La situación era embarazosa, no, lo siguiente, demasiada pena me da tener que estar así frente a otro hombre. Lo único que me hacía tener la calma era que era un hombre médico, pero también es que es un hombre muy bello. Demasiado bello, verlo en su pijama me recordó esa vez que dormimos juntos, pues recordé esa silueta. Es como si no hubiera cambiado casi nada en todos estos años.
Claro sus palabras me recordaron que no es capaz de reconocerme. — Ese mismo doc. — Claro, él pronunció mali nombre, pero es que poco me importaba, él me podía llamar parangaricutirimicuaro y yo no iba a decir nada en absoluto. Una mirada en lo que soportaba las punzadas eléctricas que recorren mi cuerpo y explotan en un dolor de cabeza que no cesa. Temo hablar demasiado ya que es impredecible cuando va a venir el siguiente. Mi mandibula se siente rara y parece que estoy tiritando por como suenan mis diente, pero es que por mucho que yo deseara tener el control mi cuerpo siempre daba señales claras de que no podría contener esta sensación.
Sus palabras se deformaban en mi cabeza, yo lo oía claramente pero pensaba que sus preguntas no eran de sí o no. Parecía más que necesitaba saber otra cosa, una mirada perdida, alejada de su agudeza usual. Se movió como un titere torpe se tropieza con las sillas y las mesas hasta encontrar dejar su cuerpo sobre la misma. Era el mueble más alto que para su altura era como una silla algo bajita. Me recosté en la pared y quedó a la vista aquella pieza que mostraba los síntomas de mi enfermedad.
No es que yo me alabar, ni que quisiera dar una descripción detallada de él, pero normalmente era hermoso, quizá un poco fuera de dimensiones, pero no tenía aspecto raro ni deforme. Yo lo cuido mucho y lo llevo solo a lugares saludables. El me ayudó mucho en mi pasado a sobrevivir, así que le debo el aguantar lo suficiente, pero ahora mismo yo deseaba que descansara un poco.
— No me hace falta tomar cosas, siempre rindo… —
Claro, son palabras de un hombre dolorido y herido, como insinúa que yo tomo de las que no aprueban el antidopaje. Me dejó y dijo que no me moviera, pero es que dolía demasiado y yo no lo estaba manejando nada bien. Claro que me quité la ropa, que creen que iba a quedarme allí sufriendo con mi compañero en las malas. Además estaba sudando, sofocado, necesita respirar un poco y si el doc me dice algo yo me taparé.
El dolor supera al pudor, lo siento mucho Yakinthos.
Me estiré hacia él lo más que púde hasta que a mi mano llegó aquella bola fría que pesaba más que una mente intranquila. Una tortura de Wano. De mi brazos casi se cae el hielo y luché una y otra vez para que no se resbalara. No porque fuera grande si no porque mi mano tenía una proporción un poco mayor, era un poco torpe, para esa bolsita.
— Maaaas…—
Solicité plañendo y jadeando repetidas veces. Es como si estuviera corriendo un maratón o algo así, me faltaba el aire, sentía que no podía regular mi propia temperatura. Pase de estar prácticamente acostado sobre la mesa para buscar recostarme nuevamente. Colocando el hielo sobre mi ombligo, bajando muy paulatinamente.
—Doc… Yo. Nosé… creo, de que llegué o, el día despues. — Era mas que agotador el esfuerzo. Aunque el frío me generó una sensación de alivio inmediata. Claro lo baje hasta una zona donde no tocaba de manera directa, pero el frío estaba tan próximo que se contagió.
Ciertamente desde mi encuentro con la señorita Maki, mi artista favorita en todo el mundo, era más que evidente, que desde ese momento yo debí sospechar que estaba mal. Pero lo cierto es que para mi Maki era una mujer que despertaba mi apetito sexual en todos los niveles. Yo solo creí que era lo normal, aunque, eso de que esté calva no es todo lo mío, me gustaba más su cabello de antes.
Comencé a sentirme cansado y bien mi mástil no se bajaba, me costaba pensar con claridad. Creo que dormirme era la mejor manera de que se me pasara el rato. Acerqué hasta las zonas cerca de mi pelvis y me dijeron que si me acercaba más lo pagaría con intereses. — ¿Doc, yo le dije lo guapo que es? —
Le hablé desde el fondo de mi corazón. No sabía ni por qué me estaba expresando así con él. El frío por unos instantes me hizo calmar los corrientazos, pero aquello no bajaba por las buenas, al menos yo no podía ver que tan efectivo estaba siendo. — sakvene — (Sálvame) Me atragantaba con mi propia saliva y tragaba. Era más que evidente que no le pude seguir del todo esa cuestionario.
No inventé en tratar de momento y mis ojos podrían irse a blanco que no me daban algo ahora mismo. La otra parte del desayuno se me había quedado así que tendría que ir de vuelta hasta el camión.
—¿Me vo’ a mori? —
Imagina de todo lo que me iba a perder si la palmaba, ahora que ya había conseguido personas con las que compartir y tener experiencia juntos. No me podía morir de una pitosis. Seguramente sería el bochorno de todas las citas médicas que se le había solicitado seguramente. Aun así quería escuchar que decían sus palabras melodiosas y solo que no las entendía del todo.
Plumas negras de un hombre hermoso
