01-10-2026, 11:08 PM
(Última modificación: 02-10-2026, 12:37 PM por Max D. Bambú.)
—¿Jazoquen? —Preguntó incrédulo Ibrahim cuando Quetzalli habló de su maestro Puto Jeta, o algo así le sonó. No debía de ser muy agradable entrenar con él. O a lo mejor era de estos que te venían diciendo que lo pagabais todo a medias y luego lo acababas pagando tú. Una vergüenza, la verdad, pero Quetzalli Jr. estaba a punto de invitar a Ibrahim a desayunar y no quería faltarle a respeto. —Vaya. No zé qué ez ezo del Jazoquen pero zeguro que ahora ez uzté un maeztro. —Fue lo único que comentó con cierta solemnidad.
Ya en el bar de Andrés, mientras éste les estaba tomando nota a los caballeros, Quetzalli Jr. le dejó bien claro que hoy ellos iban a ser los únicos clientes. Al menos hasta que se fueran. Y a cambio Andrés, trágicamente ahora conocido como Antonio, ganaría una cantidad de dinero mucho mayor a lo habitual en su castigado negocio de aspecto griego. Por algún motivo, los colores azul y blanco no gustaban tanto en aquella isla debido a sus asquerosamente positivas connotaciones, aunque el tabernero anteriormente conocido como Andrés encontraba bonito el uso que le había dado al dorado. Quizás podría mantenerlo y cambiar drásticamente los blanco-azulados por rojinegros, que parecían más de moda en aquel lugar alejado de la mano de Nika. —Un juguito de mango sin azúcar y unos huevitos divorciados para el señor Heraldo. ¿Algo más para ti Ibrahim? No me ofenda al Heraldo pidiendo de menos y quedando con hambre, oiga. —Le interpeló Andrestonio a Ibrahim. —Ay puez zi noz ponemoz azí... Ponme unaz Kagianaz de ezaz que hacez tan bien. —El viejo sonrió ampliamente ante aquel pedido, parecía ser su especialidad. Los huevos divorciados no tanto, pero llevaba ya un tiempo largo de hostelero en aquella isla y había aprendido de otros establecimientos cómo se hacen los platos favoritos de los jefazos por si algún día necesitaba quedar bien. Aquel era su momento. Antoñés fue a cerrar la puerta del local, le dio la vuelta al cartelito de la puerta para anunciar que por hoy estaban cerrados y se desapareció detrás de la barra a un cuartucho que sin duda debía de ser la cocina. Los olores especiados que salían de su interior no tardaron en inundar la estancia con su delicioso aroma.
—Por dónde empiezo... Creo que mejó por el principio, jejei, ezpero no impacientarle con mi hiztoria. —Empezó Ibrahim, que se inclinó sobre la mesa y miró a Quetzalli con su único ojo a la cara. —Yo llevo ziendo pirata dezde que era un jovenzuelo. La verdá que nunca me fue mal, en abzoluto, dezde el wezt blue de donde yo le vengo Heraldo hazta el Grand Line y luego el Nuevo Mundo no me llevé máz que victoriaz conmigo. Para cuando llegué a eztoz marez yo ya no era ningún chaval, tenía cuarenta y tantoz añoz y ahora tengo ciencuenta y largoz. Haga laz cuentaz Heraldo, que yo no zé, pero he vivido mucho por eztoz larez. —El escandaloso sonido del aceite hirviendo bajo los huevos en una sartén irrumpió en la habitación, pero la historia de Ibrahim lo apartaba como si fuera una minúscula mosca. —Todo lo que hace falta ez un día zin zuerte. Perdí un ojo en una pelea en medio del mar contra otroz pirataz. A partir de ahí me pazó de todo. —Ibrahim se echó un poco hacia atrás. De fondo, el tarareo de Antrés se escuchaba desde la cocina mientras emplataba sus creaciones. Ibrahim se levantó la camisa de tela barata que llevaba y desveló su torso lleno de cicatrices. Quetzalli no era médico, pero no había que serlo para identificar la mayoría como puñaladas o disparos. Que Ibrahim siguiera vivo y caminando sin ayuda era tanto un milagro como un testimonio de la fuerza que tuvo que tener en su juventud. —Perdé un ojo como pirata ez buzcarze la ruina, ze lo digo yo. Cazi todaz eztaz puñaladaz laz evitaba yo con un manotazo azí. —Hizo un gesto con su mano con el que pretendía golpear a un maleante invisible que se le acercaba por la izquierda. Su derecha, sin embargo, estaba completamente ciega. El problema eran los maleantes que le venían por la derecha. —Uzté zabe, uno zólo puede jugarze la vida tantaz vecez como ezta le dure. —Ibrahim hablaba con solemnidad, miraba a Quetzallli como lo que era: un perro callejero que ha sufrido ya demasiadas palizas y casi no tiene fuerzas ni para ladrar.
Antronio llegó con los pedidos dispuestos en una elegante bandeja de piedra pulida, el mismo tipo de piedra que podía admirarse en las edificaciones de la isla y que era típica del lugar. Le presentó al Heraldo sus huevos divorciados con un aspecto espectacular. Uno de los huevos reposaba sobre chilaquiles bañados en una salsa roja brillante y el otro sobre otros chilaquiles en salsa verde. A los huevos los separaba una densa muralla de frijoles acompañados de carne medio cocida. Para beber dispuso un vaso vacío y una jarra rebosante de zumo de mango fresco, la jarra debía de haber estado congelada, porque la condensación que se había formado en su exterior era exagerada. Llenó el vaso del pirata de zumo y dejó la jarra a un lado en la misma mesa. A Ibrahim le sirvió unas Kagianas, que eran huevos revueltos con tomate, especias y un queso muy especial. También le sirvió una copita de vino del bueno y dejó la botella en la mesa junto con la jarra de zumo. Por último, unas patatitas bravas para acompañar toda la composición entre ambos platos. —Que disfruten los caballeros. Me tienen en la barra atento por si necesitan algo más. —Y con la elegancia de estos camareros de viejo se retiró a sus quehaceres.
Ibrahim revolvió ligeramente su plato con su tenedor antes de probar las Kagianas. —Ezpectacular. —Elogió el viejo pirata. —Coma uzté Heraldo, que yo le zigo contando. Que aproveche. —Echó un traguito de vino antes de seguir con su historia. —La verdá que hace unoz mezez empecé a tener miedo por mi vida. Fue poco dezpuéz de que uzté y la Catáztrofe puziérais de pataz arriba la izla limpiándola de idiotaz que ze ponen en vueztra contra. Uno de loz que ze quedó zin caza me atracó, no le culpo... —Volvió a levantarse la camisa una vez más, la cual se había bajado cuando Antonio llegó a atenderles la mesa. Una de las heridas era muy reciente, estaba en su costado izquierdo. —Ya vez como eztán laz cozaz, un mocozo me pegó la puñalada que cazi me mata por unaz monedaz. Dezde entoncez tengo que dormir del lado derecho. —Y no le gustaba, se notaba por su tono de voz que no le gustaba en absoluto dormir de ese lado. Se le hacía incómodo. —Me deprimí baztante. Dejé de zalir de noche porque ez máz peligrozo, azí que ya zolo zalía de día, tempranito por la mañana que eztán todoz canzadoz y zin muchaz ganaz de robar. Pazeaba por el puerto igual que me encontró uzté hoy, pero peor. Máz dezganao. Fue entoncez cuando la encontré. —Sostuvo el colgante con su mano izquierda y lo levantó ligeramente para mirarlo con su ojo. En su mirada brilló un destello de admiración por la figura que en la joya se representaba. —Encontré un navío muy bonito, blanco como el marfil, y dezde la cubierta me llamó un zeñor no mucho máz joven que yo. Me dijo que tenía mala cara y que me vendría bien un poco de compañía. Me invitó a zu barco y, no le mentiré Heraldo, me zubí de mala gana porque me daba miedo ir yo zolo. Igual me mataban ahí mizmo y ze acabó la vida para mí. Pero no, el zeñor Iztaka fue muy amable conmigo, me llevó a una de la bodegaz del barco que no era una bodega, zino una capilla a Nueztra Zeñora la Zanta Muerte. Había máz gente allí, todaz perzonaz dezamparadaz. Allí Iztaka noz habló a todoz de la Zanta Muerte, que noz protege a tóz. Que cuando morimoz, zi zomoz fielez a ella, ella mizma viene a recogernoz y noz lleva a un lugar mejó. —Ibrahim sonríe en este momento con ternura recordando la escena. —Me regaló ezte colgante, azí como zi nada. ¡Plata de la buena, ojo! —Lo levantó un poco más y se lo acercó a Quetzalli para que lo viera bien. —La verdá que nunca nadie me había regalao na. —Confesó el bandido antes de besar el colgante y dejarlo reposar de nuevo. —Azí encontré a la Zanta Muerte. Ezto fue hace poco máz de una zemana, creo. Lo ziento zi ezperaba de mí una vida de devoción, creo que llego tarde ya jejei. —Y tras contar toda su historia y mientras Quetzalli elaboraba una respuesta, Ibrahim empezó a desayunar tranquilamente, echándole un ojo a su interlocutor de vez en cuando.
Ya en el bar de Andrés, mientras éste les estaba tomando nota a los caballeros, Quetzalli Jr. le dejó bien claro que hoy ellos iban a ser los únicos clientes. Al menos hasta que se fueran. Y a cambio Andrés, trágicamente ahora conocido como Antonio, ganaría una cantidad de dinero mucho mayor a lo habitual en su castigado negocio de aspecto griego. Por algún motivo, los colores azul y blanco no gustaban tanto en aquella isla debido a sus asquerosamente positivas connotaciones, aunque el tabernero anteriormente conocido como Andrés encontraba bonito el uso que le había dado al dorado. Quizás podría mantenerlo y cambiar drásticamente los blanco-azulados por rojinegros, que parecían más de moda en aquel lugar alejado de la mano de Nika. —Un juguito de mango sin azúcar y unos huevitos divorciados para el señor Heraldo. ¿Algo más para ti Ibrahim? No me ofenda al Heraldo pidiendo de menos y quedando con hambre, oiga. —Le interpeló Andrestonio a Ibrahim. —Ay puez zi noz ponemoz azí... Ponme unaz Kagianaz de ezaz que hacez tan bien. —El viejo sonrió ampliamente ante aquel pedido, parecía ser su especialidad. Los huevos divorciados no tanto, pero llevaba ya un tiempo largo de hostelero en aquella isla y había aprendido de otros establecimientos cómo se hacen los platos favoritos de los jefazos por si algún día necesitaba quedar bien. Aquel era su momento. Antoñés fue a cerrar la puerta del local, le dio la vuelta al cartelito de la puerta para anunciar que por hoy estaban cerrados y se desapareció detrás de la barra a un cuartucho que sin duda debía de ser la cocina. Los olores especiados que salían de su interior no tardaron en inundar la estancia con su delicioso aroma.
—Por dónde empiezo... Creo que mejó por el principio, jejei, ezpero no impacientarle con mi hiztoria. —Empezó Ibrahim, que se inclinó sobre la mesa y miró a Quetzalli con su único ojo a la cara. —Yo llevo ziendo pirata dezde que era un jovenzuelo. La verdá que nunca me fue mal, en abzoluto, dezde el wezt blue de donde yo le vengo Heraldo hazta el Grand Line y luego el Nuevo Mundo no me llevé máz que victoriaz conmigo. Para cuando llegué a eztoz marez yo ya no era ningún chaval, tenía cuarenta y tantoz añoz y ahora tengo ciencuenta y largoz. Haga laz cuentaz Heraldo, que yo no zé, pero he vivido mucho por eztoz larez. —El escandaloso sonido del aceite hirviendo bajo los huevos en una sartén irrumpió en la habitación, pero la historia de Ibrahim lo apartaba como si fuera una minúscula mosca. —Todo lo que hace falta ez un día zin zuerte. Perdí un ojo en una pelea en medio del mar contra otroz pirataz. A partir de ahí me pazó de todo. —Ibrahim se echó un poco hacia atrás. De fondo, el tarareo de Antrés se escuchaba desde la cocina mientras emplataba sus creaciones. Ibrahim se levantó la camisa de tela barata que llevaba y desveló su torso lleno de cicatrices. Quetzalli no era médico, pero no había que serlo para identificar la mayoría como puñaladas o disparos. Que Ibrahim siguiera vivo y caminando sin ayuda era tanto un milagro como un testimonio de la fuerza que tuvo que tener en su juventud. —Perdé un ojo como pirata ez buzcarze la ruina, ze lo digo yo. Cazi todaz eztaz puñaladaz laz evitaba yo con un manotazo azí. —Hizo un gesto con su mano con el que pretendía golpear a un maleante invisible que se le acercaba por la izquierda. Su derecha, sin embargo, estaba completamente ciega. El problema eran los maleantes que le venían por la derecha. —Uzté zabe, uno zólo puede jugarze la vida tantaz vecez como ezta le dure. —Ibrahim hablaba con solemnidad, miraba a Quetzallli como lo que era: un perro callejero que ha sufrido ya demasiadas palizas y casi no tiene fuerzas ni para ladrar.
Antronio llegó con los pedidos dispuestos en una elegante bandeja de piedra pulida, el mismo tipo de piedra que podía admirarse en las edificaciones de la isla y que era típica del lugar. Le presentó al Heraldo sus huevos divorciados con un aspecto espectacular. Uno de los huevos reposaba sobre chilaquiles bañados en una salsa roja brillante y el otro sobre otros chilaquiles en salsa verde. A los huevos los separaba una densa muralla de frijoles acompañados de carne medio cocida. Para beber dispuso un vaso vacío y una jarra rebosante de zumo de mango fresco, la jarra debía de haber estado congelada, porque la condensación que se había formado en su exterior era exagerada. Llenó el vaso del pirata de zumo y dejó la jarra a un lado en la misma mesa. A Ibrahim le sirvió unas Kagianas, que eran huevos revueltos con tomate, especias y un queso muy especial. También le sirvió una copita de vino del bueno y dejó la botella en la mesa junto con la jarra de zumo. Por último, unas patatitas bravas para acompañar toda la composición entre ambos platos. —Que disfruten los caballeros. Me tienen en la barra atento por si necesitan algo más. —Y con la elegancia de estos camareros de viejo se retiró a sus quehaceres.
Ibrahim revolvió ligeramente su plato con su tenedor antes de probar las Kagianas. —Ezpectacular. —Elogió el viejo pirata. —Coma uzté Heraldo, que yo le zigo contando. Que aproveche. —Echó un traguito de vino antes de seguir con su historia. —La verdá que hace unoz mezez empecé a tener miedo por mi vida. Fue poco dezpuéz de que uzté y la Catáztrofe puziérais de pataz arriba la izla limpiándola de idiotaz que ze ponen en vueztra contra. Uno de loz que ze quedó zin caza me atracó, no le culpo... —Volvió a levantarse la camisa una vez más, la cual se había bajado cuando Antonio llegó a atenderles la mesa. Una de las heridas era muy reciente, estaba en su costado izquierdo. —Ya vez como eztán laz cozaz, un mocozo me pegó la puñalada que cazi me mata por unaz monedaz. Dezde entoncez tengo que dormir del lado derecho. —Y no le gustaba, se notaba por su tono de voz que no le gustaba en absoluto dormir de ese lado. Se le hacía incómodo. —Me deprimí baztante. Dejé de zalir de noche porque ez máz peligrozo, azí que ya zolo zalía de día, tempranito por la mañana que eztán todoz canzadoz y zin muchaz ganaz de robar. Pazeaba por el puerto igual que me encontró uzté hoy, pero peor. Máz dezganao. Fue entoncez cuando la encontré. —Sostuvo el colgante con su mano izquierda y lo levantó ligeramente para mirarlo con su ojo. En su mirada brilló un destello de admiración por la figura que en la joya se representaba. —Encontré un navío muy bonito, blanco como el marfil, y dezde la cubierta me llamó un zeñor no mucho máz joven que yo. Me dijo que tenía mala cara y que me vendría bien un poco de compañía. Me invitó a zu barco y, no le mentiré Heraldo, me zubí de mala gana porque me daba miedo ir yo zolo. Igual me mataban ahí mizmo y ze acabó la vida para mí. Pero no, el zeñor Iztaka fue muy amable conmigo, me llevó a una de la bodegaz del barco que no era una bodega, zino una capilla a Nueztra Zeñora la Zanta Muerte. Había máz gente allí, todaz perzonaz dezamparadaz. Allí Iztaka noz habló a todoz de la Zanta Muerte, que noz protege a tóz. Que cuando morimoz, zi zomoz fielez a ella, ella mizma viene a recogernoz y noz lleva a un lugar mejó. —Ibrahim sonríe en este momento con ternura recordando la escena. —Me regaló ezte colgante, azí como zi nada. ¡Plata de la buena, ojo! —Lo levantó un poco más y se lo acercó a Quetzalli para que lo viera bien. —La verdá que nunca nadie me había regalao na. —Confesó el bandido antes de besar el colgante y dejarlo reposar de nuevo. —Azí encontré a la Zanta Muerte. Ezto fue hace poco máz de una zemana, creo. Lo ziento zi ezperaba de mí una vida de devoción, creo que llego tarde ya jejei. —Y tras contar toda su historia y mientras Quetzalli elaboraba una respuesta, Ibrahim empezó a desayunar tranquilamente, echándole un ojo a su interlocutor de vez en cuando.
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