Hace 9 horas
El humo seguía a alguien, un hombre de mirada afilada, acompañado de otros dos varones tras su espalda, uno a cada lado de su espalda. Su temple calmado y confiado podía resultar incluso peligroso. Cargaba, como de costumbre, con un traje a medida, una corbata perfectamente acomodada alrededor de su cuello y el cabello perfectamente peinado. Una formalidad característica que resaltaba en el varón. Lo único que podía desentonar en aquel hombre de tez pálida casi como una escultura tallada por los dioses y rebosante de belleza que era capaz de atraer miradas y sacar sonrojos era la cicatriz a un lado de su frente, solo cubierto por un par de mechones que caían por la zona, si no fuera porque a él, irónicamente, esa marca resultaba tan irrelevante como normal, algo que había cargado desde... Ya ni sabía cuánto. Estaba habituado, tanto como la nicotina que dejaba ese rastro de camino tras de sí con el cilindro entre sus labios.
Una de sus manos estaba en los bolsillos, la otra ahora retiraba el cigarrillo de entre sus labios y, finalmente, expulsó el humo de sus pulmones, sin siquiera retirar el objeto de entre sus labios. Había resultado un día demasiado largo y cansado, solo buscaba desconectar después de tantas complicaciones que le había provocado estar de un lado a otro durante la semana. Sus ojos, afilados como ninguno, contemplaban un lugar fijo al que se estaba dirigiendo: una elegante taberna. Un par de copas no le iban a entrar mal.
—¿Estará bien, Jefe? — Al escuchar la voz de uno de sus dos acompañantes, el yakuza elevó la mirada despreocupadamente hacia su derecha, ahora sí, retirando su cigarrillo de entre sus labios con sus dedos índice y corazón de la mano derecha.
—Perfectamente. — Los varones soltaron un “gracias Jefe” antes de abandonar su compañía, ambos tomando un camino similar, sin necesidad de que el yakuza supiera a dónde se dirigían, ni tampoco quería hacerlo. Respirar un poco no le iba a venir mal. Volvió a acercar el cigarrillo una vez más, dando la última calada antes de que el objeto gritase que ya estaba en el límite por el pequeño tamaño que ya tenía. Dejó caer el objeto en el suelo despreocupadamente, para así pisarlo con la suela de su zapato, apagándolo antes de volver a contemplar el frente, sin expresividad alguna, contemplando el letrero que estaba encima de la puerta principal y, justo al lado derecho de la puerta, un pequeño cartel en forma de pizarra con un texto resaltado con varios colores llamativos.
Arqueó una ceja, entre curioso y extrañado. No es que la música fuera algo que pudiera disfrutar a diario... Quién sabe, tal vez resultaba en una excusa más que suficiente para olvidar todo el dolor de cabeza que había resultado toda esa semana. Abrió la puerta con su diestra, mientras la zurda se hallaba cómoda en su bolsillo izquierdo. La primera bienvenida que recibió el yakuza fue la pequeña campanita que caracterizaba ese tipo de lugares antes de poner siquiera un pie en el interior, seguido de lo que parecía ser música, tal y como había mencionado el cartel de la entrada. Las mesas se veían excelentes, con una tenue iluminación amarillenta y cálida que solo parecía invitarlo más en una intimidad que podría ser más agradable de lo que en un inicio imaginó.
Cerró la puerta tras de sí, escuchando la campanita sonar de nuevo y caminó, contemplando al frente, donde había un escenario recién improvisado, pero bien elegante. Las cortinas en un tono rojizo daban un mejor ambiente, casi dejándolo pasar por un ambiente de Jazz nocturno. Para su sorpresa, había un... Espera, ¿eso era un panda? ¿Sus ojos estaban viendo bien? Y no era que el panda estuviera en el escenario al lado de quienes tocaban los instrumentos, era que él parecía tener un micrófono que a saber cómo siquiera era capaz de sostener con semejante tamaño.
Cerró los ojos, frotándolos con sus dedos pulgar e índice antes de acercarse a la barra. El barman le dio la bienvenida con una sonrisa amable y agradable antes de que Jin hablara después de la ya tan conocida pregunta.
—A la orden, señor. ¿Día duro?
Jin, por primera vez en mucho tiempo, elevó su diestra, aflojando su corbata lentamente, con mirada algo cansada pero firme.
Su cuello se reveló parcialmente en el momento que también se dignó en desabrochar un par de botones de su camisa, dejando escapar un suspiro de alivio. —¿Tiene un cenicero que pueda usar? — El barman asintió antes de sacar uno limpio, de cristal, y estirarlo sobre la barra para Jin y, justo después, la bebida que le había solicitado. Jin ni siquiera tardó antes de dar el primer sorbo, con el fuerte sabor del alcohol en su paladar, pasando por su garganta como un alivio momentáneo que se permitió antes de volver la mirada al escenario una vez más y ver la situación en la que se encontraría ese panda cantante. Debía admitir que, para su sorpresa, su masculina voz era de lo más interesante, no era mala, sabía cantar. ¿De dónde habría salido alguien así?
Una de sus manos estaba en los bolsillos, la otra ahora retiraba el cigarrillo de entre sus labios y, finalmente, expulsó el humo de sus pulmones, sin siquiera retirar el objeto de entre sus labios. Había resultado un día demasiado largo y cansado, solo buscaba desconectar después de tantas complicaciones que le había provocado estar de un lado a otro durante la semana. Sus ojos, afilados como ninguno, contemplaban un lugar fijo al que se estaba dirigiendo: una elegante taberna. Un par de copas no le iban a entrar mal.

—Podéis retiraros.
—¿Estará bien, Jefe? — Al escuchar la voz de uno de sus dos acompañantes, el yakuza elevó la mirada despreocupadamente hacia su derecha, ahora sí, retirando su cigarrillo de entre sus labios con sus dedos índice y corazón de la mano derecha.
—Perfectamente. — Los varones soltaron un “gracias Jefe” antes de abandonar su compañía, ambos tomando un camino similar, sin necesidad de que el yakuza supiera a dónde se dirigían, ni tampoco quería hacerlo. Respirar un poco no le iba a venir mal. Volvió a acercar el cigarrillo una vez más, dando la última calada antes de que el objeto gritase que ya estaba en el límite por el pequeño tamaño que ya tenía. Dejó caer el objeto en el suelo despreocupadamente, para así pisarlo con la suela de su zapato, apagándolo antes de volver a contemplar el frente, sin expresividad alguna, contemplando el letrero que estaba encima de la puerta principal y, justo al lado derecho de la puerta, un pequeño cartel en forma de pizarra con un texto resaltado con varios colores llamativos.
“¡Hoy, concierto sorpresa! ¿Te lo vas a perder?”
Arqueó una ceja, entre curioso y extrañado. No es que la música fuera algo que pudiera disfrutar a diario... Quién sabe, tal vez resultaba en una excusa más que suficiente para olvidar todo el dolor de cabeza que había resultado toda esa semana. Abrió la puerta con su diestra, mientras la zurda se hallaba cómoda en su bolsillo izquierdo. La primera bienvenida que recibió el yakuza fue la pequeña campanita que caracterizaba ese tipo de lugares antes de poner siquiera un pie en el interior, seguido de lo que parecía ser música, tal y como había mencionado el cartel de la entrada. Las mesas se veían excelentes, con una tenue iluminación amarillenta y cálida que solo parecía invitarlo más en una intimidad que podría ser más agradable de lo que en un inicio imaginó.
Cerró la puerta tras de sí, escuchando la campanita sonar de nuevo y caminó, contemplando al frente, donde había un escenario recién improvisado, pero bien elegante. Las cortinas en un tono rojizo daban un mejor ambiente, casi dejándolo pasar por un ambiente de Jazz nocturno. Para su sorpresa, había un... Espera, ¿eso era un panda? ¿Sus ojos estaban viendo bien? Y no era que el panda estuviera en el escenario al lado de quienes tocaban los instrumentos, era que él parecía tener un micrófono que a saber cómo siquiera era capaz de sostener con semejante tamaño.
Cerró los ojos, frotándolos con sus dedos pulgar e índice antes de acercarse a la barra. El barman le dio la bienvenida con una sonrisa amable y agradable antes de que Jin hablara después de la ya tan conocida pregunta.

—Póngame un whisky, una copa con tres hielos.
—A la orden, señor. ¿Día duro?
Jin, por primera vez en mucho tiempo, elevó su diestra, aflojando su corbata lentamente, con mirada algo cansada pero firme.

—Podría decirse que algo así.
Su cuello se reveló parcialmente en el momento que también se dignó en desabrochar un par de botones de su camisa, dejando escapar un suspiro de alivio. —¿Tiene un cenicero que pueda usar? — El barman asintió antes de sacar uno limpio, de cristal, y estirarlo sobre la barra para Jin y, justo después, la bebida que le había solicitado. Jin ni siquiera tardó antes de dar el primer sorbo, con el fuerte sabor del alcohol en su paladar, pasando por su garganta como un alivio momentáneo que se permitió antes de volver la mirada al escenario una vez más y ver la situación en la que se encontraría ese panda cantante. Debía admitir que, para su sorpresa, su masculina voz era de lo más interesante, no era mala, sabía cantar. ¿De dónde habría salido alguien así?
Cajita de Tabaco
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