10-09-2026, 07:41 PM
El porte erguido de la birka hedía a domesticación. Demasiado recto, demasiado recompuesto por la voluntad ciega de sobreponerse a su deseo, como si su inteligencia hubiera impuesto un orden sobre las fuerzas contrapuestas que, bajo su piel, la desgarraban fibra a fibra, intentando tirar de ella en direcciones opuestas. Primero, en la forma de respirar: en la sosegación de un movimiento contenido que fracasaba una y otra vez, haciendo que el pecho vuelva a levantarse por sí solo. Después, en los espasmos musculares de los brazos, replegándose lentamente hasta marcarse bajo la piel y, junto al suspiro, volviendo a relajarse en un acto reflejo semejante al de un felino agazapado que se está preparando para atacar.
¿Realmente se podía contener?
Su sangre bullía en sus músculos mientras un pasional zumbido estallaba con violencia martilleando sus orejas. Entonces, decidió inclinarse ligeramente hacia adelante, mostrando su cuello bronceado bañado por la luz artificial, hinchándose con un suspiro. Qué iba a hacer era un misterio que ni siquiera ella misma habría sabido resolver pues, tan pronto como inició el movimiento, Maki la empujó con suavidad, y Bai no opuso resistencia. Al contrario. Su cuerpo cedió al contacto, obedeciendo a una nueva orden de contención, como si aquella fuerza ajena le recordara que todavía debía luchar por recuperar el control.
Y, mientras retrocedía, su mirada se fue apagando hasta que, de pronto, el aire le pareció helado al rozarle la piel. Al mismo tiempo, su pecho descendió lentamente y sus pupilas volvieron a su tamaño habitual.
Todo había desaparecido.
Ya no sentía nada. Ni el martilleo en sus sienes ni las emociones que Maki desprendía bajo el influjo del Kebun. El mundo había enmudecido y el aire se había enturbiado hasta enrarecerle los pulmones. Solo entonces se dio cuenta de su propia limitación física: la sombra del deseo había sido tan grande por un instante que Bai se había sentido perdida en un mar de emociones que ni siquiera sabía que podía albergar.
Ahora, sin embargo, aquel mar se había retirado de golpe, dejándole el cuerpo hueco, vacío, como si alguien le hubiese arrancado algo desde dentro y no hubiera dejado nada en su lugar. Bai suspiró con levedad. Sus labios temblaron bajo su propio hálito ardiente mientras pensaba que había sido una idiota por olvidar que el roce de la carne no definía el fenómeno de la necesidad.
Bai suspiró con levedad. Sus labios temblaron bajo su propio hálito ardiente mientras pensaba que había sido una idiota por olvidar que el roce de la carne no definía el fenómeno de la necesidad.
Sonrió.
Fue un gesto vacío, cargado de la amarga soledad que la acompañaba desde que abandonó su hogar y que, en cambio, intentaba calmar lo que ella pensaba que podía ser el inicio de una desagradable tensión.
Y todo porque ella había entendido mal la situación.
—Se que es… precipitado, pero… quieres ir a otro lugar? Uno más… tranquilo?
Bai acentuó aún más la sonrisa.
Le hubiera encantado que le dijera que todo estaba bien, que aquello solo era un error de su intelectualidad y sus procesos mentales pero, ella, no se equivocaba. No había espacio para el error en su vida, como mucho, —y eso no era ni mucho menos un tipo de error—, para la contradicción.
Después, sus dedos se cerraron alrededor del libro y, más tarde, buscaron la mano de la muchacha para ayudarse a levantar. Al hacerlo, su mano ardió de nuevo ante el contacto y en ella volvió a crecer un hambre atroz e insaciable que deseaba controlar. Y, sin embargo, Bai no podía dejar de apretarla cariñosamente, prolongando un contacto del que pronto sus dedos se embriagaron. Sí: asiaba retenerla tanto o más de lo que deseaba dominarse a sí misma. Así que simplemente se puso en pie y, sintiendo cómo de nuevo el deseo se replegaba, hizo gala de la docilidad lánguida del animal agotado que era y dejó de luchar.
Había una puerta frente a ella. Una puerta bastante más grande que las de alrededor, abierta de par en par como las fauces de un animal. De ellas escapaba un aliento espeso y caliente que arrastraba consigo un fétido olor a taberna, donde el amalgamado perfume de la comida, el alcohol y la gente se mezclaba hasta volverse casi tangible. Por momentos, el edificio bostezaba. Y de las ventanas, abiertas y con las apersiadas lenguas hacia afuera, escupía el olor grasa caliente junto al ácido rastro del sudor en su contenido aliento.
Y Bai, observaba desde afuera.
Una posición privilegiada desde donde escuchar el estrépito constante de voces que se superponían unas a otras muy por encima del tintineo de vasos y cubiertos.
Pero ¿por qué estaba ahí cuando ni siquiera recordaba haberse detenido frente al local, observando el vaivén de la gente en su interior? Y, sin embargo, allí estaba como si sus pasos, más que los de su compañera, hubieran decidido que aquel era el mejor lugar para que nada de lo que había pasado se pudiera considerar real.
—Maki...
El nombre flotó en el aire, quedando suspendido junto al aliento del animalesco edificio que tenían enfrente, mientras su mano, apenas consciente, buscaba la ajena en un gesto tan natural como absurdo.
—Bai... K'sa —informó, rogándole que no le recordara que no quería tocarla—. Maki, k'sa —añadió, queriendo darle a entender que prefería separarse de ella antes que tener que sentirse humillada por el error de haberse equivocado a la hora de leerla.
Y, aun con aquella declaración, su pulgar se movía en círculos sobre el dorso de la mano ajena, sin llegar a reparar en que llevaba haciéndolo desde el primer momento.
¿Realmente se podía contener?
Su sangre bullía en sus músculos mientras un pasional zumbido estallaba con violencia martilleando sus orejas. Entonces, decidió inclinarse ligeramente hacia adelante, mostrando su cuello bronceado bañado por la luz artificial, hinchándose con un suspiro. Qué iba a hacer era un misterio que ni siquiera ella misma habría sabido resolver pues, tan pronto como inició el movimiento, Maki la empujó con suavidad, y Bai no opuso resistencia. Al contrario. Su cuerpo cedió al contacto, obedeciendo a una nueva orden de contención, como si aquella fuerza ajena le recordara que todavía debía luchar por recuperar el control.
Y, mientras retrocedía, su mirada se fue apagando hasta que, de pronto, el aire le pareció helado al rozarle la piel. Al mismo tiempo, su pecho descendió lentamente y sus pupilas volvieron a su tamaño habitual.
Todo había desaparecido.
Ya no sentía nada. Ni el martilleo en sus sienes ni las emociones que Maki desprendía bajo el influjo del Kebun. El mundo había enmudecido y el aire se había enturbiado hasta enrarecerle los pulmones. Solo entonces se dio cuenta de su propia limitación física: la sombra del deseo había sido tan grande por un instante que Bai se había sentido perdida en un mar de emociones que ni siquiera sabía que podía albergar.
Ahora, sin embargo, aquel mar se había retirado de golpe, dejándole el cuerpo hueco, vacío, como si alguien le hubiese arrancado algo desde dentro y no hubiera dejado nada en su lugar. Bai suspiró con levedad. Sus labios temblaron bajo su propio hálito ardiente mientras pensaba que había sido una idiota por olvidar que el roce de la carne no definía el fenómeno de la necesidad.
Bai suspiró con levedad. Sus labios temblaron bajo su propio hálito ardiente mientras pensaba que había sido una idiota por olvidar que el roce de la carne no definía el fenómeno de la necesidad.
Sonrió.
Fue un gesto vacío, cargado de la amarga soledad que la acompañaba desde que abandonó su hogar y que, en cambio, intentaba calmar lo que ella pensaba que podía ser el inicio de una desagradable tensión.
Y todo porque ella había entendido mal la situación.
—Se que es… precipitado, pero… quieres ir a otro lugar? Uno más… tranquilo?
Bai acentuó aún más la sonrisa.
Le hubiera encantado que le dijera que todo estaba bien, que aquello solo era un error de su intelectualidad y sus procesos mentales pero, ella, no se equivocaba. No había espacio para el error en su vida, como mucho, —y eso no era ni mucho menos un tipo de error—, para la contradicción.
Después, sus dedos se cerraron alrededor del libro y, más tarde, buscaron la mano de la muchacha para ayudarse a levantar. Al hacerlo, su mano ardió de nuevo ante el contacto y en ella volvió a crecer un hambre atroz e insaciable que deseaba controlar. Y, sin embargo, Bai no podía dejar de apretarla cariñosamente, prolongando un contacto del que pronto sus dedos se embriagaron. Sí: asiaba retenerla tanto o más de lo que deseaba dominarse a sí misma. Así que simplemente se puso en pie y, sintiendo cómo de nuevo el deseo se replegaba, hizo gala de la docilidad lánguida del animal agotado que era y dejó de luchar.
***
Había una puerta frente a ella. Una puerta bastante más grande que las de alrededor, abierta de par en par como las fauces de un animal. De ellas escapaba un aliento espeso y caliente que arrastraba consigo un fétido olor a taberna, donde el amalgamado perfume de la comida, el alcohol y la gente se mezclaba hasta volverse casi tangible. Por momentos, el edificio bostezaba. Y de las ventanas, abiertas y con las apersiadas lenguas hacia afuera, escupía el olor grasa caliente junto al ácido rastro del sudor en su contenido aliento.
Y Bai, observaba desde afuera.
Una posición privilegiada desde donde escuchar el estrépito constante de voces que se superponían unas a otras muy por encima del tintineo de vasos y cubiertos.
Pero ¿por qué estaba ahí cuando ni siquiera recordaba haberse detenido frente al local, observando el vaivén de la gente en su interior? Y, sin embargo, allí estaba como si sus pasos, más que los de su compañera, hubieran decidido que aquel era el mejor lugar para que nada de lo que había pasado se pudiera considerar real.
—Maki...
El nombre flotó en el aire, quedando suspendido junto al aliento del animalesco edificio que tenían enfrente, mientras su mano, apenas consciente, buscaba la ajena en un gesto tan natural como absurdo.
—Bai... K'sa —informó, rogándole que no le recordara que no quería tocarla—. Maki, k'sa —añadió, queriendo darle a entender que prefería separarse de ella antes que tener que sentirse humillada por el error de haberse equivocado a la hora de leerla.
Y, aun con aquella declaración, su pulgar se movía en círculos sobre el dorso de la mano ajena, sin llegar a reparar en que llevaba haciéndolo desde el primer momento.
Información
Bai Mudan
PROCESAMIENTO DEL VACÍO
⚖️ Capitana del Wu Wei
฿105,000,000
Nv.23 — Silogista
Virtudes
Vicios
