Vellichor [Priv|Pasado]
#11
Bai se encontró de pronto siguiendo a Maki hacia un destino incierto del que no se atrevía siquiera a sospechar, caminando bajo un estado de bruma mental que le hacía ver como una mujer cuya incapacidad para pensar la hacía verse como un animal siguiendo el rastro hacia su casa. Pasó por delante de las monedas, cruzó un pasillo y se adentró en el cuarto y, por un brevísimo instante, sintió como si su alma hubiera sido completamente absorbida por la intimidad que veía.

Y es que, en medio de la habitación, bajo la tenue iluminación de la sala, Bai supo con gran pesar que, desde que la había encontrado en la plaza, Maki despertaba en ella algo que iba contra toda razón, contra toda paz edificada sobre estoicos constructos de números y eficiencia e, incluso, contra la secreta esperanza de que aquella pulsión terminara por extinguirse; hacía rato que su mente ya había alcanzado la inequívoca conclusión de que no era correspondida. Además, su lógica nunca se equivocaba. Y lo que ella creía como una evidencia exacta, se había impuesto en una parte de su cerebro. Sin embargo, otra parte de ella, más antigua, obstinada, pulsante y animal, persistía en buscar una grieta en aquel dictamen racional. Una mirada mal interpretada, una inflexión de la voz, cualquier minucia capaz de sostener la ficción de que todavía quedaba espacio para la visceralidad entre ambas; la misma ficción que, contra todo cálculo y toda evidencia, la había llevado hasta aquella habitación.

Llevó entonces su mano hasta la punta de su lacio cabello y, enredando sus dedos entre las blancas hebras, la punta de su lengua recorrió distraídamente el labio inferior antes de que este quedara atrapado entre sus dientes y lo mordió con una fuerza que no llegó a advertir, pero que amenazaba con hacerle sangrar. Mientras tanto, intentaba respirar despacio, provocando que el aire que la rodeaba pareciera menos agrio y más cálido que el que había aspirado de camino hasta allí.  Después, su pecho se tensó de nuevo, haciendo que la espesura del aire se acumulara bajo sus costillas y, cuando exhaló, el mordisco se aflojó lentamente, dejando sobre su piel la huella pálida de los dientes.

—Maki, yo... Su voz surgió como un susurro roto que murió tan pronto como los gestos de la otra volvieron a sugerirle que la lógica debía imperar sobre el ardor de su vientre.

«Nada ha cambiado», intentó recordarse. Y aun así, aquel ardor persistía. Se alimentaba de la intimidad de la habitación, de la cercanía de Maki, de cada segundo que permanecía allí, negándose obstinadamente a extinguirse y decidido a convertir su mundo de certezas en algo cada vez más difícil de sostener.

—Necesito que me expliques algo —añadió, dejando que su voz descendiera hasta convertirse en un suave ronroneo mientras se atrevía a romper la distancia—. —¿Qué hacemos aquí? —se atrevió a articular mientras hincaba la rodilla en el suelo para disminuir la abismal distancia entre ambas.

Colocó una mano sobre su mejilla, como si necesitara comprobar que seguía allí, y acto seguido guio su rostro suavemente, obligándola a mirar a unas pupilas que vibraban y se dilataban hasta ocultar prácticamente el iris.

—Vas a volverme loca.
Bai Mudan
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Nv.23 — Silogista
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