Metetelamia a dos pesos con cincuenta [T1 Auto]
#1
Día 17 de Otoño, Año 18
¡TRAKA! ¡TRAKA! ¡TRAKA! ¡TRAKA!
El traqueteo de la madera vieja me estaba dejando las nalgas cuadradas. Íbamos a paso de tortuga por la bajada sur de las afueras de Ciudad Pistón, metidos en un sendero angosto de tierra reseca y cascotes de chatarra que serpenteaba entre montículos de hierro oxidado y charcos de aceite quemado con un olor a azufre. La carreta era una plataforma de carga pesada, reforzada con tablones de roble y cuatro ruedas de hierro macizo que chillaban pidiendo grasa a gritos. Adelante, bufando y amarradas al carro, dos bestias de tiro con aspecto de bueyes arrastraban la mole a duras penas, guiadas por el Chino, uno de mis muchachos de la Bullicio Lab Party Gang, que iba sentado delante con una fusta mugrienta en la mano. 

A los costados de la carreta caminaban el Rengo y el Tuerca, dos secuaces de mi banda, armados con caños y facas atadas a palos de escoba. Yo iba en el medio de la carreta, apretado contra un par de fardos, luciendo mi mejor tanguita floreada con estampa de hibiscos tropicales que me cortaba la circulación de los rollos de la cintura. El viento fresco de la tarde me acariciaba las piernas peladas, y la verdad es que daba gusto sentir el aire en la ingle. Me acomodé los anteojitos de sol sobre la nariz, sacudí la cabeza haciendo sonar la anilla dorada que me junta la barba rojiza contra el pecho y miré al Chino con cara de pocos amigos.

—Che, Chino, apurá a esos dos bichos de mierda o te juro que te bajo de una patada en el orto y te pongo a tirar a vos solito de la carreta.—

—Para, gordo. las bestias no dan más con el peso, bájate de la carreta si queres que vayamos mas rápido, pará un poco— Me respondió el Chino sin darse vuelta, tirando de las riendas para esquivar una zanja profunda a la izquierda del camino.

—¡¿Me estas diciendo gordo?!— Me enderece en la carreta, haciendo que se tambaleara. —Si no llegamos a horario al galpón nos vamos a quedar sin el cargamento de metetelamia, y si no tengo la metetelamia, no hay tussi en el boliche. Y si no hay tussi, la gente no baila, se van a su casa y se nos arruina el negocio, pero que sabrás vos si hace un año atendías un supermercado.—

El Rengo, que venía a paso rengo levantando polvo a la par de la rueda derecha, soltó una risita burlona masticando una rama seca. —Che, Beto, todavía no entiendo bien el nombre de esa porquería que vamos a buscar. ¿Cómo era? ¿Metetelamia? Mepa a que el viejo del depósito te la va a meter bien doblada con el precio.—

—¡Metétela vos en el orto, pelotudo atómico!— Le rugí pegando un manotazo contra la baranda de madera que hizo temblar la estructura entera otra vez.

Para calmar los nervios, me mandé la mano derecha cargada de anillos de oro directo a mi ojete. Me pegué una buena rascada de raja bien profunda, sacando la mano despacio, y me llevé los dedos abajo de la nariz para pegarles una inhalación profunda y concentrada. Ahhhh~... mucho mejor.

Veinte metros más adelante el sendero desembocaba en un predio abierto: El viejo depósito de desechos químicos de la factoría siete. El terreno era un rectángulo pelado de unos cuarenta metros de ancho por sesenta de fondo, cerrado casi en su totalidad por chapas acanaladas oxidadas de tres metros de alto, aunque el lateral derecho tenía dos tramos de alambrado caído por donde se podía escapar hacia un basurero si la cosa se ponía fea. En el centro exacto del fondo se levantaba una dársena de carga de hormigón armado, de uno metro y tanto de altura sobre el nivel del suelo, techada a medias por un tinglado de chapa lleno de agujeros. A la izquierda de la dársena descansaban tres contenedores marítimos podridos y una grúa pluma en desuso con los cables cortados. Los alrededores estaban pelados de hierba, sin ningún árbol ni vegetación que pudiera servir de cobertura baja.

No era el lugar mas acogedor que digamos.

Y sobre la plataforma de cemento nos estaban esperando los tipos. Eran cuatro matones vestidos con mamelucos de mecánico manchados de grasa y tapados con ponchos de lana mugrienta, armados con mosquetes cortos y machetes. Al frente del grupito estaba Osvaldo el Tuerto, un traficante miserable de productos químicos robados al que le faltaba el ojo izquierdo y le sobraban ganas de cagar a la gente. Al lado de sus pies reposaban cuatro barriles metálicos de doscientos litros cada uno, pintados de un azul despintado con un triángulo amarillo grabado en varias zonas de los barriles.

El Chino clavó las riendas a unos diez metros de distancia de la dársena, dejando nuestra carreta atravesada en un ángulo de cuarenta y cinco grados respecto a la rampa de acceso, lo que nos dejaba la trompa de los bueyes apuntando hacia la salida principal del portón de entrada. Me paré sobre la madera, haciendo que los toda la estructura gimiera de dolor bajo mi peso, y salté al suelo. El impacto de toda mi grasa con el piso levantó una nube de polvo gris que le hizo toser al Rengo.

—¡Dopa-pa-pa-pa! ¡Que onda, manga de butos!— Grité abriendo los brazos tatuados con las palabras RUIDO y BULLICIO a la vista de todos, mostrando la hilera de dientes desparejos en una sonrisa de oreja a oreja. —Osvaldito, querido, tanto tiempo. ¿Cómo andan los nenes?—

Osvaldo ni pestañeó con su único ojo bueno. Escupió una pasta verde al suelo y se cruzó de brazos, apoyando una mano sobre la culata de un pistolón que llevaba calzado en la faja.
—Dejá de hacerte el pelotudo, Beto. No vine a ver tu zunga de trolo ni a escuchar tus gritos de borracho. Acá tenés los cuatro tambores sellados de metetelamia. Son ochocientas mil berrys por el lote completo, billete sobre billete, o te volvés con la carreta vacía a tu boliche de mala muerte.—

Caminé con paso pesado hacia la dársena, sintiendo las piedritas clavarse en la suela de mis ojotas. Subí los dos escalones de hormigón roto y me planté frente al primer barril azul. Con solo usar mis dedos, desenrosqué con facilidad el duro tapón en la parte superior del balde y acerqué la napia al orificio. El vapor químico me pegó bien adentro, un aroma punzante a amoníaco concentrado con notas dulces. Metí la punta del meñique, toqué el líquido transparente y me pasé una gota microscópica por la punta de la lengua. Una ligera anestesia local inmediata y un gusto amargo metálico. Pura, sin rebajar. 

—Che, Osvaldo, no seas caradura que la metetelamia esta no vale ochocientas mil berrys ni de onda— Le dije encarándolo de frente, dejando que mi panza descomunal le rozara el pecho mientras él retrocedía un paso por el olor a chivo. —Te voy a hablar con la verdad en la mano porque a mí la mentira no me sale: Esta casi perfecta, pero le mezquinaste el estabilizante y en dos semanas se me va a empezar a degradar en el fondo del tacho. Te doy quinientas mil y una noche free en el boliche para vos y los muchachos, de nada.— Hice la oferta, poniendo mi mejor sonrisa de negociante.

Osvaldo frunció el ceño, poniéndose rojo de la bronca, mientras sus cuatro guardaespaldas daban medio paso al frente acariciando las culatas de sus mosquetes. —A mí no me venís a correr con tus clases de química barata, gordo ladri. El precio es ochocientas mil. Si te sirve, te la llevás, y si no te gusta la metetelamia mía, te la metés en el centro del opi y te vas marchando a pata.—

—¡Pero metétela mía vos en el buche antes de hablarme con ese tono, rengo de la vista!— Le rugí a centímetros de la cara, salpicándole un poco de saliva en el parche del ojo.

Estábamos en medio del griterío, a punto de revolearnos los barriles por la cabeza, cuando un estruendo metálico retumbó en la entrada del predio.

Por el camino de tierra apareció una carreta a vapor destartalada, escupiendo humo negro por una chimenea torcida y metiendo explosiones por el caño de escape. Clavó los frenos justo en el medio del portón principal de chapa, bloqueando por completo la única salida vehicular despejada y levantando una polvareda que tapó el cielo. De la caja trasera del vehículo saltaron seis negros gigantescos con mamelucos de fundición, armados con cadenas pesadas, masas de demolición y barras de hierro macizo. Adelante de todos bajó un tipo cuadrado, de casi dos metros y medio de alto, con una barba negra grasienta, el pecho cubierto de quemaduras de soldadura y una cara de asesino serial que no prometía nada bueno. Era Mario, secretario del Sindicato de Herreros.

Mario barrió el predio con la mirada hasta que sus ojos se clavaron directo en mi tanguita floreada. Levantó una masa de diez kilos con una sola mano y me apuntó con el dedo índice de la otra, temblando de rabia. —¡Ahí estás, gordo hijo de mil putas! ¡Te encontré, la concha de tu hermana!— Bramó el herrero con una voz que parecía salir del fondo de una caldera.

Yo me quedé congelado, parpadeando detrás de los anteojitos negros. El Chino y el Tuerca retrocedieron dos pasos hacia las ruedas de nuestra carreta, buscando cobertura. Osvaldo el Tuerto miró a Mario, después me miró a mí, y de repente se le transformó la cara de paranoia pura.

—¿Qué es esto, Beto? ¿Trajiste a tu gente para hacerme la trampa y robarme los tambores sin pagar? ¡Rata inmunda!— Chilló Osvaldo, desenfundando el pistolón y apuntándome directo al ombligo.

—¡Relaja la concha, bizco, que a este gil no lo conozco de ningún lado!— Pegué el grito levantando las dos manos llenas de anillos. Pero enseguida hice memoria, lo miré bien al grandote de la masa y me cayó la ficha de golpe. —Ah, pará... vos sos el marido de la Gladys, ¿no? ¡La morocha de tetas muy grandes y culo muy pomposo que labura en el bar de la esquina—
—¡A mi ningun gil me duerme a la mujer, pedazo de grasa con patas!— Rugió Mario, avanzando a zancadas pesadas por la grava hacia la dársena. 

Los muchachos de Osvaldo amartillaron los mosquetes, apuntando indistintamente a Mario y a mí. El Tuerto gritaba que era una trampa, el Chino desde la carreta sacó un pistolón oxidado gritando que no tiren, y la situación se fue al carajo en una fracción de segundo.

—Che, Mario, escuchame una cosa, con la mejor...— Le solté a los gritos, bajando un escalón de la dársena con total soltura y orgullo. —¿Vos sos pelotudo, Mario? ¿Cómo la vas a dejar salir en minifalda? Se le veía toda la burra a la bien trola de tu mujer. No sabes lo que le apestaba el sobaco.... aparte...— Hice una pausa dramática. —Entre beso y beso, le termine sacando un ovillo de pelusa del pupo. Decile que se pegue un baño, Mario—

El silencio que siguió a mi explicación duró exactamente un segundo y medio.

A Mario se le inyectaron los ojos en sangre, soltó un aullido gutural que espantó a los pájaros del tinglado y revoleó la masa contra la dársena. La maza pegó contra el borde de hormigón a medio metro de mis patas, haciendo volar una lluvia de esquirlas de cemento.

—¡Fuego a todos, nos quieren limpiar!— Gritó Osvaldo, completamente paranoico, apretando el gatillo de su pistolón.

El disparo le pegó en el hombro a uno de los matones de Mario, haciéndolo girar en el aire. En ese instante exacto se desató tremendo tiroteo. Los hombres de Mario cargaron hacia adelante revoleando cadenas y caños, los matones de Osvaldo respondieron disparando una ráfaga descontrolada de perdigones que rebotaron contra las chapas del tinglado con un estruendo ensordecedor, y el Chino, desde nuestra carreta, empezó a tirar tiros al aire preso del pánico.

—¡NOS VAN A MATAR A TODOS, LA CONCHA DE LA LORAAA!— Pegué un alarido agudo que me salió del fondo de los pulmones, agarrándome la cabeza calva con las dos manos. —¡Ayuda, muchachos! ¡Me muero, me desangro, no siento las piernas!—

Me tiré de panza al suelo de hormigón con la gracia de una ballena cayendo desde un quinto piso. El impacto hizo temblar la plataforma y levantó una nube de hollín. Me quedé hecho una bolita tapándome la nuca mientras las balas de plomo picaban contra el techo de chapa y los tipos se daban murra a dos metros de donde yo estaba aplastado. Dos de los fundidores de Mario se le tiraron encima a los guardias de Osvaldo, rodando por el suelo entre piñas, cadenazos y mordiscos en las orejas. El Tuerto sacó un machete y empezó a tirarle tajos a ciegas a todo lo que se movía, mientras Mario avanzaba a los barquinazos revoleando una barra de hierro que doblaba los caños del tinglado como si fueran alambres.

En medio de todo ese quilombo de sangre, barro y pólvora, levanté un ojo por encima del borde del chaleco. Me di cuenta de tres cosas fundamentales en medio segundo: 
1. Nadie me estaba prestando atención porque los de Mario pensaban que los de Osvaldo eran mis cómplices, y los de Osvaldo pensaban que los de Mario eran mis sicarios
2. Los cuatro tambores de metetelamia seguían intactos al borde mismo de la dársena, a solo cinco metros de distancia de la parte trasera de mi carreta
3. Si no aprovechaba este bolonqui para afanarme todo, era el gordo más boludo de Kutsukku.

Me puse de pie de un salto, recomponiendo la postura con una velocidad ridícula para un tipo de diez metros y quince mil kilos. El miedo se me evaporó del cuerpo en el acto. —¡Chino, Rengo, muevan el orto y arrimen la chata al borde del muelle ya mismo!— Les pegué un grito que fue tapado por las detonaciones de los mosquetes.

El Chino, avispado a pesar de estar cagado hasta las patas, les pegó un latigazo a los bueyes. Los bichos dieron un tirón violento, haciendo chirriar las ruedas de hierro sobre la grava hasta clavar la parte trasera de la plataforma a escasos centímetros del escalón de cemento de la dársena.

Me agaché, abracé el primer barril metálico con mis dos brazos y lo levanté en el aire como si fuera una lata de cerveza vacía. Lo revoleé con cuidado sobre la paja de la carreta. ¡PUM! Las maderas crujieron, pero por suerte aguantó el golpe.

—¡Che, soltá eso que la metetelamia mía no te la llevás gratis!— Me gritó Osvaldo desde abajo, con la cara empapada en sangre de un cadenazo que le habían pegado en la frente, tratando de trepar a la dársena con el machete en alto.

—¡Metétela vos bien adentro del orto, tuerto botón, que ahora es toda mía!— Le contesté de espaldas, pegándole una patada con el talón de mi ojota en plena jeta que lo mandó a volar tres metros para atrás, aterrizando de lomo sobre un charco de aceite negro.

Agarré el segundo y el tercer barril juntos, uno bajo cada axila, sintiendo el metal frío contra mis costillas grasosas, y los encajé de prepo en la caja de carga. En ese momento, Mario apareció por el costado de la grúa pluma, con los ojos desorbitados y la barra de hierro levantada para partírmela en la buzarda.

—¡De acá no te vas vivo, gordo chupa pija!— Me rugió el cornudo, tirándome un fierrazo descendente que iba directo a mi cabeza calva.

Agaché el lomo justo a tiempo, la barra de hierro pasó silbando a centímetros de mi oreja y se clavó cinco centímetros adentro de un poste de madera del tinglado, quedando atascada. Mario tiró con las dos manos para destrabarla, pero antes de que pudiera hacer palanca, le metí la panza de lleno en el pecho con un empujón de cadera seco. Mis rollitos de grasa lo levantaron en el aire como a un muñeco de trapo, haciéndolo volar por encima de la baranda de la dársena para caer de cabeza adentro de un volquete lleno de virutas de hierro oxidado. Quedó con las dos piernas pataleando para arriba como un escarabajo dado vuelta.

Cargué el cuarto y último barril de metetelamia de un solo tirón, asegurándolo contra los fardos con una soga gruesa que el Rengo ató a las apuradas con un nudo ciego.

—¡Beto, subí que nos cierran el paso!— Aulló el Chino desde el pescante.

La carreta a vapor de Mario seguía bloqueando el portón de entrada principal, y tres de sus matones venían corriendo hacia nosotros con caños levantados para frenar a las bestias de tiro. Di un salto pesado y caí de culo sobre la caja de la carreta; las cuatro ruedas se hundieron cinco centímetros en el barro y los ejes soltaron un quejido agónico, pero el carromato se mantuvo entero.
—¡No salgas por el portón, pedazo de nabo! ¡Meté volantazo a la derecha y pasá por arriba el alambrado caído!-— Le ordené al Chino a los gritos, mientras me acomodaba la zunga que se me había metido incómodamente entre los cachetes de la cola.

El Chino le metió dos latigazos furiosos a los bueyes. Las bestias pegaron un tirón desesperado, traccionando con las pezuñas contra la grava suelta. La carreta giró en U de manera violenta, levantando una cortina de tierra y esquivando por centímetros el volquete donde Mario todavía seguía maldiciendo en arameo. Enfilamos directo hacia el lateral derecho del predio, donde el alambrado estaba aplastado contra el piso por años de abandono.

Las ruedas de hierro pasaron por encima de los postes podridos con un crujido infernal, abriéndose paso a lo bruto hacia el basural lindero. Dos tiros de mosquete disparados por los hombres de Osvaldo silbaron por encima de nuestras cabezas, perforando la madera de la baranda trasera a escasos centímetros mi cadera, pero ya estábamos afuera del alcance efectivo.

Miré hacia atrás mientras nos alejábamos a los tumbos por el zanjón de desagüe. En el medio del galpón abandonado, la banda de Osvaldo y los herreros de Mario se seguían moliendo a palos en el barro, revolcándose entre culatazos, fierrazos y botellazos rotos, totalmente ciegos de la furia y sin darse cuenta de que el tipo que se había acostado con la mujer y que se había llevado los cuatro tambores de químico ya estaba a doscientos metros de distancia sin haber soltado una sola moneda.

—¡Dopa-pa-pa-pa!— Solté una carcajada que retumbó por todo el descampado, sacando pecho y dejando que la panza me saltara de pura alegría. —¡Mirá lo que es este equipo, carajo! ¡Cuatro tambores de metetelamia gratis, VAAAAAMAAA CARAJO MIERDA!—

Me metí la mano derecha hasta el fondo de la zunga, me pegué una rascada de ojete triunfal para celebrar el escape, y me llevé los dedos a la nariz para pegarles una inhalación profunda. El olor a sudor de victoria me confirmó que el fin de semana, la fiesta en el boliche iba a ser un descontrol. Acomodé los anteojitos negros, me abracé a uno de los barriles azules y me puse a cantar a los gritos mientras la carreta se perdía en el humo de Ciudad Pistón.

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