¡Hijo de tu cangreja...! | PR
#1
38 de Otoño, Año 18.
12:35.
En las costas de Long Ring Long Land

La playa, antaño alfombrada por un manto de fina arena blanca paradisíaca, sufría bajo los cientos, miles y, quién sabe, quizá millones de pisadas de cangrejos rojos que la habían invadido. La rebelión crustácea había llegado de imprevisto. En un abrir y cerrar de ojos, sigilosos, reclamaron las costas de la isla y sus alrededores, alzando sus pinzas en alto en una especie de seña de conquista. ¿A qué se debía? ¿Quién era el culpable? ¿Acaso Juan Sebastián, marine nacido cangrejo pero hibridado en tortuga, había convocado esa rebelión? ¿Su presencia en la isla estaba causando algún efecto que la división desconocía? La postura desafiante del... ¿cardumen? invitaba a teorizar al respecto. Era un comportamiento extraño cuanto menos, difícil de explicar incluso para el mayor erudito e imposible de justificar para los humildes pueblerinos que viajaban entre las islas de Long Ring Long Land.

Enji regresaba del bosque cuando se encontró por primera vez a los cangrejos. Se detuvo, naturalmente, en la frontera, frente a la alfombra roja que cubría la playa, y parpadeó dos veces de manera discontinua y asimétrica mientras su cerebro procesaba lo que sus ojos atestiguaron en ese momento. ¿Cuántos eran? ¿Miles? ¿Cientos de miles? Nunca había visto nada parecido. Sus pupilas se veían rojas al reflejar la marabunta animal que tenía enfrente y el cigarrillo que venía fumando cayó de sus labios.

—Puta madre... —murmuró al salir del estupor de la sorpresa. Un nombre llegó de inmediato a su cabeza— ¡JUAN!¡ —llamó—, ¡¿Qué significa todo esto, cara de raba?!

¿Quién sino iba a tener respuestas para ese fenómeno? Enji lo vio claro. Juan Sebastián era el único posible culpable de esa invasión. La vena de su frente se inflamó sobremanera, palpitando como un segundo corazón que quería escapar de debajo de su piel e ir a buscar a la coraza ( y alma ) de su división.

Saltó a la marea roja y cayó sobre arena blanca, pues los cangrejos se apartaron antes de que los aplastara. De todas formas, con los ojos cerrados movió los brazos y las piernas como si estuviera nadando. Empujó arena y tierra a su alrededor, girando la cabeza hacia arriba por momentos para respirar, pero no avanzó un centímetro. Al cabo de dos minutos enteros dando ese espectáculo, volvió a ponerse de pie, sucio, en calzones ( por algún motivo ) y todavía más enojado.

—¡Ni te creas que voy a aceptar esto! —exclamó mientras se cacheteaba los brazos para quitarse arena que se le había pegado—. ¡Padres abandónicos en mi división no, eh! ¡Ya mucho tenemos con uno! —Levantó del suelo a uno de los cangrejos más pequeños y, aguantándose el dolor de su pinza apresándole el meñique, lo levantó sobre su cabeza—. ¡Le vas a dar tu apellido a cada uno!

off
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#2
OST
La mañana había progresado de forma idílica hasta el momento. Me había levantado extremadamente temprano, a las diez y media de la mañana, había realizado mis clásicos estiramientos para entrar en calor y en estos momentos me encontraba desayunando un buen tazón de leche con cereales. Era importante poner primero la leche, solo un pervertido lo haría al contrario.

Mientras tenía la boca llena de crujientes cereales, pude escuchar la voz de Enji llamándome fuera del barco. Él siempre era así, me llamaba a gritos desde su posición para cualquier asunto de relativa importancia, no podía decir que me molestase.

—Pero en medio del desayuno… —Musité perezoso mientras me levantaba antes de salir por la puerta, detectando la presencia de Enji fuera con la habilidad que él mismo me enseñó meses atrás.

Ya en la cubierta del barco, me quedé perplejo ante la visión que tenía frente a mis ojos. Con la mandíbula desencajada ante la visión de cientos y cientos de cangrejos ocupando la arena de la playa. Enji, con su indumentaria habitual, me pidió explicaciones, pensando que esto era algo que yo mismo había maquinado.

—Yo no… Esto… —Era difícil encontrar una explicación que me librase de la culpa de lo sucedido. —Yo no he hecho nada, ¿verdad? —dije justo antes de dar un salto a la arena, siendo esquivado por los cangrejos al igual que mi comodoro. —Son unos muchachos muy elegantes. —Mientras hablaba, trataba de rascar la coraza de alguno de ellos con mi dedo índice, como quien acaricia a un hámster.

Mis ojos se abrieron como platos cuando escuché a Enji hablar de padres abandonadores. —¡Tengo bastante con buscar a mi única hija por estos mares! No puedo hacerme responsable de cientos… ¿Miles? Por todas las pinzas, ¿cuántos hay? Espera, ¿yo tengo apellido? —No sabía explicar por qué, pero era algo que alegraba la vista, verlos tan saludables y llenos de vigor era incluso contagioso.

—Enji, hace tiempo que no nos damos de leches, ¿verdad? —dije con una sonrisa pícara mientras observaba cómo mis hermanos alzaban sus pinzas con ganas de guerra. —Tengo que darles ejemplo a los chicos. —Mientras terminaba de hablar, mi cuerpo empezaba a aumentar de tamaño, mostrando los rasgos de mi forma híbrida, con la piel cubierta por escamas verdosas, mis extremidades superiores cortas adornadas con unas gruesas garras y un imponente caparazón que se erguía sobre mi espalda.
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—Hagamos una apuesta, ¡el que pierda les pone apellido a los adorables cangrejos! —dije mientras me colocaba mis guantes y, por algún motivo, los pequeños crustáceos se empezaban a apartar de la zona, corriendo de forma lateral. Me apunté con el dedo pulgar en el pecho y con un rostro rebosante de confianza dije: 

—¡Dame con todo lo que tengas!—

Cajita de Tortuga
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#3
El pie de Enji tamborileaba en el suelo, impaciente. Pedía una explicación, y una muy buena, para haberse encontrado a toda una dinastía de cangrejos ocupando las costas frente a su barco, o obligaría a Juan Sebastian a pasar por el registro civil y poner su apellido a cada pequeño crustáceo bastardo. ¿Tenía prueba de que fueran hijos suyos? No, pero tampoco tenía dudas al respecto.

—Ah, claro, el único cangrejo humanoide gigante de la isla no tiene nada que ver con esta repentina rebelión roja —dijo, escéptico, mientras el pequeño cangrejo que había levantado del suelo insistía en tratar de cercenarle el meñique con su tenaza—. ¿Y cómo es eso de que tienes una hija?

Las sorpresas no paraban de llegar, una detrás de otra. Primero Akira se convertía en mujer. Después, Juan era padre ( ¡Multitudinariamente! ). ¿Qué sería lo siguiente? ¿Kael y Shin admitiendo ser novios? ¿Acaso Nyra usaba prótesis para fingir ser una humink queriendo unirse a los extintos The Rians? ¿Stroud tenía otro apellido además de ReNanashi? Ya no se podía fiar uno de nadie, ni siquiera de los calzones que tenía puestos.

Enji había empezado a amenazar al pequeño cangrejo en su mano, señalandole con el índice para que cesara en su intento de lastimarte el meñique, cuando Juan mencionó su larga tregua desde la última vez que habían entrenado juntos. En esa ocasión, en las costas de Kyodaina, Juan había salido vencedor después de obligarlo a drenar todas las opciones y hasta la última gota de su energía tratando de hacerle caer. No había sido suficiente. Eso golpeaba en el orgullo al capitán de la división, que, aunque no lo tuviera presente todo el tiempo, sí que recordaba ese día y la deuda que había quedado por saldar. Un entrenamiento lo había ganado él, el otro Juan. Quedaba uno por desempatar.

Sus manos empezaron a exudar veneno cuando decidió calzarse los guantes, poco después de escuchar la apuesta. Juan estaba haciendo exactamente lo mismo, preparándose. El aire se cargó de la emoción que los embargaba a los dos. Siempre era emocionante ver una lanza estamparse contra un escudo.

—Yo tampoco tengo apellido, Juan —murmuró entre dientes. Su sonrisa, ancha, enseñaba una hilera de dientes blancos y afilados—. ¡Voy a ir con todo, gordito! ¡A ver si me aguantas esta vez! ¡Fauces!

El aire, convertido en cristal, se quebró al atravesarlo y abalanzarse contra su compañero. Las botas dejaron su huella en la arena cuando se propulsó hacia adelante, cortó la distancia en un parpadeó y su puño derecho, apretado como la tenaza del pequeño cangrejo que había dejado libre un segundo antes, se envolvió en una gruesa capa de veneno antes de estamparse contra el pecho del gyojin.

—¡Garra! —exclamó al impactar.

La explosión desprendió al enorme crustáceo del suelo, arrastrándolo tres metros hacia atrás. Un retroceso que fue seguido de cerca por Enji, quien, preso de la velocidad de su propio desplazamiento, se detuvo a dos metros del punto de choque, justo delante de Juan. Sus puños continuaban envueltos en la sustancia de su akuma y su sonrisa, ancha, parecía afilarse más con el correr de los segundos.

—¡Shihaha! ¿Y quién es esa otra hija de la que hablas, gordito? —interrogó mientras le soltaba dos golpes más, rápidos y precisos, dirigidos a su estómago—. ¿Estás seguro de que no está por aquí?

Terminado el combo de golpes, Enji retrocedió de un salto hasta ubicarse a quince metros de Juan. Sus pies volvieron a arrastrarse por la arena, sintiendo la emoción en la garganta y las ganas de explotar como hacía tiempo no lo hacía.
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Shihahaha
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#4
OST
Tal y como esperaba, el siempre decidido líder de la división, no le hizo ascos a la idea de tener un enfrentamiento. Lo que sí me extrañó ligeramente fue su mención al tema de mi hija, llevábamos mucho tiempo juntos. ¿Nunca lo había mencionado? Es cierto que soy bastante despistado por momentos, pero ya me vale…

—¡No estoy gor-! —Traté de replicar ante sus desconsideradas palabras, pero mis palabras fueron cortadas en seco cuando, de repente, desapareció de mi vista haciendo gala de su impresionante velocidad. No tuve mucho tiempo para pensar, no, lo correcto sería decir que no tuve nada de tiempo para pensar. De forma instintiva, traté de cubrir mi estómago con mis patas abdominales y mi pecho con mi pinza, pero su vicioso impacto llegó mucho antes.
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Pude sentir como la potencia de su golpe desmoronaba la defensa natural de mi cuerpo comprimido, dejando mi cuerpo expuesto a ese maldito veneno al que no me podía acostumbrar por muchas veces que lo hubiese sufrido hasta ahora. El punto de impacto en mi pecho ardía, y mi mente se sentía pesada, por algún motivo, tenía que dar todo de mí para no soltar un bostezo que me dejaría expuesto a sus siguientes ataques.

El comodoro, que se encontraba a mi espalda al haberme pasado de largo con su golpe, se puso frente a mí de nuevo. Empezaba a ser una norma, Shin, Enji, Akira, Nyra… Todos eran demasiado rápidos como para que yo pudiera reaccionar a sus movimientos. ¿Qué tendrían en común? Todos tenían el pelo claro, eran rubios o albinos… Seguro que el bueno de Stroud también era veloz.

—¿Mi hija? —Le pregunté mientras me frotaba los ojos en un intento por sacarme de encima la pesadez que se cernía sobre mis músculos. —Se llama María, la encontré bajo el mar encerrada en una jaula, es un amor… ¡Y no es un cangrejo! —Mis palabras tenían un deje nostálgico tras de ellas, pero no era el momento para eso. Sacudí mi cabeza con velocidad y me lancé hacia mi compañero lo más rápido que pude, que no era mucho, pero era trabajo honesto.

En cuanto llegué al punto dónde mi contrincante estaba parado, conecté uno de mis puñetazos más poderosos directo a su rostro y mandándolo a volar nueve metros en esa misma dirección. Mientras él retrocedía por el impacto, levanté mi pinza y puse el puño con el que le impacté hacia delante, adoptando una postura de combate que mantenía tensa mi coraza a la espera de su siguiente movimiento.
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—¡Espero que eso no sea todo, amigo mío!—

Cajita de Tortuga
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#5
Parecía mentira que, después de casi dos años trabajando juntos, recién se estuviera enterando de que Juan Sebastian tenía una hija. Una hija llamada María. ¡Una hija que no era un cangrejo! ¿Cómo se supone que había sucedido eso? ¡¿Juan acaso no había sido un cangrejo toda su vida?! Maldita sea. Después de conocer Skypiea, a Cariños Carlos y sus perturbadoras habilidades, ya no podía dar nada por seguro. Los cimientos mismos del mundo que conocía se habían tambaleado y yacían agrietados desde entonces. Apretó el puño con rabia contenida.

«Yo te maldigo, Cariños Carlos»

—¡Y pensé que mi familia era rara! —señaló—. Mira que tener de padre a un cangre-.

La oración se cortó a causa de la súbita desaparición de Juan. Ese armatoste animal, ahora verde y de casi ocho metros, se esfumó frente a sus ojos y eso era señal inequívoca de que se acercaba un golpe. Siempre era así. Lamentablemente, los ojos de Enji eran incapaces de seguir según qué velocidades y Juan, aunque estaba lejos de ser el más rápido de la división, tampoco era el más lento. Ese puesto se lo llevaba Kael “Nalgas pesadas” Muchayaga.

Siquiera fue capaz de cerrar los ojos cuando el impacto lo alcanzó. Un golpe seco, firme y directo al rostro. La fuerza que venía impresa en su forma, en la pulcritud marcial del Gyojin Karate, proyectó una onda de choque que lo arrancó del suelo y lo empujó nueve metros hacia atrás. Nueve metros en los que arrastró los pies por la arena mientras los cangrejos corrían lateralmente para despejar la zona.

—¡Pf! ¡Hijo de langosta! —exclamó al detenerse—. ¡Ni siquiera he calentado todavía!

Se limpió, con el dorso de la mano, una gota de sangre que empezaba a caer desde su nariz.

—¡Aprieta el culo, Juancho! —Su sonrisa, ancha, empezó a filtrar líquido morado que provenía de dentro de su cuerpo. Una catarata de veneno brotó entre sus labios, desbordando. Veneno denso y cuyo color rojizo lo diferenciaba del resto de sus habilidades. Esta viscosa sustancia corrió por su mentón, bajó a su pecho y desde allí empezó a expandirse alrededor de todo su cuerpo—. ¡Masacre!

El veneno lo envolvió, lo abrazó, lo consumió hasta esconder su figura por completo, convirtiéndolo en un monstruo consumido por la toxina. Lo único que había quedado visible era la mitad derecha de su rostro, cuyas facciones coincidían con las del nuevo rostro. La sonrisa no había desaparecido.

—¡Esta ya te la sabes! —dijo, y los brazos de su cubierta tóxica de tornaron en dos puntas que se curvaban hacia adentro. Enji se movió a toda velocidad, apareciendo frente a Juan con las piernas flexionadas y los brazos tensos a los costados del torso. Al levantarse, sus dos brazos lo siguieron y las puntas líquidas se incrustaron en el torso del híbrido de tortuga y cangrejo, conectando los golpes a la vez en una especie de cornada ascendente—. ¡Aguijón!

El brutal impacto levantó varios metros en el aire al gigante verde. Enji se apartó de un salto, cinco metros de regreso en la dirección en la que había llegado, en lo que Juan caía.

—¿Y dónde está tu hija, Juancho? No me digas que se fue a comprar leche y no volvió.

Shihahaha
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#6
OST
Mi golpe tuvo el efecto esperado, logré hacerle algo de daño. No era lo suficiente como para hacerle mella, pero el daño era apreciable por la gota de sangre que se escapaba de su nariz. No era mi punto fuerte pegar golpes, siempre había sido más de aguantar, no era un secreto para nadie. Pero tampoco iba a mentir, daba gustito conectar algún que otro puñetazo.

Cuando me ordenó apretar el culo, un escalofrío recorrió mi coraza. Extendí mi ojo mágico del culo, como Enji-Sensei lo había llamado, para alcanzar a sentir sus intenciones. Pero no fue necesario, al ver como el veneno envolvía su cuerpo pude entender perfectamente que el líder de la gloriosa División treinta de la Marina se estaba empezando a calentar durante el combate.

—Pareces un monstruo… —Le dije con una sonrisa que dejaba de ver algo de nerviosismo al ver el semblante de locura de mi camarada. Antes de que pudiese decir algo más, sus palabras me dejaron intuir lo que se avecinaba, no era bonito, iba a doler, siempre dolía. Lo siguiente fue un parpadeo, para variar. Escuché una palabra que ya me era más que familiar, pero antes de que pudiera bajar mi rostro para encararlo, sus manos se clavaron en los laterales de mi torso.

El dolor causado por su maldito veneno se sentía mucho más agresivo que en su golpe anterior, podía notar como mis escamas se retorcían con el contacto de la sustancia que ahora cubría casi todo su cuerpo. Si fuese solo lidiar con el veneno, sería algo plausible, pero el dolor mismo del impacto fue suficiente como para hacerme arquear la ceja y cerrar un ojo mientras salía despedido hacia arriba.

No tardé mucho en caer al suelo, enterrando las gruesas garras de mis piernas con firmeza en la arena y levantando una nube de polvo en el proceso que alcanzaba a cubrirme las rodillas. Mis ojos se mantuvieron entrecerrados ligeramente, quería cerrarlos y dormir un rato en el mismo sitio dónde me encontraba. ¿Era a causa del terreno? Nadie me creería si lo dijese, todos mis compañeros sabían de sobra que era bastante dormilón. Además, si me quedaba dormido en mitad de un combate con Enji… La reprimenda que me caería después podía ser fatal para mi salud.

—Buen golpe… —Le dije mientras trataba de frotar la zona afectada para aliviar el escozor del veneno.  Sabía que si esto seguía así, estaba jodido, bien jodido, por lo que antes de responder a su lógica pregunta sobre María, forcé mi cuerpo a reducirse. Mi pinza desapareció, dando lugar a una adorable patita de reptil acorazado que iba a juego con las otras cuatro. Una vez más, refugiarme en mi forma más férrea parecía ser la solución ante un oponente con un poder ofensivo tan ridículamente avasallador.

—La secuestraron unos piratas antes de que me uniera a la Marina. —Mi tono de voz mostraba una seriedad que era rara en mí, pero mis ojos ahora brillaban con determinación. —Por lo visto escapó, ahora ella misma parece ser una pirata… Pero a esos hijos de puta, los mataré, como que me llamo Juan Sebastián. —Le dejé unos segundos para que él mismo procesara la información. Mientras, tanto mis escamas como mi caparazón adoptaban una tonalidad más pálida, como si hablar de este tema me hiciese sentir mal físicamente.
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—¡Bueno! ¿Y qué es eso de que no tienes apellido? Lo ponía en el periódico, te apellidabas Saint Vabu… Vangi… Vare… Algo así, no sé mucho de esas cosas, pero suena elegante —le dije con un abrupto cambio de tono, que era mucho más similar a mi forma de hablar relajada y alegre habitual, aunque con algo de pesadez por el sueño que tenía.

Cajita de Tortuga
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#7
El veneno, tibio y viscoso, se había mimetizado con su cuerpo, envolviéndolo como una segunda capa de piel. Una piel gruesa y rojiza. Una piel que palpitaba y se derretía bajo los rayos del sol, sudando muerte. Pequeñas gotas se desprendían de su cuerpo, soltaban vapor al tocar el suelo y dejaban huecos en él, derritiendo, a causa de su alto nivel de acidez, la arena de la playa. Con cada movimiento abrupto se desprendía un poco más de veneno y los huecos se tornaban en grietas, incluso pozos. Estaba destruyendo la costa poco a poco. Recordó Kyodaina, su último entrenamiento y como había quedado el lugar donde se enfrentaron. Recordó los árboles caídos, las piedras derretidas, la arena fundida; un escenario apocalíptico.

«Que pereza», pensó, frustrado. Otros usuarios de frutas del diablo no tenían esos problemas. ¡Juan era el perfecto ejemplo! Un tipo duro que simplemente se volvía más duro. Sin secreciones, sin fórmulas químicas, sin líquidos voladores ni constructos tóxicos. En su forma de zoan completa, el bastión de su división se mimetizaba con una roca y era prácticamente imposible de tumbar. Enji, sin embargo, quería poner a prueba esa defensa impenetrable y para ello, tendría que exprimir al máximo las capacidades de su fruta.

—Ese dolió, eh —dijo, notando en Juan las inequívocas señales del daño que había recibido de su ataque.

Adoptar esa forma era molesto, pero tenía que admitir que sus capacidades ofensivas se disparaban absurdamente. Masacre era el resultado de dejar de luchar contra la naturaleza de la Doku Doku no Mi y, al menos por un rato, abrazarla. Dejar de preocuparse por dejar con vida al enemigo y sacar todo de adentro, sin restricciones. Por eso solo podía usarlo en situaciones de riesgo real o, en su defecto, contra un adversario que supiera que no podía matar. Juan era ese adversario.

La historia de María, la hija de Juan, llegó a sus oídos atravesando el veneno que los cubría. Sólo la parte más importante de esa historia, sin entrar en detalles que pudieran hacer sentir nostálgico o triste al gyojin de la división. Después hubo un momento de pausa, unos segundos necesarios para sopesar lo que acababa de escuchar mientras su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración.

—¿Y por eso te enlistaste, gordito? —indagó—. Mierda, te salió con estocolmo la nena… ¡No importa! Cuando vea lo severamente cool que es el amigo de su papá ( o sea, yo ) seguro abandona esas malas compañías. ¡Y a los que la secuestraron, los haremos papilla! ¡Shihahaha!

Estaba riendo, carcajeandose con libertad, cuando a su compañero se le ocurrió mencionar el tema y la risa desapareció. Bueno, el tema de antes de subir a Skypiea. El tema post Skypiea tenía cara, nombre y un nuevo par de tetas que lo acosaban en sus pesadillas.

La vena de la frente se le infló en un segundo.

—Saint “tumamitaenunasopa”, Juancho.

No le gustaba su apellido, porque ese no era su apellido. No recordaba su apellido, pero no era ese. Era otro. El apellido que le habían enseñado sus padres, el mismo que yacía escrito en la entrada del que alguna vez fuera su hogar, allá en la tan alejada isla de Roshwan, era otro. Saint Vangelis era solo un título inventado. Uno al que sacarle provecho, pero nada más.

Nada más.

—”Enji” es el único nombre y apellido que necesito —dijo. Sus rodillas se flexionaron, como resortes que acumulan tensión a la espera de la señal de disparo—. ¡Ahora más te vale cuadrarte! —advirtió—. Porque voy en serio.

Apretó el puño derecho una vez más. Sentía un hormigueo en las palmas, un calor intenso en las piernas y la templada certeza de que estaba por atacar con todo lo que tenía. Todo.

—¡PREPARA ESE CAPARAZÓN, PORQUE TE LO VOY A ARRANCAR! —declaró, y después saltó—, ¡GARRA!

Y voló, cortando al aire como una flecha blanca de estela violeta. Su puño cerrado apuntaba a la coraza de su amigo, al centro de su defensa. Flecha contra escudo.

Shihahaha
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#8
OST
Enji se tomó con humor mi situación con el tema de María. Era algo que esperaba de él, nunca me había parecido de los que se toman ese tipo de cosas demasiado en serio. En cierto modo podía decir que me resultaba tranquilizador, me ayudaba saber que podía hablar con él de ese tipo de cosas sin tener que medir cada palabra para evitar situaciones incómodas.

—Bueno, yo soñé desde que era pequeño en ser marine, un héroe que ayduase a los inocentes —dije ante su pregunta sobre mis orígenes como miembro de la Marina. —Pero si esto me ayuda a dar con ella… ¡No seré yo quien se queje! —rematé. En cuanto Enji me ofreció su apoyo, una sonrisa agradecida, pero que no perdía la expresión afilada del combate, apareció en mi rostro. Estaba rodeado de gente maravillosa, la forma en la que me sentía arropado por mis compañeros cada vez que se enteraban de que tenía un problema… Estaba feliz de haber podido encontrar gente así en la vida.

El tema cambió rápidamente al apellido del comodoro, tema que parecía no hacerle gracia. Realmente no entendía mucho de esas cosas, mis padres apenas eran dueños de un pequeño taller en Samba, no sabía lo que era tener un apellido importante ni la carga que podía suponer. —Perdón, perdón… Te llames como te llames, para mí siempre serás mi querido capitán pervertido, jajaja —dije mientras mis escamas pálidas empezaban a notarse algo extrañas a simple vista, como si fuese una segunda piel puesta sobre mi acorazado cuerpo.

En cuanto me avisó para que estuviese alerta, me puse sobre mis patas traseras, levantando mi pequeño cuerpo al mismo tiempo que introducía mi cabeza y mis patas delanteras dentro de mi caparazón. El golpe anterior había sido duro, demasiado duro como para seguir recibiendo golpes con tanta fuerza, iba a defenderme con todo.

En cuanto escuché algo sobre arrancarme el caparazón, presioné el mismo desde el interior con mis patas delanteras y con la cabeza, tratando de aportar toda la solidez posible a mi bloqueo. La espera fue corta, pero se hizo insufrible al no tener a esa masa de veneno a la vista. Si bien podía sentir su aura gracias al mantra, era distinto a verlo con mis propios ojos, era más… Inquietante.

Fue cuando dijo “Garra” que sentí un impacto que pareció casi instantáneo sobre mi torso descubierto. La armadura de piel que había preparado se hizo pedazos como si nada, resultando en poco más que un estorbo para el poderío de su arremetida. Por fortuna, ese estorbo pareció ser suficiente apoyo como para que mi bloqueo desde el interior de mi coraza fuese efectivo. De alguna manera, había logrado salir ileso del choque, sin daños.

—Jeje… —Se pudo escuchar con un eco que salía del interior del caparazón, sentenciando la victoria del escudo sobre la flecha. Mi cuerpo aumentó de tamaño de forma súbita mientras seguía en aquella extraña forma que era poco más que un enorme caparazón con patas que se hundían en la arena. Había algo que aún no le había enseñado a Enji, una técnica que se había vuelto de mis favoritas en ataque.

Di un pequeño salto hacia atrás, colocándome a un metro y medio de distancia de mi oponente, que se había quedado pegado a mí tras su ataque. Saqué mis extremidades a medias del caparazón, abandonando la postura extremadamente defensiva que tenía.

—¡Me toca! —le dije justo antes de lanzar un puñetazo desde esa distancia con todas mis fuerzas. Mi puño chocó con el aire, dejando un instante de silencio que parecía evidenciar mi ridículo. Pero no hubo margen de reacción antes de que una onda de aire golpease todo el cuerpo de Enji, mandándolo una vez más a volar ocho metros de distancia, aterrizando sobre un montón de cangrejos agresivos.

—Voy a necesitar un cigarro después de esto… —Dije con la respiración algo agitada por el esfuerzo físico.

Cajita de Tortuga
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#9
Al final de la carrera, Enji plantó el pie izquierdo en la arena, rotó el torso, soltó el brazo y puso toda su fuerza en su puño derecho aprovechando la propia inercia de su desplazamiento. El veneno burbujeaba sobre sus nudillos, hervía. Era la concentración más peligrosa que podía conseguir, la más intensa y nociva en cuanto a poder bruto. Un impacto de ese golpe podría derribar un edificio, dejarlo en sus cimientos y causar un desastre. ¿Qué sería entonces del caparazón de un gyojin transformado en tortuga? Sorprendentemente, la respuesta a esa pregunta iba del lado opuesto a la lógica: la pequeña tortuga, contrario al edificio del ejemplo, aguantó. Sus capas defensivas dieron la talla para contener el impacto y cuando todo el momentum se perdió, pese a verse rota alguna coraza, la tortuga seguía allí. Sus pequeños pies todavía yacían plantados en la arena mientras el puño del comodoro se había detenido por completo.

«Puto animal —pensó Enji con una sonrisa en los labios—. Mira que aguantar esto sin moverte del lugar»

La defensa de Juan era, sin lugar a dudas, la más formidable que jamás había enfrentado. Su compañero podía ser demasiado lento como para esquivar, pero ¿quien necesita esquivar cuando los golpes no te hacen daño? Para tirar abajo murallas así hacía falta un martillo de plata, mucho trabajo duro y conocer sus puntos débiles para saber dónde golpear… ¿Tenía Juan acaso algún punto débil? Tres veces lo había enfrentado y seguía haciéndose la misma pregunta. Solo conocía una estrategia contra él:

Seguir golpeando como un animal hasta no poder levantar los brazos.

—¡A ver qué mierdas has estado entrenando estás semanas, Pinza Roja! —rugió, esperando con los brazos abiertos el nuevo ataque de Juan. Su expresión, dominada por la emoción del combate, se vio interrumpida por un segundo al ver cómo el gyojin golpeaba el aire frente a él y… ¿no pasaba nada? ¿Algo había salido mal?

Enji alzó una ceja.

—¿Ah?

Justo antes de ser alcanzado por una poderosa onda de choque. No fue capaz de soportar el ímpetu de esa fuerza invisible pese a intentarlo y, mientras sus mejillas revoloteaban a causa de la presión del aire, fue arrastrado ocho metros hacia atrás antes de que sus pies pudieran volver a tocar la arena y detenerse. ¿Qué había sido eso?

«Siempre tiene algún truco bajo la manga… que cabrón»

Pero no era momento de quedarse parado. Nada más pudo detener su retroceso, Enji volvió a la carga. Saltó hacia adelante envuelto en su propio recubrimiento venenoso y la arena salió despedida a los costados por la velocidad a la que se proyectó. Corto la distancia en un parpadeó, antes de que Juan pudiera volver a preparar sus defensas. Las “manos” de esa criatura en la que se convertía durante la Masacre se transformaron en dos bolas de pincho amalgamadas en veneno rojo.

—¡Espina! —gritó.

Una finta rápida a un costado, luego un giro abrupto y, con los brazos extendidos aprovechando la rotación, sus dos puños envueltos en veneno impactaron en el abdomen del crustáceo cascarudo. El veneno salpicó en todas direcciones y Enji, en un rápido movimiento de pies, pateó a Juan en el mismo lugar del estómago y retrocedió quince metros después de haber conectado su ataque, quedándose parado de frente a Juan.

Sentía el cuerpo cada vez más pesado y la respiración cada vez más agitada. Estaba agotado, igual que la última vez. No le quedaba mucho combustible para seguir adelante. La coraza venenosa se estaba cayendo a pedazos

«Mierda»

Shihahaha
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#10
OST
Una sonrisa se dibujó en mi rostro al ver como Enji salía volando por el impacto de aire de mi golpe. Ser capaz de dar golpes como esos me hacía sentir un calambre de entusiasmo al poder comprobar que mi entrenamiento en el Kárate Gyojin estaba dando sus frutos. Era cierto que no eran los golpes más poderosos del mundo, pero teniendo en cuenta que pegar no era mi especialidad, no estaba tan mal.

Lastimosamente para mí, mi capitán de división no esperó ni un segundo para volver a la contra. Sabía perfectamente que él no era de los que se quedarían parados después de recibir un golpe, menos cuando el combate ya se había calentado lo suficiente como para que ambos perdiéramos los estribos y dejásemos de hablar para centrarnos únicamente en darnos de tortas como animales.

—Mier… —Pensé en cuanto su imagen desapareció de mi vista, sin ser capaz de terminar de pensar antes de sentir como volvía a impactar uno de sus poderosos combos, esta vez directo al estómago. Pude sentir como mi defensa era completamente destrozada por aquel veneno que ardía como fuego sobre la cicatriz que dejaron aquellos piratas en mi coraza. Justo en el momento del impacto, el mundo se desencajó completamente a mi alrededor, era como si todo se duplicase en imágenes que se mezclaban entre ellas durante un instante. —Urrggh… —Mascullé justo antes de recibir otra patada de Enji en el mismo lugar.

Un pequeño hilo de sangre caía desde mi boca mientras trataba de recomponerme del golpe ¿Tan fuerte podía ser el daño a pesar de estar defendiéndome? —Es un monstruo… —Pensé con una mano apoyada en mi abdomen manchado de veneno y que se notaba enrojecido, destacando sobre el marrón claro propio de mi abdomen de tortuga.

Aún con un tambaleo en mi cuerpo y sin mencionar palabras que no eran necesarias, me lancé de vuelta a por mi compañero, conectando un poderoso golpe, una vez más en su rostro con mi puño izquierdo. Enji fue lanzado a volar una vez más, lo que por algún motivo se había convertido en la tónica general de este encuentro de una manera casi cómica.

No sabía cuanto gas le quedaba a mi oponente en el tanque, pero era increíble para mí ver como seguía lanzando golpes tan devastadores uno tras otro sin parar. Con una sonrisa traviesa en mi rostro, le comenté con la voz aún algo perdida por la desorientación de su golpe:

—¿Necesitaste tantos golpes contra los piratas esos de los sepultura? —Por algún motivo, aún no habíamos hablado mucho de aquello, si quería llevarlo con un silencio respetuoso lo entendería. Por mi parte esperé su siguiente movimiento, introduciéndome dentro de mi caparazón a la espera de recuperar la energía como para poder recuperar mis mejores defensas una vez más. Tenía energía para seguir mucho más, pero el daño sufrido por los golpes de mi oponente me traicionaba. —Esto me va a doler mañana… —pensé con un suspiro que resonó en mi caparazón.

Cajita de Tortuga
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