Hace 2 horas
El corazón martillaba en su pecho una docena de veces por segundo. Todo su cuerpo pedía aire, tiempo y calma, pues estaba agotado, rascando las últimas gotas de energía para poder seguir peleando. ¿Cómo se vería desde fuera? Dos compañeros de división, dos amigos poniendo todo de sí para hacer caer al otro. ¿Innecesario, quizá? Se trataba de un simple entrenamiento, después de todo. Una práctica. No hacía falta llegar al extremo, no hacía falta herir de verdad, no hacía falta poner toda la fuerza en cada golpe y bloqueo. Aún así, ahí estaban. Así eran las cosas desde el primer día y así seguirían siendo. Una lanza y un escudo, luchando para mejorar al otro, sin treguas ni consideraciones. Bien sabían los dos que en el mundo real, con la vida en la línea, nadie se contenía.
Juan lo alcanzó, lo golpeó y, por tercera vez, Enji salió disparado hacia atrás. Sus antebrazos se cruzaron frente al pecho mientras arrastraba los pies en la arena, tratando de detenerse. ¿Como tenía tanta facilidad el cangrejo para mandarlo a volar de esa manera? ¿Se trataba del karate gyojin? ¿O el hecho de que le sacaba seis metros de estatura y quinientos kilos de peso?
«Maldita sea, ya veo borroso…»
La suela de sus botas se enterraba en la arena, las uñas de sus manos se enterraban en sus palmas. Un poco de dolor siempre ayudaba a mantenerse despierto.
«Me queda para uno más —pensó—. Un golpe más»
Después de recibir tres golpes consecutivos en la cara, Enji ya sentía la nariz y los pómulos hinchados. Tenía sangre cayendo de la comisura de sus labios y los ojos ligeramente cerrados a causa de la inflamación. Aún así, veía. Veía lo suficiente. Veía lo que tenía que ver. El rostro de Juan, cubierto de escamas verdes. Estaba sonriendo.
«Cabrón… ¡No te voy a dejar la cara tan intacta!»
En cuanto logró detenerse, aceleró. Una explosión de velocidad sucedió y en el final del rastro de sus pies en la arena solo quedó un pozo. Una vez más, Enji se lanzó al frente contra el escudo. Una vez más fue la lanza que solo tiene un objetivo. El aire silbó en sus oídos, el veneno burbujeó en su puño cerrado y la distancia desapareció en un parpadeó, convertido en una mancha estirada que pasaba por el costado derecho de Juan Sebastian. Su puño, embebido en una capa gruesa de veneno, ya estaba frente al rostro del gyojin.
—¡Garra! —exclamó. Por última vez, su puño golpeó la armadura quitinosa de su compañero. Un impacto rasante, sutil, que solo tenía por objetivo dejar una mancha de veneno que luego correría hacia su cuello, dentro del caparazón, y penetraría en su sistema a través de la piel para hacer estragos.
La velocidad del movimiento lo arrastró diez metros más allá y el cansancio le impidió aterrizar apropiadamente. Cayó en la arena y las rodillas le fallaron. Rodó por el suelo, varios metros, y acabó tirado, boca arriba, completamente exhausto y al borde del desmayo mientras el veneno de su mano goteaba y la arena siseaba al contacto.
—¡Juan! —llamó desde su lugar, con los ojos cerrados y la boca abierta dando grandes bocanadas de aire—. ¡Dime que ya caíste, hijo de puta! ¡Como tenga que levantarme de nuevo te voy a llenar el caparazón de veneno y dejaré que te asfixies! ¡Shihahaha!
Juan lo alcanzó, lo golpeó y, por tercera vez, Enji salió disparado hacia atrás. Sus antebrazos se cruzaron frente al pecho mientras arrastraba los pies en la arena, tratando de detenerse. ¿Como tenía tanta facilidad el cangrejo para mandarlo a volar de esa manera? ¿Se trataba del karate gyojin? ¿O el hecho de que le sacaba seis metros de estatura y quinientos kilos de peso?
«Maldita sea, ya veo borroso…»
La suela de sus botas se enterraba en la arena, las uñas de sus manos se enterraban en sus palmas. Un poco de dolor siempre ayudaba a mantenerse despierto.
«Me queda para uno más —pensó—. Un golpe más»
Después de recibir tres golpes consecutivos en la cara, Enji ya sentía la nariz y los pómulos hinchados. Tenía sangre cayendo de la comisura de sus labios y los ojos ligeramente cerrados a causa de la inflamación. Aún así, veía. Veía lo suficiente. Veía lo que tenía que ver. El rostro de Juan, cubierto de escamas verdes. Estaba sonriendo.
«Cabrón… ¡No te voy a dejar la cara tan intacta!»
En cuanto logró detenerse, aceleró. Una explosión de velocidad sucedió y en el final del rastro de sus pies en la arena solo quedó un pozo. Una vez más, Enji se lanzó al frente contra el escudo. Una vez más fue la lanza que solo tiene un objetivo. El aire silbó en sus oídos, el veneno burbujeó en su puño cerrado y la distancia desapareció en un parpadeó, convertido en una mancha estirada que pasaba por el costado derecho de Juan Sebastian. Su puño, embebido en una capa gruesa de veneno, ya estaba frente al rostro del gyojin.
—¡Garra! —exclamó. Por última vez, su puño golpeó la armadura quitinosa de su compañero. Un impacto rasante, sutil, que solo tenía por objetivo dejar una mancha de veneno que luego correría hacia su cuello, dentro del caparazón, y penetraría en su sistema a través de la piel para hacer estragos.
La velocidad del movimiento lo arrastró diez metros más allá y el cansancio le impidió aterrizar apropiadamente. Cayó en la arena y las rodillas le fallaron. Rodó por el suelo, varios metros, y acabó tirado, boca arriba, completamente exhausto y al borde del desmayo mientras el veneno de su mano goteaba y la arena siseaba al contacto.
—¡Juan! —llamó desde su lugar, con los ojos cerrados y la boca abierta dando grandes bocanadas de aire—. ¡Dime que ya caíste, hijo de puta! ¡Como tenga que levantarme de nuevo te voy a llenar el caparazón de veneno y dejaré que te asfixies! ¡Shihahaha!
Shihahaha

