27-10-2026, 04:52 PM
El veneno, tibio y viscoso, se había mimetizado con su cuerpo, envolviéndolo como una segunda capa de piel. Una piel gruesa y rojiza. Una piel que palpitaba y se derretía bajo los rayos del sol, sudando muerte. Pequeñas gotas se desprendían de su cuerpo, soltaban vapor al tocar el suelo y dejaban huecos en él, derritiendo, a causa de su alto nivel de acidez, la arena de la playa. Con cada movimiento abrupto se desprendía un poco más de veneno y los huecos se tornaban en grietas, incluso pozos. Estaba destruyendo la costa poco a poco. Recordó Kyodaina, su último entrenamiento y como había quedado el lugar donde se enfrentaron. Recordó los árboles caídos, las piedras derretidas, la arena fundida; un escenario apocalíptico.
«Que pereza», pensó, frustrado. Otros usuarios de frutas del diablo no tenían esos problemas. ¡Juan era el perfecto ejemplo! Un tipo duro que simplemente se volvía más duro. Sin secreciones, sin fórmulas químicas, sin líquidos voladores ni constructos tóxicos. En su forma de zoan completa, el bastión de su división se mimetizaba con una roca y era prácticamente imposible de tumbar. Enji, sin embargo, quería poner a prueba esa defensa impenetrable y para ello, tendría que exprimir al máximo las capacidades de su fruta.
—Ese dolió, eh —dijo, notando en Juan las inequívocas señales del daño que había recibido de su ataque.
Adoptar esa forma era molesto, pero tenía que admitir que sus capacidades ofensivas se disparaban absurdamente. Masacre era el resultado de dejar de luchar contra la naturaleza de la Doku Doku no Mi y, al menos por un rato, abrazarla. Dejar de preocuparse por dejar con vida al enemigo y sacar todo de adentro, sin restricciones. Por eso solo podía usarlo en situaciones de riesgo real o, en su defecto, contra un adversario que supiera que no podía matar. Juan era ese adversario.
La historia de María, la hija de Juan, llegó a sus oídos atravesando el veneno que los cubría. Sólo la parte más importante de esa historia, sin entrar en detalles que pudieran hacer sentir nostálgico o triste al gyojin de la división. Después hubo un momento de pausa, unos segundos necesarios para sopesar lo que acababa de escuchar mientras su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración.
—¿Y por eso te enlistaste, gordito? —indagó—. Mierda, te salió con estocolmo la nena… ¡No importa! Cuando vea lo severamente cool que es el amigo de su papá ( o sea, yo ) seguro abandona esas malas compañías. ¡Y a los que la secuestraron, los haremos papilla! ¡Shihahaha!
Estaba riendo, carcajeandose con libertad, cuando a su compañero se le ocurrió mencionar el tema y la risa desapareció. Bueno, el tema de antes de subir a Skypiea. El tema post Skypiea tenía cara, nombre y un nuevo par de tetas que lo acosaban en sus pesadillas.
La vena de la frente se le infló en un segundo.
—Saint “tumamitaenunasopa”, Juancho.
No le gustaba su apellido, porque ese no era su apellido. No recordaba su apellido, pero no era ese. Era otro. El apellido que le habían enseñado sus padres, el mismo que yacía escrito en la entrada del que alguna vez fuera su hogar, allá en la tan alejada isla de Roshwan, era otro. Saint Vangelis era solo un título inventado. Uno al que sacarle provecho, pero nada más.
Nada más.
—”Enji” es el único nombre y apellido que necesito —dijo. Sus rodillas se flexionaron, como resortes que acumulan tensión a la espera de la señal de disparo—. ¡Ahora más te vale cuadrarte! —advirtió—. Porque voy en serio.
Apretó el puño derecho una vez más. Sentía un hormigueo en las palmas, un calor intenso en las piernas y la templada certeza de que estaba por atacar con todo lo que tenía. Todo.
—¡PREPARA ESE CAPARAZÓN, PORQUE TE LO VOY A ARRANCAR! —declaró, y después saltó—, ¡GARRA!
Y voló, cortando al aire como una flecha blanca de estela violeta. Su puño cerrado apuntaba a la coraza de su amigo, al centro de su defensa. Flecha contra escudo.
«Que pereza», pensó, frustrado. Otros usuarios de frutas del diablo no tenían esos problemas. ¡Juan era el perfecto ejemplo! Un tipo duro que simplemente se volvía más duro. Sin secreciones, sin fórmulas químicas, sin líquidos voladores ni constructos tóxicos. En su forma de zoan completa, el bastión de su división se mimetizaba con una roca y era prácticamente imposible de tumbar. Enji, sin embargo, quería poner a prueba esa defensa impenetrable y para ello, tendría que exprimir al máximo las capacidades de su fruta.
—Ese dolió, eh —dijo, notando en Juan las inequívocas señales del daño que había recibido de su ataque.
Adoptar esa forma era molesto, pero tenía que admitir que sus capacidades ofensivas se disparaban absurdamente. Masacre era el resultado de dejar de luchar contra la naturaleza de la Doku Doku no Mi y, al menos por un rato, abrazarla. Dejar de preocuparse por dejar con vida al enemigo y sacar todo de adentro, sin restricciones. Por eso solo podía usarlo en situaciones de riesgo real o, en su defecto, contra un adversario que supiera que no podía matar. Juan era ese adversario.
La historia de María, la hija de Juan, llegó a sus oídos atravesando el veneno que los cubría. Sólo la parte más importante de esa historia, sin entrar en detalles que pudieran hacer sentir nostálgico o triste al gyojin de la división. Después hubo un momento de pausa, unos segundos necesarios para sopesar lo que acababa de escuchar mientras su pecho subía y bajaba al ritmo de su respiración.
—¿Y por eso te enlistaste, gordito? —indagó—. Mierda, te salió con estocolmo la nena… ¡No importa! Cuando vea lo severamente cool que es el amigo de su papá ( o sea, yo ) seguro abandona esas malas compañías. ¡Y a los que la secuestraron, los haremos papilla! ¡Shihahaha!
Estaba riendo, carcajeandose con libertad, cuando a su compañero se le ocurrió mencionar el tema y la risa desapareció. Bueno, el tema de antes de subir a Skypiea. El tema post Skypiea tenía cara, nombre y un nuevo par de tetas que lo acosaban en sus pesadillas.
La vena de la frente se le infló en un segundo.
—Saint “tumamitaenunasopa”, Juancho.
No le gustaba su apellido, porque ese no era su apellido. No recordaba su apellido, pero no era ese. Era otro. El apellido que le habían enseñado sus padres, el mismo que yacía escrito en la entrada del que alguna vez fuera su hogar, allá en la tan alejada isla de Roshwan, era otro. Saint Vangelis era solo un título inventado. Uno al que sacarle provecho, pero nada más.
Nada más.
—”Enji” es el único nombre y apellido que necesito —dijo. Sus rodillas se flexionaron, como resortes que acumulan tensión a la espera de la señal de disparo—. ¡Ahora más te vale cuadrarte! —advirtió—. Porque voy en serio.
Apretó el puño derecho una vez más. Sentía un hormigueo en las palmas, un calor intenso en las piernas y la templada certeza de que estaba por atacar con todo lo que tenía. Todo.
—¡PREPARA ESE CAPARAZÓN, PORQUE TE LO VOY A ARRANCAR! —declaró, y después saltó—, ¡GARRA!
Y voló, cortando al aire como una flecha blanca de estela violeta. Su puño cerrado apuntaba a la coraza de su amigo, al centro de su defensa. Flecha contra escudo.
Shihahaha

