejas de conejo que te invite a cenar. En diez segundos esta cosita preciosa ya me había soltado su nombre de pila y, con él, cualquier rastro de instinto de supervivencia, regalándome su total disposición a irse a cenar a solas con una perfecta extraña. Si yo fuera traficante de órganos, ya estaría buscando nevera. Y luego, el broche de oro del desfile: me guiñó un ojo, se giró con la seguridad de una almirante, avanzó un paso y pisó su propia capa. El golpe contra el empedrado sonó a melón maduro contra azulejo.

Rompí a reír Kishishishishishsishsi

Me encorvé sobre mis rodillas y me reí hasta que me dolieron las costillas, con esa risa de carraspeo que me sale cuando algo me hace mucha gracia. Cuando se me pasó, me agaché a su altura y le tendí la mano, palma arriba, sin prisa. —Venga, levántate, heroína —le murmuré, ladeando una sonrisa mientras esperaba a que tomara mi mano—. No te vayas a quedar a vivir ahí abajo... aunque, a decir verdad, no me importaría tenerte así en esa pose un ratito más.

Me puse en marcha hacia la terraza sin mirar atrás ni una sola vez, porque el hambre de esa chica tiraba más que cualquier cadena, y ella misma ya había dicho que venía encantada. El camino me dio tiempo de sobra para hacer lo que mejor se me da: observar. Porque hay cosas que se notan cuando llevas toda la vida en la calle, y esa chica las tenía todas: zapastos gastados de pisar más de lo que dormían, la mirada calculando cada esquina —o eso me pareció a mí, que de miradas entiendo—, y esa manera de oler la comida del ambiente sin admitirlo. Yo a los dieciséis ya distinguía a los hambrientos de verdad de los dramáticos.

Al llegar a la terraza, Marina nos vio aparecer desde el otro extremo y supe, por la manera en que dejó caer la bandeja sobre la barra, que mi mesa reservada acababa de convertirse en zona de guerra. —No —dijo, sin saludo ni "bienvenida" ni nada—. No, no y no. La mesa era para usted, señorita Ventress. Para una persona. Eso que trae detrás es un fenómeno meteorológico con piernas.

—Marina, reina, presenta respeto: es Centella, la emisaria de la justicia —dije, apartando una silla en su honor—. Ha venido a protegernos de los males del mundo y del hambre, que en su caso es el mismo enemigo. Marina se cruzó de brazos y miró a mi invitada de arriba abajo, y ahí, delante de la mismísima emisaria, sacó su libreta, mojó el lápiz con la lengua y dijo, con un tono plano que hacía daño:

—¿Qué va a tomar la señorita? Le aviso de que hoy el menú tiene dos opciones: estofado de rey marino, o la especialidad de la casa, la "sopa de niebla". Receta del chef: agua y humo, como la de la ciudad pero más barata.


Yo pedí para las dos antes de que nadie pudiera sufrir más: dos raciones del estofado, pan para empapar hasta el fondo, y una copa de lo que tuviera la casa que no supiera a remedio. Y, porque soy una dama, le deslicé a mi invitada el pan delante primero.

Mientras el estofado humeaba frente a ella, me apoyé atrás en la silla, con la zanahoria entre los dientes, y me dediqué a lo mío: mirar. Y lo que vi me gustó, joder. La niebla le cortaba la luz de las lámparas de la terraza y le dibujaba un contorno dorado en el pelo, y con las mejillas sonrosadas y los ojos brillándole frente al vapor, la gran Centella parecía menos emisaria de la justicia y más criatura recién rescatada de un naufragio. Adorable. Peligrosamente adorable. Del tipo de adorable que a mí me da ganas de agitar la jaula para ver qué pasa.


Pero no solo era adorable. Me di cuenta de que, aunque llevaba ese traje de heroína que parecía sacado de un cuento de ficción, había algo en ella que gritaba *peligro*. Su cuerpo no era el de una chica que se pasa el día leyendo libros en la biblioteca. Había tensión en sus hombros, incluso cuando se relajaba. Sus brazos, aunque cubiertos por el traje amarillo, tenían esa firmeza de quien ha levantado más que pesas. Y luego estaba su figura, recortada contra la niebla, con esa postura de siempre, como si estuviera lista para saltar en cualquier momento. Me incliné un poco hacia adelante, dejando que mi mirada recorriera cada detalle. Su cabello caía en mechones rebeldes sobre sus hombros, y por un momento pensé en qué pasaría si lo acariciara.

—Se te pone la cara como un tomate cuando te miran fijamente, ¿sabes? —le solté, masticando la zanahoria.

—Así que Centella —proseguí, apuntándole con la zanahoria como si fuera un sable—. Cuéntame, ¿de dónde sale una heroína con casco certificado? ¿Quién te enseñó las poses? Porque esa de la victoria, la del puño y la mirada al horizonte, tiene autor. Eso no nace, eso se aprende de alguien que se lo creía muchísimo. —Levanté la jarra y llené dos vasos, deslizando uno hacia su lado de la mesa—. Y no me vengas con "la justicia me llama" o esas pingas, quiero la versión de verdad. Levanté mi vaso hacia el suyo y lo dejé suspendido en el aire, esperando el choque, con una pícara sonrisa y los ojos fijos en ella.

Al rato bebí un trago largo, saboreando el momento, y sin darle tiempo a recuperar el aliento, apoyé el codo en la mesa, la mano abierta, palma arriba, con toda la calma de quien ya sabe que va a ganar.

—Y ahora, el postre: un pulso???. Tú y yo, aquí y ahora. Si ganas tú, me cuentas una cosa de ti que no le contarías ni a tu casco. Si gano yo... —sonreí, ladeando la cabeza, dejando que la pausa hiciera el trabajo sucio—, ya verás lo que te pido. No tengas miedo, heroína: te prometo caer con suavidad. Bueno, no te lo prometo. Pero prometo disfrutarlo.

Ahí me quedé, el codo plantado en la mesa, la mano esperando, mirándola de arriba abajo sin disimulo ninguno, porque el disimulo es de gente con menos recursos que yo. La niebla seguía enroscándose en las barandillas, el estofado seguía humeando, y yo tenía la tarde exactamente donde la quería: a un pulso de distancia.

Bolsillo Táctico
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#5
Me caí contra el suelo… ¡ME CAÍ CONTRA EL MALDITO SUELO!

Por un instante se hizo el silencio, un incómodo silencio que, comparado con lo que vendría a continuación, parecía el mismísimo paraíso. Y así como comenzó, el silencio fue brutalmente cortado por el sonido de su voz descojonándose a pleno pulmón… Tal vez, si no me muevo, se olvide de mí, o, aún mejor, que me trague la tierra para siempre. 

Mientras me concentraba, ocupada pensando las distintas formas de dejar de existir a mi disposición, la mujer se acercó a mí y me ofreció su mano. Por un instante me planteé quedarme ahí tirada antes que atreverme a mirarle a la cara, pero acabé cediendo, aceptando su mano y alzando la mirada para encontrarme con la suya. De pronto, el mundo se congeló por un segundo mientras nuestras manos se tocaban; su agarre era firme, pero, al mismo tiempo, esa firmeza estaba cubierta por una capa de delicadeza intencional…¡Dios! No sé por qué, pero ahora mismo desearía haber diseñado mi traje sin guantes.

Y, de pronto, fui traída a la realidad por un tirón que me dejó de pie en un segundo.

—G-Gracias — dije, aún procesando cómo me acababan de levantar con tanta facilidad en apenas un instante. Me quité la suciedad del traje como pude y me puse mi casco, todo mientras intentaba no hacer contacto visual; lo último que quería ver ahora mismo era esa maldita sonrisa ladeada suya.

—Igualmente, no sé qué ha tenido de gracioso — dije con mis brazos cruzados, con un tono que dejaba ver que, en verdad, estaba más avergonzada que ofendida. — Además, no sé qué le ves a esa pose, no tenía nada de heroico… Pfff —

Tras eso comenzamos a andar hacia la terraza. El camino fue uno silencioso, aunque no en un mal sentido. Lo disfruté y hubiese hablado a montones si el hambre no me estuviera consumiendo… pero, por suerte, llegamos pronto.

Al no haber estado nunca en ningún lugar como este, decidí entrar detrás de la coneja. Mientras nos adentrábamos a la terraza, pude oír cómo una amable camarera se dirigía a ella como si ya se hubiesen visto antes, así que decidí asomarme y saludarla.

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—¡AHÁ! Buenas. —

En cuanto me vio, noté cómo su cara se petrificaba mientras dejaba caer su bandeja en la barra. Por algún motivo, no quería atenderme en su local; al parecer, como era de esperar, mi nombre era conocido por el lugar y, como era comprensible, mi fama, exagerada, de dejar daños colaterales. Viendo esto, di un paso al frente e intenté calmarla dando una ligera reverencia a modo de disculpa. Al fin y al cabo, este tipo de sitios nunca han sido para gente como yo.

— No se preocupe, ciudadana, ahora mismo estoy fuera de servicio. Le pido disculpas si mi presencia le- — Pero de pronto fui interrumpida por mi compañera. 

—Marina, reina, presenta respeto: es Centella, la emisaria de la justicia — dijo mientras me ofrecía una silla.

No pude evitar sonrojarme mientras una tonta sonrisa se dibujaba en mis labios. Ella acababa de defenderme. ¡Sabía que no podía ser tan mala!, pensé mientras tomaba asiento.

Por algún motivo me sentía súper feliz, tanto que estaba dando pataditas como una tonta en mi asiento sin importarme nada. Mientras mi defensora pedía la comida y terminaba de sentarse, no pude evitar inclinarme hacia delante, con mi brazo colocado sobre la mesa y apoyando la cabeza sobre mi mano. Por un momento casi me pongo a jugar con mi pelo mientras me perdía mirándola, pero solo pude hacer lo segundo gracias a mi casco.

Al poco, nos sirvieron nuestras bebidas y una cesta de pan, la cual mi anfitriona no tardó en ofrecerme. Tenía tanta hambre que agarré un pan sin dudarlo y, meros segundos antes de devorarlo, me detuve. Esto es un restaurante, Fumi. Aquí la gente tiene un nivel de etiqueta. ¿A dónde vas comiéndote el pan como una salvaje? ¿Es esa la imagen que le quieres dar? Lo mínimo que puedes hacer por ella es comportarte acorde. Así que coloqué el pan sobre mi plato y me dispuse a cortarlo de la forma más elegante y refinada en la que alguien pudiese cortar un cacho de pan… No sé cómo coño la gente tiene paciencia pa' esto.

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Con el pan fuera del camino y un delicioso estofado ya ingerido, sentí cómo las energías volvían finalmente a mi cuerpo. Le debo una a esta mujer, pensé mientras bebía un trago de mi zumo de manzana, no pudiendo evitar lanzarle una mirada rápida disimulada, encontrándome directamente con sus ojos escarlata, los cuales se encontraban puestos totalmente en mí. En ese momento no pude evitar apartar la mirada rápidamente, haciendo como si nada hubiera pasado, a la par que mis mejillas se ponían rojas. ¿Se habrá dado cuenta?

—Se te pone la cara como un tomate cuando te miran fijamente, ¿sabes? —


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—¡EH, N-NO SÉ DE QUÉ HABLAS, TE CONFUNDIRÁS CON EL VISOR! —

Pero antes de que pudiera terminar de dar una excusa, la mujer continuó hablando. Quería saber mi historia, preguntándome de dónde había sacado mis poses heroicas, a la par que me ofrecía su copa a la espera de un brindis. Estando ya más calmada, correspondí su brindis e hice lo que mejor sabía hacer: sacar el modo Centella.

—Así que quieres saber mi historia, eh — dije, poniendo mi tono de voz ligeramente forzado y apoyando mi barbilla entre mis dedos pulgar e índice. — Verás, aquí donde me ves, soy toda una heroína de renombre en mi isla natal, y no, allí no había ninguna escuela de héroes; todo viene de casa JAJAJAHIIIJAJA —

Me paré un segundo a beber, aprovechando para volver a mirar a la mujer frente a mí, y ahí estaba, mirándome fijamente, intentando no perderse ni un detalle. En ese momento, algo en mí decidió salirse del guion que tan automatizado tenía en mi cabeza. Ella no solo ha mostrado en más de una ocasión interés genuino en mi profesión de heroína, ha incluso respetado tu identidad secreta todo este tiempo, pese a ya habérsela dicho, y te ha defendido. Y ahora, a cambio de todo eso y esta cena, lo único que te pide es saber más sobre ti… Sabes qué, al cuerno, ella se merece algo mejor que ese guion precocinado.

—No estaría mintiendo si te dijera que todas mis poses salen de esta cabecita loca, ¿sabes? — dije, volviendo a mi tono de voz normal, parando de hacer el tonto con las manos. — Pero estaría mintiendo si dijera que no tuve quien plantara esas ideas en mi cabeza. Tuve una buena maestra, se llamaba Hana… —

Agarré una copa, comenzando a acariciar el borde de esta con mis dedos, tratando de distraer mis manos, al mismo tiempo que mi mirada se apartaba hacia la mesa, como si mi cabeza estuviese más concentrada en mis propias palabras e historia que en nada alrededor.

[Imagen: AkayK2S.png]

—Ella era mi heroína, aunque, más que eso, ella era mi hermana mayor… ¿Sabes? Cuando éramos unas renacuajas, siempre andábamos peleadas. Ella era la niña inquieta y yo, la tímida que se pasaba el día llorando por cualquier cosa— Una pequeña sonrisa se dibujó en mi cara. — Sí, lo sé, lo sé. Yo, ¿una niña tímida y cobardica? Pues sí, es la pura verdad. Aún recuerdo las collejas que me daba cuando iba llorando a chivarme a nuestros padres de la última travesura que había hecho. JAJAJAHIIIJAJA. — Me llevé la mano al cuello, frotando ligeramente, como si aún escociera.

—El caso es que, tras el fallecimiento de nuestra madre, Hana fue quien pasó a tener que cuidarme, y yo… digamos que me caí en un pozo oscuro del que no supe salir, hasta que un día mi hermana me comenzó a contar montones de historias de héroes y heroínas luchando contra la adversidad.— 

Me detuve, dejando salir una pequeña carcajada, adelantándome a lo que iba a decir

—Al principio no me importaban lo más mínimo. Sabía que se las iba inventando sobre la marcha. De hecho, le pillé varias incongruencias más de una vez, jajajahiiijaja. Pero poco a poco sus esfuerzos fueron creciendo en mí y, cuando me di cuenta, mi vida volvía a estar repleta de luz y esas historietas ya formaban parte de nuestra rutina.—

De pronto volví en mí y comencé a procesar cómo había soltado un tostón sobre mi vida y mis mierdas a una persona que acabo de conocer. Rápidamente me recoloqué en mi silla, llena de energías, me aclaré la garganta y, descaradamente, cambié de tema.

—Pero bueno, es solo una historia aburrida—. Vamos, Fumi, tienes que remontar esto. —¿Y qué hay de ti? ¿Cómo llegó una hermosura como tú a una isla como esta? — dije, guiñándole un ojo a duras penas mientras intentaba no morirme de la vergüenza por lo que acababa de decir. Con la cara roja, me recoloqué hacia atrás en la silla, sujetando la copa desde abajo como un catador experimentado y procedí a beber elegantemente un trago, entrando este por el lado que no era de la garganta. —COF, COF, JODER, COF. — Y así todo mi carisma volvió a irse al traste.

Tras un rato, la mujer plantó su codo en la mesa y me retó a un pulso con una confianza que echaría a cualquiera atrás, pero yo no soy cualquiera, así que le respondí plantando mi codo en la mesa, equiparando su nivel de confianza. Agarré su mano con firmeza, mostrando una sonrisa ladeada propia de una ganadora. Esta vez no me iba a distraer por algo tan simple como agarrar su mano, ni siquiera mirándome desafiante con esos preciosos ojos rojos suyos… ¡FUMI, CÉNTRATE!

El pulso estaba bastante equilibrado. Diría que ella era sorprendentemente fuerte, pero cualquier ojo experto hubiese sabido la fuerza que escondía con solo verla. Una lástima que no fuera lo suficiente para esta heroína. Cerré mis ojos, usando toda la fuerza en mí para llevar su brazo hacia la mesa. Vamos, ya casi, solo unos centímetros más y… Abrí mis ojos para ver mi victoria cuando…

[Imagen: ss7nimO.png]
...

[Imagen: eiW2Qgx.png]

¡PUM!
En ese instante mi brazo tocó la mesa.

Tras la capa
[Imagen: bpP6EeU.png]
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