Fly On | Presente Relativo
#6
Narrador / María Merlot



Sentada sobre el borde de la fuente, la acompañaba la banda sonora de esa noche en Skypeia compuesta por el fluir del agua, la brisa moviendo las flores y su pecho palpitante con antelación. La diestra de la mestiza se movió por la superficie dejando una estela sobre la misma que le recordó a su estado actual, en el exterior parecía tranquila pero en el interior sus pensamientos revoloteaban sin parar ansiando el inevitable encuentro con el Malvavisco. Esa noche descubriría, lo que se negaba a aceptar su corazón: No había nada especial, todo estaba en su imaginación, lo estaba idealizando.

Una sonrisa en los labios, sutil y soñadora.
Un movimiento negando con su cabeza.
Solo era un hombre.

Inhaló y exhaló, aunque sonó más a un suspiro chispeante de emoción, a la esencia de una enamorada esperando a su amado. ¡No! Más bien como… ¡Como ver un pastel en la vitrina de una pastelería! Si, a eso le resonaba. Con el merengue blanco y la promesa de un encuentro dulce. Una vez lo probará, iba a descubrir lo empalagoso y simple que resultaba, ajeno a ella misma y a sus propios sueños. Lo olvidaría, y continuaría con su vida. Sin dudas, eso pasaría… cumpliría con el deseo de Hyakinthos y Maki D. Zennin, de alejarse de los hombres vestidos de blanco, de los llamados marines.

Mordiendo su labio inferior, habito copiado de Algodón de Azúcar, miró su reflejo en el agua. Y más allá de este al tenue parpadeo de las inalcanzables estrellas. Con uno de sus dedos intento tocar un punto brillante en el líquido pero las ondas causadas en la superficie desdibujaron al astro. ¿Sucedería lo mismo con el Betelguese? Cuando descubrieran mas sobre el otro, cuando mostraran las terribles grietas de sus existencias. Esperaba, con todo su corazón, que él no hubiera sufrido ni la cuarta parte de lo que ella soporto… ni él ni nadie a quien llamará Nakama.

La atención volvió a su reflejo en el agua, a lo que todos veían de la mestiza. La etérea belleza de lo mejor de ambos mundos: el terrestre y el acuático. Una tonta muñeca de alegre y extrovertido trato. Con encantadoras sonrisas y atracción natural. El Malvavisco no era el que estuvo en una vitrina. Fue ella, exhibida como un delicioso manjar… al mejor postor o al peor, dependiendo del estado de ánimo de Pedro Francesco Ruíz De León Madrigal.

El dolor de la mordida en el labio la hizo despertar, alejar ese desagradable fantasma de sus recuerdos. No, ÉL ya no tenía cabida en su vida, ÉL era el pasado… su presente y futuro no sería más nunca empañado por el maldito tritón. Una risa vacía, baja y dubitativa. ¿Qué pensaría y sentiria la estrella Betelgeuse de su historia?

¿Asco?
¿Repulsión?
¿Decepción?

La garganta se le cerró de golpe, un escalofrío la recorrió y sus ojos se sintieron aguosos. No lo iba a negar, estaba consciente de su propia suciedad, de que pertenecía a la escoria de la sociedad, a esos que nadie volteaba a mirar o ayudar, quienes sus cuerpos eran usados una y otra vez para satisfacción de otros. ¿Cómo se le ocurría… intentar mancillar a una pura estrella?

¡Debía irse!
¡No!

Ya lo había tocado en la arena.
Él la había tocado en las gradas.

¡Cálmate!
Solo cumplirás tu palabra.

¡Comer arroz!
Nada más.

Él no tenía porqué saberlo nunca… lo que fue, lo que le obligaron a hacer. De pronto sintió la necesidad de bañarse, de restregarse tan fuerte con agua y jabón que la piel se tornará roja… que sangrará. A veces lo hacía, pero nunca era suficiente, no se trataba de algo que pudiese lavar… porque eran las sombras del abismo que la perseguía con ojos color “sin vida”.

Iba a levantarse, tal vez huir como una cobarde pero el reflejo de una estrella en el agua de la fuente la hizo detenerse. Resplandecía más que las otras, arrancándole de los labios una sonrisa y rescatándola, sin saberlo, de sus demonios, ansiedad y autodesprecio con un agradable recuerdo … ¿No era la Estrella de los Deseos? La que cumplía lo que anhelában los corazones. El fulgor dorado la envolvió en una calidez inexplicable, llevándola consigo por un breve instante a un distante y feliz recuerdo de su infancia…



Inicio del Flash Back.


— Se me va la sangre a la cabeza y moriré, moriré… muero, muero, muerooooo — la vocecita encantadora salió con fingido melodrama mientras llevaba una mano a la frente cerrando los ojos para darle más impacto a su actuación — … dile a Zheng que siempre recordaré sus manzanas — esta vez, una leve risa traviesa se escapo de sus labios, al tiempo que abría uno de sus orbes para mirar de reojo al enorme cangrejo rojo que la sostenía por una pierna y la mantenía de cabeza mirándola con ternura y paciencia, y también diversión.

— Se lo puedes decir tu misma mañana, Piraña — respondió con voz firme pero suave, alzándola aun más para que sus ojos se encontraran — Cuando despiertes podemos ir a ver a Zheng pero ahora a dormir. ¿Sino como piensas crecer tan grande como yo? — le habló caminando hasta la cama que le había comprado, con fundas moradas y rosadas, según la dependienta lo que más gustaba a las niñas de esa edad. Con cuidado la puso sobre esta pero antes con la pinza retiro la colcha.

— ¿De verdad llegaré a ser tan grande como tú, Levi? — preguntó con emoción brillando en sus ojos mientras se paraba en la cama y alzaba los brazos para verse más alta — … seré un leviatán enorme y seré yo la que te tome de la pierna y te haga ver el mundo al revés — comentó entre risas dejándose caer en el colchón y acomodándose al fin para dormir, el cangrejo la arropó con la colcha. No le respondió a su pregunta, hasta él sabía que la pequeña mestiza nunca crecería tanto pero si tenía que usar esa carta para que durmiera, comiera, se bañará y portará bien… la emplearía cada día por el resto de su adolescencia. ¿Es lo que todos los padres hacían, no? Educar a sus crías con un par de mentiritas piadosas, en el manual no escrito de padres primerizos estaba, seguro que si — ¿Qué cuento me leerás hoy? — los orbes ámbar se posaron sobre el gyojin quien fue por un libro, de esos que también “se suponía gustaban a las niñas”. Cuando regresó a su lado, se sentó y le mostró la portada, en ella había una bonita princesa mirando el cielo nocturno hacia la estrella más brillante del firmamento nocturno.

La voz del adulto llenó la habitación, la atención de la pequeña mestiza estaba sobre él. La historia de una princesa encerrada, un valiente príncipe y un terrible dragón la envolvió. En las últimas páginas, el príncipe ganó al dragón pero este lo hirió de muerte. La princesa entonces le pidió a la estrella más resplandeciente del cielo, que salvará a su amado. Y la extraordinaria estrella se lo concedió ¿Por qué? Porque, y de acuerdo con la fantasía de esa y toda la literatura infantil que le leía, cuando deseas algo con toda la fuerza de tu corazón a la estrella más brillante del cielo… está lo cumplirá — ¿La estrella también cumplirá mis deseos? — preguntó somnolienta a su figura paterna, quien no respondió de inmediato. Pensó por un momento en el futuro, cuando ella fuera mayor… a diferencia de los gyojines, las sirenas eran criaturas hermosas, y seguro él tendría que convertirse en un gruñón dragón para espantar príncipes incordiosos de su pequeña. Bueno, esa sería una preocupación para después, aún faltaba para eso, supuso — … te acompañará en tu camino pero solo te ayudará una parte, Piraña. Tienes que ayudarla a ayudarte — respondió colocando la mano en su cabeza y alborotando con amor su cabello — … deseo algo… — el hilo de voz apenas fue audible, la niña estaba cayendo en el mundo de los sueños — … que tu… y yo siempre… estemos juntos… — la voz se apagó, terminando de dormirse. Su respiración poco a poco se hizo constante. El cangrejo estuvo un rato más viéndola, a la niña que rescató de las profundidades, que había llenado su solitaria casa de risas y alegría — … no necesitas pedírselo a una estrella, María, porque me yo me encargaré de que sea así — pensó besando paternalmente su frente, y saliendo de la habitación. ¿No era su mantra? ¿Todo niño necesita un héroe? Él sin duda sería siempre el de su hija…

Fin del Flash Back.



Un segundo, un parpadeo, una sonrisa. La sensación de antes, la del desprecio, desapareció y la sonrisa entusiasta volvió a apoderarse de sus labios al tiempo que acariciaba el agua que reflejaba a la resplandeciente estrella. ¿Qué debía pedir? — … cuida de mis nakamas — susurró, con ellos estaba su lealtad absoluta y aunque la estrella solo hiciera una parte, ella se encargaría de esforzarse al máximo para estar a la altura de aquellos a lo que llamaba “amigos y familia”, luego, un fragmento egoísta de su corazón, ese que solo pensaba en si misma, como la mortal que era… dejo caer un segundo deseo, no lo dijo en voz alta pero era su anhelo más sincero para ese encuentro nocturno “... por esta noche, solo esta noche, deseo estar libre de suciedad...”.

Wow! Que chica tan atractiva estoy viendo, ¿es eso una dimensión paralela?

La voz ligera pero profunda, magnética pero divertida generó que su corazón empezará a palpitar más rápido de lo habitual. Frente a sus ojos, la estrella de los deseos se convirtió en el apuesto masculino de ojos intensos y presencia seductora. ¿Eso significaba que su deseo se cumplió? ¡Eso fue muy efectivo! Levanto la mirada para verlo, aun envuelto en el resplandor dorado que parecía haber sido creado exclusivamente para él. No recordó vérselo en la playa pero aquellos momentos robados de la salida con su hermana, solo fueron eso… fugases espejismos. Sin embargo, para eso se habían buscado y encontrado ¿No? Para descubrir de dónde provenía… la inexplicable e intensa atracción que los hacia girar alrededor del otro en cada encuentro efímero.

Oh... parece que te encontré.

Los orbes de María brillaron, intento mantener su sonrisa de MonaLisa mientras evaluaba, sin mirones y como si fuera la primera vez, el rostro del Malvavisco, tan cerca como irreal. Ahí estaba, esa manera de mirarla… que la desnudaba de una forma que no tenía nada que ver con la lujuria, sus labios esbozando una tenue mueca, la perfección de su piel… aunque… siendo él más alto, creyó ver una leve cicatriz en su mentón pero en vez de restarle a su atractivo le sumaba aun más puntos. Iba a responderle cuando, el trance del momento fue roto por su golpe, o más bien toque, juguetón en la frente. Merlot parpadeo tres veces llevando la mano izquierda a su frente, justo donde él la toco… al tiempo que intentaba no reírse por el gesto, que le pareció divertidísimo, algo electrificante… pero no iba a indagar sobre lo que el breve contacto causó, sino en como la animo y encendió su propio brillo — ¡Oye! — reclamo, o eso fingió, porque su voz encantadora demostraba que no estaba nada enojada por eso — … ¿en que manual de etiqueta golpear la frente de una persona es un saludo?  ¡Que modales tan raros tienen los Malvaviscos! — respondió con simpatía y regocijo mientras lo veía dar un par de pasos hacia atrás. Su diestra seguía en el agua y la mirada sobre los ojos cerúleos del masculino.

¿Debo decirte lo que ya sabes? Imagino que el mundo entero siempre te lo recuerda...

Lo escucho decir, seguido señalarse con el pulgar inflando el pecho y vociferando su originalidad. La mestiza inclino la cabeza hacia la derecha, entrecerrando los ojos intentando no reírse, deleitándose con la fresca personalidad del hombre, se sintió justo como en el pasado, en aquella playa de Isla del Karate… ¿Acaso el tiempo no había pasado? Si, pasó. No eran los mismos, muy absurdo pensar lo contrario… pero se sentía… tan natural y “correcto” como entonces. Él volvía todo más fácil, como si no tuviera una armadura, como si… solo existieran ellos dos, sin pasado ni futuro, solo el obsequio del presente.

La mano extendida del masculino, la invitación a una aventura previa al cumplimiento de su promesa. Los orbes fueron de la mano, a sus ojos cerúleos. ¿Era solo una invitación, no? Entonces, porque sentía que su corazón iba a desbocarse, un traidor ansioso de descubrir y probar su punto... ¿Cuál punto? Que él le gustaba más de lo que se atrevería a admitir en voz alta. Llegó el momento, estaba al alcance de un toque, de comenzar a conocer que se escondia detrás de sus palabras divertidas, sus invitaciones seductoras y esa manera de verla más allá de la máscara de muñeca.

Debía dejarse llevar...
Debía disfrutar...
Debía recordar...
Que solo existían...
Ellos dos...
Nadie más...

La mestiza sacó la diestra del agua, levantándose de su posición, y recordando inmediatamente, como si no fuera obvio, lo alto que era el Malvavisco. Dio un paso hacia él, levanto la mano izquierda llevándola hasta la suya, colocándola encima pero sin tocarlo, separado por escasos centímetros. El contraste era maravilloso entre la mano masculina, larga y grande y la mano femenina, pequeña y delicada. Justo en esa mano de la pelirrosada reposaban sus accesorios: el dorado anillo, y las dos pulseras azules. La atención de María estaba ahí, en el contacto sin contacto. La mirada estuvo en la pulsera que fabricó para él, luego paso a la manga del sobretodo de Shin, de un color similar, y recorrió con lentitud por su brazo, su hombro, llegó al cuello niveo y expuesto, se fijó mejor en la pequeña cicatriz de la barbilla. ¿Que le pasó? Su vena cotilla latió, se lo preguntaría después. La exploración visual y lenta continuaba, esta vez a sus labios, unos que rozaron los suyos en las gradas dejándole una sensación desconcertante y sedienta, cuando llego a sus ojos profundos como el oceano, esos que le decían tanto y la vez eran un enigma, la mestiza lo supo, y su corazón se volvió frenético por tener su atención... reafirmando una verdad: Deseaba de él mucho más de lo que obtuvo hasta ese momento... pero no sabía cómo conseguirlo. Sabía coquetear, seducir, volver locos a los hombres, y mujeres, pero... ahora quería que fuera diferente, no se trataba de saltar sobre él y obtener lo que obviamente le daría sin resistencia: Su cuerpo. Claro, tenerlo sería una experiencia religiosa pero no, no deseaba del hombre un simple revolcón... quería algo más y ahí estaba el detalle... no sabía qué y mucho menos sabía cómo.

Solo sé tú...
Y descubre quien es él...

Salta.
Confía.
Inténtalo.


Los grillos en su cabeza recitaron con simpatía, por primera vez no buscaban protegerla de la cruel realidad, sino incitarla a descubrir lo que sentía por sí misma, sin miedos o pensamientos intrusivos — ... empiezo a pensar que nunca podré pagar mi deuda del arroz — la voz encantadora sonó baja, solo para ser escuchada por él, con un matiz de complicidad y dulzura mientras su dedo índice rompía la distancia con la palma de su mano... acariciándolo tan delicadamente como el aleteo de una mariposa, desde la muñeca hasta el pliegue que antecedia sus dedos, con un movimiento sinuoso. Ahí estaba de nuevo, esa sensación al tocarlo, algo que la imbuía de... estática.

Dejo caer la mano, lejos de la suya, la sonrisa sutil dio paso a una traviesa — Acepto, Malvavisco. Vamos a ver que misterio esconde el laberinto... aunque soy terrible orientándome... — confesó con su habitual alegría — ... confiaré en qué no dejarás... que me pierda — ahí estaba de nuevo, el tono bajo e íntimo, como si contará un secreto solo para ambos. Se puso de puntillas para acercarse más a su rostro — ... prometo hacer lo mismo por ti pero antes... — susurro en un hilo seductor, lo más cerca que pudo sin dejar de mirarlo, y sintiendo su respiración chocando contra la suya... entonces, y aprovechando el momento, y con un brillo pícaro bailando en sus orbes, alzó la diestra, esa que traía empapada de la fuente y con un inesperado gesto salpicó las últimas gotas de agua a la cara del hombre. Soltó una risa encantadora y se alejo hasta llegar al borde de la fuente y subirse para intentar ganar altura, esos 1,91 metros, si los calculo, justo como Hyakinthos, la hacian sentir pequeña — ... eso es por lo de antes, Malvavisco Travieso. Ese juego podemos jugarlo ambos, advertido estas — bromeó sacándole la lengua de una manera muy adorable para luego, llevar sus manos a la espalda y empezar a caminar por el borde de la fuente, como una equilibrista. Su vaivén siempre hipnótico, su largo cabello meciéndose a cada paso. Cuando llegó al borde que daba a la entrada del laberinto salto al suelo y solo volteo la cabeza para verlo — ¿Jugamos? — le propuso con la sonrisa llegando a sus ojos, luego se giró por completo hacia él — ... quien llegue primero al misterioso centro gana. El perdedor tendrá que pagar una penitencia... — indicó con fé en que sería ella la ganadora, aunque su sentido de la orientación fuera fatal y él fuera muy rápido, demostrado en los juegos donde se reencontraron — ... eso sí, sin usar magia de estrellas. Todo lo demás está permitido como en la guerra y el amor, es lo que dicen ¿No? — no esperaba una respuesta, entonces haciendo gala de ello miro más allá de él, como si alguien hubiera llegado por el punto ciego del hombre — ¿Unnie que haces aquí? — dijo intentando parecer sorprendida, esperando a que el hombre volteara y eso le diera una ventaja.

Independientemente si lo hacía o no, ella aprovecharía para correr dentro del laberinto, dejándolo atrás, con su largo cabello ondeando al viento. La emoción y adrenalina la embargaron haciéndola reír, tan cautivadora como solo ella podía ser. Tal vez eso delataba su posición, no lo sabía. Una línea recta, un camino a la derecha, ahora otro hacia la izquierda. Los setos verdes se erguían invitándola a seguir andando por la gloria de la victoria. El pecho subía y bajaba, la respiración entrecortada, sus mejillas habían adoptado un color rosáceo que aumentaba su preciosa y natural estampa. En otro cruce se detuvo a descansar, llevando las manos a la boca para apagar sus risas y dejar de delatar su ubicación.

Se asomó hacia el camino que había dejado atrás, no veía al Malvavisco. ¿Habría ganado ya? No, iba a ganar ella porque quería conocer sus secretos. Volvió a correr, entre aquellos pasillos de arbustos. La luz de la luna ayudaba a las sencillas lámparas a iluminar su camino. Llego a un camino ciego. ¿Estaba perdida? Eso era muy posible pero en su defensa diría que ese era el objetivo de un laberinto ¿No? Que las personas se perdieran y ella tenía talento innato para eso.

Regresando sobre sus pasos, salió del camino ciego. No podía perder. Entonces, solo le quedaba... evitar que él ganará — ¡Malvavisco! ¡Malvavisco! ¡Malvavisco! — empezó a llamarlo repetidas veces, y aunque su voz sonara alta el matiz encantador no desaparecía — ... ¿Seguro giraste hacia el lado correcto? Porque me parece escuchar que tus pasos te están llevando al lado incorrecto — dijo con fingida seriedad, no había escuchado nada, no sabía ni siquiera si él estaba escuchándola a ella, le gustaba pensar que si. María siguió caminando y en otros tramos corriendo — ... ¿Sabes? Si te rindes ahora, prometo no presumir tanto de mi victoria, bueno, tal vez si, un poco... y solo cuando estemos... solos... ¿Acepta la derrota y disfrutamos del laberinto como personas civilizadas? — propuso con voz divertida y luego solemne. Ella se estaba divirtiendo, aunque estuviera perdida y posiblemente iba a llegar de última al centro pero no sé sentia como una perdedora... porque sabía que él estaba ahí, en algún lugar, escuchándola, acompañándola, disfrutando del momento entre ambos. Su corazón le decía, que ya había ganado: Un precioso recuerdo. Un encuentro extraordinario.



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Karma Fanático: Hyakinthos. 
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Fly On | Presente Relativo - por Hasegawa Shin - 31-08-2026, 09:49 PM
RE: Fly On | Presente Relativo - por Maria Merlot - 07-09-2026, 12:50 AM
RE: Fly On | Presente Relativo - por Hasegawa Shin - 16-09-2026, 04:57 AM
RE: Fly On | Presente Relativo - por Maria Merlot - 26-09-2026, 02:06 PM
RE: Fly On | Presente Relativo - por Hasegawa Shin - 28-09-2026, 02:47 AM
RE: Fly On | Presente Relativo - por Maria Merlot - 03-10-2026, 10:52 PM
RE: Fly On | Presente Relativo - por Hasegawa Shin - 05-10-2026, 07:27 AM

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