07-09-2026, 12:50 AM
Narrador / María Merlot
MUSIQUITA
Día 06, Año 18.
Primavera.
Hora: 10:47 p.m.
Habitación de María Merlot, Skypiea.
Primavera.
Hora: 10:47 p.m.
Habitación de María Merlot, Skypiea.
Los ojos ámbar de la mestiza se posaron sobre el buró. Seis pulseras de tela descansaban luego de ser fabricadas por sus inexpertas manos, unas manos que con el paso de las horas se volvieron diestras y crearon lindos recuerdos para sus nakamas. Con un suspiro la dama cerró los ojos, rememorando un lejano pasado en la playa y una carrera contra el reloj que nunca logró ganar. Volver a verlo no estaba dentro de sus planes, si era completamente honesta. Ni a él ni al perfecto marine pelirrojo pero el destino tenía otros planes, y le puso a los dos delante, el mismo día, en el mismo momento.
Una leve sonrisa traviesa se apoderó de sus labios. A uno lo enredó en un falso matrimonio. Al otro le propuso reproducirse. ¿Qué sentía por cada uno? Difícil de responder, considerando las pocas veces que sus caminos se cruzaron. El perfecto marine de hebras rojizas le recordaba a su hogar junto al cangrejo, la vida tranquila que ella tanto anhelaba. El increíblemente apuesto marine de ojos azules la desnudan con la mirada, y no como la mayoría de los hombres, él la hacía sentir que veía mucho más allá… sus secretos, sus temores y sus sueños… ¿Cómo podía hacer eso? Tal vez porque ella también podía verlo, no esa sonrisa lobuna ni la arrogancia y desdén que parecían rodearlo, sino… lo roto que estaba por dentro, lo irreparable que se sentía cada pieza.
Algo en Shin Hasegawa la atraía como la luz a las polillas. Lo cual resultaba gracioso porque él brillaba como una estrella en el firmamento. Su Unnie le había advertido, su Algodón de Azúcar lo hizo en el coliseo, su propio sentido común le decía que se alejará de la ley. Ella no se sentía como una pirata malvada pero para el mundo lo era, su cabeza tenía una nada despreciable recompensa… y los hombres de blanco eran los encargados de neutralizar a las personas como ella. ¿Si la estaban engañando? ¿Si querían utilizarla para llevarlos hasta su tripulación?
Una leve sonrisa traviesa se apoderó de sus labios. A uno lo enredó en un falso matrimonio. Al otro le propuso reproducirse. ¿Qué sentía por cada uno? Difícil de responder, considerando las pocas veces que sus caminos se cruzaron. El perfecto marine de hebras rojizas le recordaba a su hogar junto al cangrejo, la vida tranquila que ella tanto anhelaba. El increíblemente apuesto marine de ojos azules la desnudan con la mirada, y no como la mayoría de los hombres, él la hacía sentir que veía mucho más allá… sus secretos, sus temores y sus sueños… ¿Cómo podía hacer eso? Tal vez porque ella también podía verlo, no esa sonrisa lobuna ni la arrogancia y desdén que parecían rodearlo, sino… lo roto que estaba por dentro, lo irreparable que se sentía cada pieza.
Algo en Shin Hasegawa la atraía como la luz a las polillas. Lo cual resultaba gracioso porque él brillaba como una estrella en el firmamento. Su Unnie le había advertido, su Algodón de Azúcar lo hizo en el coliseo, su propio sentido común le decía que se alejará de la ley. Ella no se sentía como una pirata malvada pero para el mundo lo era, su cabeza tenía una nada despreciable recompensa… y los hombres de blanco eran los encargados de neutralizar a las personas como ella. ¿Si la estaban engañando? ¿Si querían utilizarla para llevarlos hasta su tripulación?
¡No!
Nadie haría daño a sus nakamas. Exaltada y confundida se levantó de la cama. Empezó a dar vueltas por la habitación mientras mordía la uña del dedo pulgar izquierdo. No podía verlos otra vez, no debía llamarlos. A ninguno. La mestiza se paró frente al escritorio, entre los papeles y los libros de su aprendizaje autodidacta se localizaban dos papeles, cada uno con un contacto de Den Den Mushi — Lo mejor será romper ambos — llegó a la conclusión tomando el primer papel, aquel dónde una pulcra caligrafía dejaba ver un código alfanumérico. Tomándolo entre los pulgares e índices de cada mano inhaló y exhaló — A la cuenta de tres… uno… — empezó a pronunciar buscando la fuerza en la razón — dos… — solo debía romper en mil pedazos, una amenaza menos — Tr… ¡Arrrg! — no pudo terminar el conteo, no podía romper el papel. Lo apretó contra el corazón, uno que latía un poco más rápido de lo normal — … ¿Por qué no puedes ser un perfecto marine de cabello blanco? — le reprochó al papel como si fuera aquel hombre de sus pensamientos... mientras iba de nuevo a su cama y se dejaba caer boca arriba. Levantó al causante de su indecisión, lo observó por largo rato — … eres peligroso, demasiado peligroso… no puedo llamarte, no puedo encontrarme contigo. ¿Lo entiendes verdad? Quizás en otra vida, si podamos. Un encuentro casual como el que ocurrió en la playa pero esta vez si lograríamos comer arroz, conocernos mejor, tal vez enamorarnos. En esa otra vida sería toda una señorita decente, no estaría tan sucia como ahora. Mi padre te odiaría a primera vista, lo sé, porque pareces todo un rompecorazones pero luego entendería que… no es así… claro, siempre estaría fulminándote con la mirada, después de todo soy la niña de sus ojos, en esa vida lo fui y en todas las otras lo sería igual, supongo — empezó a soñar despierta sin dejar de mirar la caligrafía de Shin… — o tal vez, en esa vida nunca nos encontraríamos porque ninguno conoció el dolor… seriamos felices sin saber que el otro existe — suspiró trayendo de nuevo el papel a su corazón — Hyákinthos, Bertram y Shin se sienten como hombres importantes pero a la vez tan diferentes dentro de mi corazón… — la joven volvió a cerrar los ojos. María solo conocía el verdadero amor que le dió su padre, ese mismo y con el plus de ser un salvador es el que extrapolaba al médico pelirrosado por quien daría la vida sin dudarlo… pero ¿haría eso por los otros dos? No, la otra persona en la faz de la tierra a la que daría su vida era Maki D. Zennin, pero como no sabía como comparar sus sentimientos con algo conocido, solo podía poner a los dos marines al lado de su Algodón de Azúcar, por supuesto, perdían estrepitosamente pero le servía para entender que los latidos de su corazón eran diferentes para cada uno.
Ámbar sobre Cerúleo.
La brisa de la playa.
La promesa dicha.
Y no cumplida.
Un adiós.
La brisa de la playa.
La promesa dicha.
Y no cumplida.
Un adiós.
— Es increíblemente apuesto, solo es eso. ¡Basta María Merlot! Eso lo ves todos los días en el espejo, o visitando la habitación de Algodón de Azúcar — se reprochó dejando el papel sobre la cama y yendo al cuarto de baño, dónde decidió sumergirse en un baño de burbujas para espantar los demonios que le decían: ¡Llámalo! El agua fluyó, ella se sentó en el borde viendo como se llenaba la tina. Se suponía que ya podía nadar en el mar pero aún no lo intentaba. Llevó la mano a su abdomen, a donde la mano del primo gyojin dejó una cicatriz. Aun le dolía pero nada que no pudiese ignorar como solía hacer con el sufrimiento. Cuando estuvo todo listo, recogió su largo cabello en un moño alto, se desvistió y sumergió. Las burbujas no tardaron en distraerla pero duro poco porque el reflejo de la luz en estás dejaba ver un leve color azulado que la hizo pensar otra vez en el marine — … no puedo… no debo… — musitó tomando entre sus manos las pompas de jabón para luego soplarlas por la habitación. Libres, sin preocupaciones, limpias y hermosas — … pero quiero — confesó en un susurro. Aunque su cabeza dijera que no, su corazón gritaba que sí. ¿La había embrujado? ¿Lo estaba idealizando? Eso era, estaba confundida. Mejor olvidarlo, mejor ponerse a estudiar con los libros que el mayordomo le trajo.
Día 06, Año 18.
Primavera.
Hora: 11:47 p.m.
Habitación de María Merlot, Skypiea.
Primavera.
Hora: 11:47 p.m.
Habitación de María Merlot, Skypiea.
Más de una hora paso desde que la joven salió del baño, se puso la ropa interior y decidió buscar un atuendo… ¿Para qué? Para mañana, si… para salir mañana de paseo por esa ciudad de palomas blancas y negras. Una pila de camisas, vestidos y pantalones se acumuló sobre la cama — Muy largo, muy corto, muy rojo, muy verde — descartaba y descartaba colocando una y otra pieza sobre su cuerpo, mirándose en el espejo y frunciendo el ceño. ¿Qué buscaba? Ni ella misma lo sabía — … debería mandar a traer más ropa del Flush Royal — balbuceó mirando el apilamiento y procediendo a doblarlo, aunque un par de minutos después perdió la paciencia y guardo todo así en el closet. Fue entonces cuando el papel que dejo sobre la cama, antes de ir a la bañera, volvió a cruzarse con sus ojos ámbar. Su primer reflejo fue taparse, porque estaba en ropa interior y eso fue escrito por un hombre. Al darse cuenta de su tontería, se rio y lo tomo oliendo el caro aroma que desprendía.
Pum
Llámalo.
Pum pum.
No tendrás otra oportunidad.
Pum pum pum.
Deja de mentirte.
Llámalo.
Pum pum.
No tendrás otra oportunidad.
Pum pum pum.
Deja de mentirte.
— … solo un momento para descubrir que es una absurda ilusión — comentó para si misma yendo al mueble dónde descansaban sus Den Den Mushis — … es como cuando Algodón de Azúcar le hace el tratamiento a mis escamas. Duele pero mientras más rápido vaya más rápido él termina. Entonces, mientras más rápido descarte lo que él genera a mi cuerpo, más fácil será romper ese papel en mil pedazos y no volver a verlo nunca más… a su sonrisa, a su mirada, a la complicidad de nuestros silencios… todo eso mal, muy mal… los hombres solo te usan tonto atún — comenzó recordando los tratamientos con el hermoso médico, luego suspiró recordando al marine y por último se reprochó esas palabras que no sonaron confundas sino patéticas llenas de miel — … una llamada amiguito — tomo a la piruleta empezando a marcar, con cada “clic” su corazón hacia “pum” — ¡No! — negó colgando sin terminar, y dejando al animal en su cojín — ¿Qué le digo? No puedo solo llamar. Piensa María, Piensa — golpeó su cabeza mientras daba vueltas por la habitación… ¿Por qué le resultaba tan difícil llamarlo? Un misterio hasta para ella.
Día 07, Año 18.
Primavera.
Hora: 12:00 a.m.
Habitación de María Merlot, Skypiea.
Primavera.
Hora: 12:00 a.m.
Habitación de María Merlot, Skypiea.
La mestiza decidió vestirse. Terminó tomando un color que le gustaba mucho y que pensaba combinaba con su tono de piel y cabello, y con las estrellas: amarillo. Una falda estampada con margaritas azules y blancas. Solo fue coincidencia, no tenía nada que ver con un hombre de rasgos similares. Una camisa blanca con holanes que deja al descubierto sus hombros con preciosas escamas celestes. Unas zapatillas deportivas. Su largo cabello lo recogio en una cola alta que dejaba escapar su flequillo. En su muslo derecho un liguero con una preciosa joya en tono cerúleo, nuevamente, coincidencia. Un accesorio aquí, otro allá y su anillo dorado en el anular no podía faltar.
Se dirigió al buró, dónde estaban las pulseras de tela. Tomo la suya de siete puntos en color azul celeste y se la puso en la muñeca izquierda. Luego tomo la azul con bordados blancos, la tuvo entre sus manos unos segundos, la llevó a sus labios — … una absurda ilusión — musitó contra la suavidad de la tela y dejando un sincero beso en esta — … un momento nada más, es todo lo que necesito para descubrir que solo somos un par de desconocidos, sin nada en común, con todo en contra… — intentó convencerse, esas palabras le causaron incomodidad… ¿por qué? Debería ser lo contrario, ser feliz de no sentir nada hacia un enemigo jurado.
Otra vez al mueble, otra vez tomó a la piruleta, otra vez marcó al marine. Con la pulsera en la mano y el Bere Bere Bere de fondo espero el inicio del fin. Cuando respondieron al otro lado... era la voz era la del Malvavisco. ¿Quién mas sino, verdad? Por un momento se quedo sin aliento.
Se dirigió al buró, dónde estaban las pulseras de tela. Tomo la suya de siete puntos en color azul celeste y se la puso en la muñeca izquierda. Luego tomo la azul con bordados blancos, la tuvo entre sus manos unos segundos, la llevó a sus labios — … una absurda ilusión — musitó contra la suavidad de la tela y dejando un sincero beso en esta — … un momento nada más, es todo lo que necesito para descubrir que solo somos un par de desconocidos, sin nada en común, con todo en contra… — intentó convencerse, esas palabras le causaron incomodidad… ¿por qué? Debería ser lo contrario, ser feliz de no sentir nada hacia un enemigo jurado.
Otra vez al mueble, otra vez tomó a la piruleta, otra vez marcó al marine. Con la pulsera en la mano y el Bere Bere Bere de fondo espero el inicio del fin. Cuando respondieron al otro lado... era la voz era la del Malvavisco. ¿Quién mas sino, verdad? Por un momento se quedo sin aliento.
Pum.
¿Colgaba?
Pum pum.
No.
Pum pum pum.
¡Habla!
¿Colgaba?
Pum pum.
No.
Pum pum pum.
¡Habla!
— Buenas noches, Señor Malvavisco — sonrió adoptando una voz muy seria, no estaba lista para decirle que era ella y la razón de por qué lo llamo, aunque… ¿él reconocería su voz y su apodo, no? — Lo estamos llamando de la Oficina de Atención al Ciudadano Terrestre. Requerimos de sus buenos oficios para responder una breve encuesta que nos permitirá hacer más satisfactoria su estancia en el cielo — su voz se volvió traviesa, sin dejar de ser encantadora — … Pregunta uno: ¿Qué tan aburrido se encuentra en este momento? Pregunta dos: ¿Describa su vestimenta actual? Pregunta tres: ¿Le gustaría conocer la vida nocturna entre las nubes? Pregunta cuatro: Si tuviera que elegir entre un ángel negro y uno blanco para conocerla… ¿Por qué escogería a la sirena? Pregunta cinco: ¿Dónde nos vemos para comernos… — hizo una pausa sonriendo con el juego de palabras — … el arroz, el que tenemos pendiente, por supuesto... — aclaró con una sonrisa para si misma un poco nerviosa. La verdad, no sabía que esperar pero lo que resultará le daría luz sobre si eran amigos, enemigos o algo más.
ESQUIZO ESQUIZO MERLOT
Karma Fanático: Hyakinthos.
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